TERRADILLOS PUEBLO

En Terradillos las casas antiguas estaban construidas con la piedra que mi tio Ignacio El Cono y alguno más del pueblo extraían de las canteras de Sta. Barbará asentando a estas con tierra o barro para hacer las paredes.

El acceso a algunas casas se hacía primero por el corral donde estaban las vacas, gallinas, perros etc. etc. Otras casas no tenían el corral pero si tenían un portal a la entrada. Varias de ellas que tenían corral solía haber un pozo con una polea que ayudaba a sacar el agua en un cubo y echarla a una pila para que bebieran los animales, esta agua como no se analizaba era potable se podía beber, en los últimos años no se limpiaban los pozos y dejó de usarse, al estar asentado Terradillos sobre pizarra todos los pozos están picados sobre la roca.

La luz eléctrica la servían de la fábrica de harinas de los moros desde Alba, a veces era tan pobre que había que recurrir al carburo o la luz de la luna, si en la fábrica ponían en marcha alguna máquina la luz bajaba a mínimos, nos decían que de tres fases solamente podían dejar una. Cuando radiaban algún partido la cortaban para hacernos rabiar y no poder  escucharle, los mas forofos emprendían el camino hasta Alba para saber el resultado, cuando llegaban nada más podían saber el resultado. El carburo era el mejor aparato para alumbrar en las casas, las madres cosían y zurcían por las noches con esa luz, la producida con el candil de aceite o lucilina era más pobre. Para salir a la calle por la noche teníamos el farol, no es que fuera su luz buena pero no había otra cosa, cuantas veces tropezabas con alguna piedra o metías el pie en el charco.

Recuerdo que el ahorro no tenia límites, si se rascaba una cerilla se encendía el objeto y se guardaba para encender otro y otro hasta que te quemabas los dedos, o se usaban las cañas de gamoneta (vara de S. Jose), si fuera necesario para ahorrar una cerilla. Otro ahorro con ingenio el que tenían los fumadores para prender la mecha que con una pequeña pieza de acero y otra de cuarzo producía chispas al golpearlo y se encendía la mecha.

El piso en algunas casas era de pizarras irregulares más o menos lisas y sus juntas rematadas con barro mezclado con muñiga de vaca, en otras casas todo el suelo era de barro.

Sus paredes se asientan sobre una base solida sin necesidad de hacer cimientos, algunas de sus paredes exteriores miden entre 0,80 cm’, a 1,10cm’, las interiores miden entre 0,50 cm, 0,70m, de ancho, todas ellas en su interior lucidas de barro.

Los techos eran de madera o ripia no muy compacta, a veces pasaba la luz y el aire, alguna claraboya para las habitaciones más oscuras y así tener mejor visivilidad, las tejas que movían los gatos buscando pájaros producían las sufridas goteras, todo el techo era sujetado por cuartones y vigas de madera.

Las puertas interiores generalmente bajas de 1,50 x 0,80, aprox. Las ventanas de madera con dos hojas y enrejadas, sus dimensiones dependían según donde estuvieran orientadas.

Varias de estas casas tienen acceso por dos puertas, delantera y trasera, seguramente pensaban en la mejor manera de huir en caso de algún accidente. La puerta delantera con dos portones, el de abajo, con la aldaba y la clavija como sujeción y seguridad ante inclemencias o animales mayores que pudieran entrar, la gatera, facilitando la entrada y salida de los gatos, a veces se colaban otros bichos no deseados que te daban algún susto.

El portón de arriba tenía el llamador de hierro, algunos muy bonitos, generalmente una mano sujetando una bola que se hacía sonar golpeando para avisar nuestra llegada, una abertura o ranura para que el cartero depositara las cartas, la cerradura con sus típicas llaves que daban tanta seguridad, se escondía debajo del felpudo por no llevarla en el bolsillo y falta el trinquete que también hacia su trabajo.

En el exterior, al lado de la puerta, una vieja herradura o una argolla clavada en la pared para atar animales, principalmente caballerías y en el suelo la pila de pizarra para poner agua a las gallinas o la comida para los cerdos, también la parra de uvas que cuando maduraban por allí andaban las avispas para dejar su impronta, y como no, el poyo, donde en las noches de verano se pasaban muy buenos ratos de tertulia al fresco.

Después de analizar el exterior y recordando aquellos años siento nostalgia por las cosas que están a punto de desaparecer, ahora pasamos dentro de la casa. En las fotos se pueden ver parte de como eran las casas antiguamente.

Nada más  abrir los portones de entrada es la medio casa o recibidor, con su perchero, palanganero,en las alcobas, la sala o lugar de invitados y más decorado, con mesas, sillas, aparador, máquina de coser, el cuadro con la foto del abuelo, algún espejo etc.etc. En el techo puntas clavadas en los cuartones para colgar y curar los chorizos.

Desde la sala se accede a las alcobas – dormitorio de pequeñas dimensiones y poca ventilación, unas cortinas evitaban la visibilidad interior. Cada alcoba solía tener, alguna cómoda, un catre de hierro a veces con labores interesantes, el somier, colchón de lana, paja o lo que se pillara para un poco de mullique, el reclinatorio, alguna mesilla con su palmatoria y vela, la piel de oveja para el suelo y el orinal.

Una o dos habitaciones mas tenían las casas como dormitorios y aunque las familias eran numerosas se solucionaba sin problemas, unos ponían la cabecera en una parte de la cama y los otros en la opuesta y si alguno se sentía incomodo como segundo recurso tenía el suelo. En los armarios había pocas perchas donde colgar la ropa, para diario el pantalón de pana que a veces tenían tantos remiendos que no quedaba nada del original y la camisa de franela, para las fiestas, si tenías algún hermano mayor podías elegir o cambiar algo y siempre encontrabas tu talla.

La cocina con su chimenea de campana donde se curaban las morcillas y el adobo. La lumbre de paja que cuando revocaba el humo parecía que se prendía la casa saliendo este entre los huecos de la techumbre que casi te intoxicabas, donde anidaban las golondrinas, donde se prendía el hollín, donde podías ver las estrellas sentado o acostado en el escaño, podías ver si llovía, si hacia aire y dormir. El caldero de cobre siempre estaba con agua colgado de las llares, para cocer las morcillas, para tener agua templada, para cocer la comida de los cerdos, etc.etc. El pote también tenía su sitio al lado de la lumbre este recipiente de hierro fundido con patas y tapadera donde se podían cocer alimentos.

El arcón donde se guardaba la matanza y sacarla por el mes de Marzo. La olla para guardar el pan varios días y no se pusiera duro. La alacena, para la fruta, comida, vajilla, etc. etc. El botijo, que sudaba y conservaba el agua fresca, algunos inviernos que venían crudos se congelaba el agua en los cantaros dentro de la casa, la tinaja se llenaba de agua de lluvia muy buena para cocer los garbanzos evitando echarles bicarbonato y que no se pusieran negros, eran más duros que las piedras, la olla exprés termino con ellos. Muchos utensilios que ahora desechamos con muy poco huso hace unas décadas se reparaban, una olla, un candil, una aceitera, y varios objetos más de latón o chapa eran arreglados por gitanos con un poco de estaño.

En los coperos algunos platos de Talavera, hondos y vados generalmente grandes para comer a pozo toda la familia, algunos de porcelana, ollas y pucheros llenaban estas baldas.

La mesa con el cajón de las cucharas, casi siempre estaba coja, un par de cuchillos bien afilados, dos o tres sillas de bayón, y dos o tres tajos. La madre destapa el puchero de barro que el gato intento sacar el chorizo, lo vierte en el plato y todos a comer. Toda la familia a las horas de las comidas se juntan a la mesa, sentadas o de pie, se valora la comida, no se desperdicia nada, se habla, se comenta. El gato te roza el pantalón levantando el rabo esperando la tripa del chorizo, el perro a la puerta espera el rebojo, todos participan de la comida. La lumbre es poca, un poco de paja, borrajos, o leña, las comidas tardaban mucho en cocerse, no hay prisa, no hay que coger el autobús, el tiempo no cuenta, la tortilla de patatas quedaba muy rica a esta lumbre.

En invierno las noches en el pueblo son muy largas, el escaño, el escabel, la familia alrededor de la lumbre, una noche y otra y otra, comunicación entre todos, el mejor rincón es para el abuelo él les cuenta cuentos a los nietos, estos se duermen, un beso y a la cama. La cocina, la lumbre, era el mejor colegio.

 

CERDOS, VACAS Y BUEYES EN TERRADILLOS

En estos tiempos que corren uno no puede dejar por arte los innovadores platos que en un ambiente relajado con amigos con una buena carne de cerdo y vino de cosecha está fuera de lo común.
La gestación de la madre cerda dura un periodo de tres meses, tres semanas y tres días puede parir entre cuatro y ocho cerditos, generalmente de noche, amamantando en el momento de nacer y durante 21 días. Cada cerdito coge una teta (en propiedad) para todo el tiempo que este mamando hasta el destete. Generalmente estos cerdos se mantenían durante dos o más años sacándoles adelante con los desperdicios de la casa. Todos los cerdos del pueblo eran de particulares, estos se agrupaban al cargo de un guarda ( el porquero ) en el corral de concejo para salir más tarde al aprovechamiento de pasto y rastrojeras por el campo durante el día, al llegar la tarde se les daba suelta a la manada, cada uno de ellos corriendo por las calles del pueblo para llegar cuanto antes al corral o pocilga donde su dueño le tenía una cena con los desperdicios de la casa, unos salvados con mondas de patatas o unas berzas cocidas calentitas. Algunos de ellos se entretenían buscando algo de comer en los muladares que había por las calles del pueblo, las cagadas de las gallinas es un manjar para los cerdos. El cerdo tiene una gran inteligencia, alguna vez hemos visto como abren las puertas quitando el cerrojo para juntarse con sus hermanos, son capaces de recorrer varios quilómetros por el olfato, son especialistas en la recolección de trufa etc. etc.

A los cerdos como a otros muchos animales les gusta el fango para revolcarse y así librarse de los molestos insectos, en las tres o cuatro charcas que había en el pueblo hozando hacían el barro que se impregnaba bien en la piel. Los machos son peligrosos cuando las hembras están en celo. El cerdo tiene muy buen olfato, hozando encuentran lombrices y tubérculos, destrozan campos sembrados si tienen esta oportunidad, para evitar todo esto cuando no salían al campo. Con unas tenazas especiales se les ponía una o dos anillas en el hocico para que no puedan hozar. Cuando salían al campo no se les ponía este “adorno“ para que pudieran hozar.
La alimentación de la familia principalmente dependía del cerdo, junto a patatas, huevos y leche. El cerdo ha jugado un papel muy importante en la vida del pueblo, la mayoría de los platos se elaboraban con los productos típicos que se producían del cerdo. La sangre con cebolla, las criadillas, (mucha gente no sabe que son las criadillas) aun se siguen vendiendo en casquerías. Los chorizos, jamones………. El cuerpo del cerdo es muy similar al nuestro, en época de matanzas gustaba escuchar algunos “matarifes “explicando y comparando el cuerpo del cerdo con el nuestro.

El Sr. Pepe se dedicó varios años a la cría y engorde de cerdos contrataba fincas en Extremadura para el aprovechamiento de pastos y bellotas. Trabajo duro es el varear las bellotas, el mejor pienso para obtener el jamón “pata negra “. Cuando los cerdos se cebaban en casa era a base de grano, se les tenía a dieta un día a la semana con el fin que limpiaran su estomago para que después comenzaran a comer con más ansiedad. Solían pesar aproximadamente para la matanza unas 11 arrobas (una arroba es 11,500 kgf). Los camperos, son cerdos más pequeños, de un año más o menos, estos comían las bellotas que dejaban los cebones, se les capaba preparándoles como cebones para el siguiente año. Para capar los cerdos venían desde Plasencia dos veces al año unos profesionales descendientes de Terradillos. Les acompañaban dos o tres “cachas “muy preparados para tumbar y sujetar a los cerdos y realizar el trabajo con mayor agilidad y seguridad. Una vez en el suelo el animal el capador pone el pie en el cuello, una palmadita, un corte muy preciso con la cuchilla, presiona con los dedos, mete un dedo hasta llegar a la matriz, la saca, corta, rehace la herida, con un poco de zotál, otra palmadita, dos días sin comer y le desea al dueño suerte con el animal. Los machos son más fáciles de capar, es la misma ceremonia, se presionan los testículos, se cortan, se sacan, zotal, palmadita, sin comer y suerte. El castrar a los animales obedece a que sean más fáciles de dominar y su carne no tenga ese olor a macho.

El ganado vacuno –vacas, bueyes y toros-  hace años, era utilizado para la producción de leche y carne pero, principalmente, para el trabajo. Lo mismo se encontraban labrando la tierra que tirando de una carreta o arrastrando el trillo. Estas razas autóctonas, explotadas para el servicio de sus dueños, se están cambiando por otras que sólo producen leche o carne, mientras que el trabajo que desempeñaban  queda ahora para la moderna maquinaria. Tanto el ganado vacuno, como el mular,  solían trabajar por parejas, formando yuntas. Uncidas al yugo.

Un buey es un toro castrado y todavía se encuentra alguno. De este modo se le domina mejor para el trabajo porque “se le quita la chulería”. Decía un refrán: “con un buen gañan no hay yunta mala“. Las yuntas se formaban con animales del mismo género; pero en Terradillos, Benigno, con una vaca y una mula, hacía pareja para realizar las labores. Todos los animales tenían su nombre, que el dueño invocaba para darles  órdenes, con la ayuda de la “ahijada “y las “guindaletas”; tirando del arado romano para mover la tierra y así favorecer el crecimiento de las plantas, tirando del carro para el transporte de las cosechas, por unos caminos llenos de baches y dificultades  por la pesada carga, tirando del trillo para trillar la mies, dando vueltas a la parva, con todo el calor, hasta desgranar las espigas y reducir la mies. Por los años 70 la Delegación Provincial de Agricultura publicó una circular donde decía: “ en el desuello que se efectúa en muchos mataderos los operarios originan desperfectos en las pieles “ y también decía la circular, “ que la varita de arreo ( la ahijada ) con un clavo en su punta “ originaba desperfectos en los animales, dando lugar a la queja de los fabricantes de curtidos.

Domar a los bueyes, vacas, caballos, etc. etc. para trabajar no era tarea fácil. Lo más común era, unir en el yugo, con las coyundas a los cuernos de uno domado, otro que se quiere domar. Los bueyes tienen la fuerza de tiro en la cabeza y las mulas en el pecho. Una vez domados había concursos de “ara”. El dueño, con su yunta, comenzaba abriendo un surco desde el pueblo hasta el alto del monte, en línea recta, saltando los obstáculos que tenía. Los propietarios de estos bueyes querían demostrar que sus animales eran los mejores, los más fuertes. En las peleas, generalmente, los bueyes no se mataban. Cuando luchaban, el perdedor salía corriendo, otra cosa eran los novillos. Para conocer la edad de algunos animales es necesario conocer los dientes de leche y los de adulto. También se puede saber, en el vacuno, contando el número de anillos que tienen en los cuernos.

Para fabricar los yugos se usaba la madera de negrillo bien seca. Estos trabajos se hacían en invierno, cuando no se podía salir al campo a hacer las labores. Con un martillo, un escoplo, la azuela y un barreno, se hacían las gamellas necesarias, según los modelos de yugos, para arar, aricar o para el carro. El arado romano también era de fabricación propia.

Otro “artilugio”muy eficaz para los vaqueros era la “honda“, que manejaban con gran precisión. Consistía en una pequeña badana, a la que se le ponían dos cuerdas, de las que una iba sujeta a un dedo de la mano. Se ponía una piedra en el cuero, se daban unas vueltas al aire y se lanzaba, bien para asustar al animal o bien dirigida a los cuernos con gran precisión. Según la Biblia, ya el pastorcillo David derribo al Gigante Goliat, con una honda.

En invierno los bueyes pasaban mucho tiempo en los corrales y se refugiaban del mal tiempo debajo de las tenadas o en los comederos (los gorriones también encontraban en esos meses comida y refugio entre la ripia). En estos corrales no faltaban los comederos con sus pesebres y una argolla para sujetarlos. Los mozos tenían otro lugar de “divertirse “, entre postura y postura se entretenían jugando a la gallina ciega en el pajar, para entrar en calor. Era muy común llevar a los animales que se habían extraviado al corral del concejo donde su amo podía recuperarlos previo pago de una multa, según las ordenanzas.

OFICIOS EN TERRADILLOS

La mayor parte de los vecinos que vivían en el pueblo eran labradores o jornaleros. Yo los recuerdo ahora, en esta etapa de mi vida en la que aparecen las arrugas en la cara, cuando vas caminando y te quedas rezagado, cuando te pones a cavar el huerto y no puedes. Entonces te das cuenta de que tu vida es solo un privilegio de vejez por haber llegado a esta edad. Te queda fuerza, poca; pero mucha experiencia acumulada a lo largo de los años que, por desgracia, casi siempre pasa desapercibida aunque tenemos que aprovechar todo lo que podamos.

Recuerdo muchas cosas de mi infancia: aquellos días felices, junto a mi familia y amigos, vividos en mi pueblo, con intensidad y plena libertad. El objetivo que me propongo ahora es rescatar de la memoria a algunas personas  que dieron origen y continuidad a  las actividades de nuestro municipio.

Terradillos siempre fue un pueblo pequeño. Según el Padrón General de Almas del pueblo de Terradillos, en el año 1865, lo componían 162 almas y 67 cabezas de familia.

Recuerdo el día de S. Pablo, el 25 de Enero, fiesta patronal, que duraba tres días. La  víspera se preparaba una hoguera monumental, con leña de los montes, que los mozos se encargaban de traer en los carros de bueyes. Continuaba con un gran baile al aire libre, pero si el tiempo lo impedía, se celebraba en el salón. “Los Rubios”, de Santiago la Puebla, amenizaban los actos con animados  pasacalles, música sacra en la procesión, y baile con su orquesta.

Recuerdo a mi abuelo Vicente, de Alba, casado con mi abuela Patro. Él era zapatero, panadero, barbero y labrador. No podía perder el tiempo porque tenía que mantener a su mujer y sus ocho hijos. Vivieron en la calle Ochavo, donde hoy reside Felisa. Dentro de la casa tenía el horno para cocer el pan y, tanto en invierno como en verano, iba a  vender el pan a Palomares o a las fincas. Con leña de encina, que  transportaba en un carro de vacas, desde los montes, en invierno, formaba en el corral el “balaguero” sujeto por unos pizarrones.  Tambien recuerdo a Isidro Amores, conocido como “Molanas”, casado con Ignacia, muy socarrón, de gran ingenio, cada vez que paso por su casa que aún sigue en pie. Su hermano, Desiderio, vivió en calle Manzano, 13, donde Julio tiene una cochera. Hermenegildo, el tío Gildo, fue empleado de RENFE, vivió en la casilla 109, situada en el Raso y construyó la casa de “los charros”. No puedo olvidar a D. Pedro Caballo, el señor cura, muy querido por todos los mayores que le conocieron. Era de Macotera y vivió en el pueblo desde 1910 hasta 1941. Le sucedió D. Leandro, que atendió a sus feligreses hasta 1971. Su hermana Demetria y su sobrina vivieron en la casa propiedad de la Iglesia.  En el jardín de esta vivienda,  nos daban un chocolate el día de la Primera Comunión. Padres e invitados miraban y disfrutaban viendo a sus hijos saboreando dicho manjar, pero algún susto llegaba cuando se movía la mesa  y el chocolate se vertía en el traje de marinero que habíamos estrenado para ese día.

Mi tío Silvestre, el herrero del pueblo, también trabajaba algo la madera. Vivió en la calle Clavel, 25. La fragua y el potro estaba en la misma calle. Tenía también unas viñas en “la Rades” y los días de vendimia disfrutábamos como en una fiesta, cortando las uvas  y pisándolas, probando el mosto, y el aguardiente que, pasado el tiempo de cocción,  se hacía con la “madre”. A la casa y el salón del baile del señor Lino se pasaba desde la calle, se entraba a un patio donde había cuatro o cinco acacias, a la izquierda tenia la casa, dentro de ella había un pozo y, a la derecha, estaba, y todavía está, el salón del baile. Un pie de madera sujetaba una de las vigas en el centro del salón. Los pocos atrevidos a coger pareja se ponían a su lado, viendo como los más aficionados disfrutaban moviendo su esqueleto. El único albañil que había en el pueblo era Teodoro, padre de “Patito, el Trili”, que fue zapatero, y alguacil. A este le  gustaba cantar en el bar o, mejor dicho, dar voces. Al final tuvo su propio bar, vivió con su madre Baltasara en la calle Manzano, 27, y aun se conserva la casa. Avelino, vivió en la calle Fuente, 30. Se dedicaba a recoger las “muñigas” por las calles y se las vendía a los Felipes de Palomares.  Le gustaba bastante “darle al coco” y se le podía ver todos los días caminando por las Costanillas, hasta el despacho de Francisco Polo, en busca del diario. Llevaba la botella en el bolsillo de la chaqueta y, con el peso, la había dado tanto de sí, que le llegaba a las rodillas. El tío Eliseo era vecino de Avelino,  familia que se fue a vivir a Alba. Uno de los hijos trabajó con “los Moros” y hacía picias a los del pueblo con la luz, cortándosela cuando radiaban algún partido. Estos dos o tres vecinos vivían en unas pequeñas casas que había a la trasera donde vive Toño.

Antonio, el secretario, casado con la abuela Petra, calle de la Fuente, 12. Le sucedió su hijo Celso en la secretaria durante muchos años. Al jubilarse se fue a vivir a Alba, donde actualmente vive su familia. Uno de los tres o cuatro canteros que vivían de este oficio en el pueblo, era el tío Colas, padre de Julio, y de Lauria. Julio fue cantero toda su vida y, como todos los del oficio, siempre tuvo  mucho trabajo. Con una marra y una barrena, sacaron piedra y muchos cotos para cercar fincas. Mariano y Julio continuaron con el oficio; pero sin trabajar con la marra y la barrena. Lauria fue herrero y vivió en la casa que tiene José. La fragua y el potro estaba frente a la casa. En la calle Corona, 6, vivió el tío Julián, en la casa que está más arriba de Andrés, el de Bilbao.  En otra casa con corral, que hoy es de Antonio, el pastor, vivió mi tío Jeromo, casado con Alicia, siempre tuvo los mejores bueyes para la labor. El abuelo de Toño, labrador, el tío “Toñique”, cantaba cuando estaba en el campo, por bulerías o por lo que fuera, alegre y dicharachero, se inventaba chismes, y se quedaba tan satisfecho cuando parecía que te los creías. Pelegrín, hermano de “Toñique”,vivió de arrendatario en algunas fincas. Pasó los últimos años la calle Iglesia, 28. Un recuerdo de los que no se olvidan es el de Benito, casado con Cristina, una familia muy humilde pero muy buena. Tenían tres hijos, y casi todos los días caminaba andando por el sendero que conducía desde el pueblo a Palomares. Su casa estaba situada en la calle Clavel, 20 y ahora  es un solar. Tenía dos hermanos, Leoncio y Atilano. Este último trabajó en el “Barrero”.

Mi tío Ignacio, “el Cono”, otro cantero, vivió en las Costanillas, calle Corona, 17. Llamaban la atención las buenas pizarras que lucían en los suelos de la casa y en los pajares. Los miembros de la familia fueron desapareciendo poco a poco. Unas hijas se fueron a Francia, su hijo Julio a Alba. Elisea vivió donde vive ahora José. Antes era de las mejores casas del pueblo, por pertenecer a una de  las familias más ricas: tenía coche de caballos y siempre tuvo una criada, llamada Quica, hija de Leonor. Pascual, familia de los anteriores. Tenía un bar y era zapatero, al  quedarse viudo, toda la familia  se fue a vivir a Sevilla. Vivieron en la calle Corona. Blas y Luisa, su mujer, muy buena  señora, casi todos los días la veías cargada con su reclinatorio camino de la Iglesia, para oír misa. Seguramente la familia más larga sería la de Ángel y Claudia: ¡13 hijos!  Abelardo, Isidro y Benigno eran los más conocidos, por ser de los más pequeños y vivir en el pueblo. Dos hijos fallecieron jóvenes y los restantes, poco a poco, se fueron a otros pueblos o a la Argentina. La mayor parte de ellos fueron ganaderos.

Otra familia de labradores que se fue a vivir a Alba, por jubilación, es la de  “los Charros”. Antes de vivir en la calle Fuente, 18, vivieron en los Ventorros. Algunos familiares estudiaron y sacaron su carrera. También formaba parte de esta familia el señor Pepe, fue alcalde del pueblo durante muchos años. Otra muy conocida era la familia  del señor Bernabé, padre de Modesta, casada con “Jandriche”. El tío Hipólito, vivió donde Antonio el pastor, calle Manzano, 2, en la parte que ocupa el parque. El bar que hay por delante de su casa, era tierra que se sembraba de centeno, fue cambiada por un cercado en los valles. Este señor tambien fue alcalde durante muchos años. Otro hermano de este, Manuel, casado con Julia, vivió en calle Iglesia, 2.  Su hijo, Torcuato, fue juez de paz varios años. Hoy  es una casa totalmente reformada. El señor Domingo, casado con Teresa, la Pavera, era empleado de RENFE. Vivió en la casilla 108 y cuando vino al pueblo residía en las Costanillas. Gaspar, casi toda su vida, estuvo trabajando ayudando en la labor en casa de los “Charros”. Estaba casado con Luisa y tenían su casa en calle la Fuente. Otro cantero fue Frutos. Vivía en calle Minerva, 25, y era padre de “Colas”, “Mocete” para los amigos. Biembe es el último de la familia. No podemos olvidar al tío Juan. Su huella era conocida por tener unas abarcas con ceros en la suela. Le gustaba madrugar y vivió en calle Ochavo, 6.  Victoriano, que fue ganadero y vivió en calle Minerva, 5, la que hoy es la casa de “Tito”. Mi tío Francisco, casado con Olvido, vivía en la calle Minerva, a la parte abajo de la “Menchora” y su despacho de vino estaba a la parte de arriba de la misma calle. No tenía mucho negocio, pero trataba bien a la clientela y se estaba muy bien en el semisótano que ocupaba su despacho. En su casa paso unos días el Padre Belda, del convento de los Reparadores de Alba, cuando realizó unas investigaciones en el dolmen que hay en los alrededores. Otra familia larga fue la del tío Melquiades, en calle Corona, 14. Como ocurre en otras muchas familias, sus miembros se dispersan y quedan muy pocos en el pueblo. Julio se ha construido  una bonita casa en su lugar. Otra casa que esta deteriorándose es la de el tío Román, metida en un callejón. “Francis”, su hijo, en algún tiempo pasado tuvo una fragua a la derecha de la entrada a la casa.

Yo recuerdo al tío Basilio que ya era muy mayor y  siempre estaba sentado a la puerta de su casa, en calle Corona, 1. Estaba casado con Mariquita y vivieron en el Raso.  Al llegar al pueblo, compraron tierras con la familia de Jeromo, Alipio y otras. Hoy esta casa está totalmente reformada, con el aire y gusto del pueblo, conservando parte de lo antiguo. La calle Clavel es una de las que pasábamos para ir a la fuente de abajo, a por  el agua para beber. En una sus casas vivía Fidel , con su mujer y su hijo “Toño” soltero y labrador.  En la calle Iglesia, 8, en lo más alto del pueblo, vivió Juan Francisco, casado con Nolberta y, después, Clara, su hija que se había casado con Manolo, de apodo “Machao”. Recuerdo un gran reloj de los de antes, incrustado en la pared, cuyas campanadas se podían oír por todo el pueblo. Esa propiedad  hoy está dividida en dos.

Nuestra agricultura al cabo de los tiempos ha dado un cambio de 180º. Cuando se mecaniza el campo desaparecen los labradores. Los propietarios pequeños o arrendatarios,  que dependían  solo de la cosecha, de tan escasoss rendimientos y, sin otros recursos, no podían resistir a los malos años. Los que tenían tierras y al mismo tiempo otra actividad más o menos tenían asegurada su alimentación. A los ocho o diez años, los hijos tenían que ayudar a los padres, olvidando la escuela y asistiendo a clases nocturnas. Toda la familia contribuía al sostén de la economía en el desempeño de unas tareas impropias para mujeres y niños. Con esta ayuda se podía sobrevivir en aquellos tiempos tan duros. Los labradores, que se decían a ellos mismos que eran los más ricos, no tenían ni un duro.  Ponían el dedo gordo de las manos en las sisas del chaleco y sacaban pecho, como de orgullo, pero ni comían, ni bebían, ni gastaban un duro. La falta de fertilizantes y la mala  calidad de la tierra eran causa de la pobreza de las cosechas, a pesar de que ellos entendían el proceso del cultivo, tenían buenos conocimientos de la naturaleza y en la época de recolección se pasaban la vida en el campo, atentos a la climatología. Era tanto el sacrificio que este oficio no tenia precio.

En los montes y caminos se hacían trabajos de limpieza y estaban bien conservados.  De ellos dependían algunas familias de jornaleros. El señor “Valeria” era el único que sabía hacer cisco y carbón de encina. Era un buen profesional profesional. Su familia vivió en la Menchora y se fueron del pueblo buscando mejor vida. También se fue su vecina Felicitas que, con parte de su familia,  emigró a  Venezuela.

La montanera de la bellota y el pasto son la mejor alimentación para los cerdos, cebones y camperos. Varear las encinas con un látigo requería fuerza. “El Tano”, “Pepurro” y “el Capa” dominaban este arte con soltura. Sus brazos lucían  pronunciados  músculos sin necesidad de gimnasios. Otra fuente de ingresos era la caza, que servía para quitar el hambre y, si algo sobraba, se vendía. “El Tano” y Marcelino salían con su perdiz, para el reclamo. A “Toño” le gustaba cazar con galgos. Al “Bacho”, con escopetas de uno o dos caños. Disfrutaban cazando a la espera, al ojeo, con reclamo. La perdiz era su especie preferida pero no hacían ascos a otras piezas. Eso sí, cazaban lo justo, sabían que si se pasaban y no se escabechaba se estropeaba. En los corrillos de las Costanillas, de la fragua, o del bar, cuando se hablaba de caza, todos escuchaban y reían; pero  nadie se creía las historias

Los proyectos que se llaman de desarrollo casi terminan con los problemas de caza junto a esas potentes escopetas. Entonces regulaban la caza en los pueblos los mismos cazadores pero hoy, debido a la proliferación de licencias y mejores armas casi se elimina.  Los cazadores siempre encontraban su recompensa a la espera de las perdices que salían de la Maza, en los rastrojos, tras las asustadizas codornices o, al salto, por la tarde, cobrando algunos conejos, una rabona o alguna paloma torcaz. Raro era el día que volvían de vacío.     Otros vecinos del pueblo tenían un huerto que  atendían en horas extras o domingos por la mañana. De esta manera se ayudaban para sacar la familia adelante. Muchos de estos huertos estaban a las orillas del regato y casi todos tenían un pozo del que sacar agua para regar parte de lo sembrado. Competían por ver quién tenía su huerto mejor arreglado. Siempre aprovechaban su regreso a casa para llevar un poco de hierba en un saco, para la cabra o las gallinas. Los jornaleros trabajaban generalmente en las labores del campo y su sueldo variaba según viniera la cosecha de ese año. Se madrugaba para aprovechar el día y no se regresaba hasta el anochecer porque, normalmente, se les llevaba al tajo el almuerzo de mediodía..

Algunas familias emigraron del pueblo en los años 60, en los que se ofrecía trabajo en el extranjero. Muchos se fueron a  Alemania, Francia y Suiza y mandaban divisas, lo que supuso un gran alivio para muchas familias, generalmente humildes. Los emigrantes tuvieron la valentía de dejar la tranquila vida de su pueblo, para salir rumbo a lo desconocido. Otros, en cambio, vinieron de otros pueblos y encontraron aquí su modo de vida. El señor Daniel y su mujer Fabiana, compraron unas fincas, dejando Otero, donde vivían. De Calvarrasa vinieron Ventura y Margarita, iniciando su vida con una tienda en el pueblo y un bar en Alba. Tomás y su mujer, Rosario, con sus seis hijos, tuvieron que trabajar duro para, poco a poco, pagar las tierras y la casa que compraron. Otra familia llegó de Galinduste: Avelino y su mujer Guillerma con sus seis retoños, pequeños  de estatura, pero grandes de corazón. Avelino, muy dicharachero, tenia detalles simpáticos. Por las noches hacía sonar un cuerno para que acudieran sus hijos a cenar. A algunos de ellos les gustaban las tertulias de las Costanillas pero, en cuanto oían el cuerno, salían corriendo porque sabían que si no se daban prisa en ir a la cena, corrían peligro de quedarse en ayunas.

Los panaderos que podíamos llamar industriales,  hacían una hornada diaria, raramente dos, con harina de trigo candeal, que se molía en la fabrica de los “Moros”. Todo era manual: amasar, pasar la masa por el torno, yeldar y cocer. El horno estaba revestido de ladrillos y barro, el suelo de baldosa y había que realizar un precalentado con leña de encina o piornos. Cuando los ladrillos habían acumulado el calor necesario, se barría con unas bardas que eran unos trapos húmedos atados a un palo largo para limpiar las cenizas, después de esta limpieza se metía el pan, cociéndose con el calor acumulado. También había algunos hornos particulares. Sisinio en la parte abajo del pueblo; Ángel, “el Soria”, a la parte de arriba de la “Menchora” y, mi abuelo, en las Costanillas. Por las fiestas, se aprovechaba el calor que quedaba para hacer pastas o mantecadas y para asar algún tostón. Los panaderos les daban a los clientes las tarjas: un listón cuadrado de madera donde se hacia una muesca por cada pan entregado. Al final, se contaban las muescas y se abonaba el importe.

Mi tío “Bartolo” fue uno de los que regresaron de Cuba y puso una barbería cuando llegó al pueblo. No recuerdo de qué familia procedía, pero si sé que estaba casado con Rufina, hermana de el secretario. No tenían  hijos y vivieron en la casa donde hoy vive Leandro. Tenía su negocio en la habitación de la entrada, a la izquierda. Su plato preferido para el desayuno eran las sopas de ajo con huevos escalfados. Su respirar era tan fuerte que, resoplando por encima de tu cabeza, daba la sensación de que roncaba.

La operación del afeitado era hecha con bálago de agua y jabón y unas navajas de acero que entremezclaba en sus dedos y siempre las tenía muy afiladas. El corte de pelo casi siempre era a cepillo, había pocas melenas, se dejaban algunas patillas largas y se arreglaba el cuello. Las peluquerías de mujeres eran muy escasas. Los utensilios que tenían para su trabajo era pocos, todos manuales: las tijeras, el peine, la pequeña palangana para el agua, la brocha, la navaja, el cuero para afilar, jabón, cepillo para limpiar los pelos y el sillón, en alguno casos.

Esta es la historia de mi pueblo y sus vecinos. Pido perdón por los olvidos y por aquellos que, sin ser esa mi intención, se hayan podido sentir molestos. Somos un pueblo pequeño, sabemos apreciar nuestros escasos bienes, ganados con nuestro sudor y, salvo algún contratiempo, nos apoyamos y nos queremos.

 

LOS PASTORES EN TERRADILLOS

Durante muchos siglos en el mundo rural ha permanecido el trabajo del ganadero. Hoy esa ocupación no está garantizada; pero nos quedan sus historias y recuerdos.

Los tres últimos pastores de Terradillos, Antonio, Antolín y Francis se jubilaron sin dejar sucesión. Me gusta hablar con ellos cuando nos vemos en el pueblo. Los escucho con atención cuando me cuentan las calamidades que han pasado en su vida, con el ganado, por el campo. Me hablan del trabajo de sus perros, del tiempo, de la naturaleza…me cuentan de todo, porque de casi todo saben. Saben de conejos, liebres, perdices, lagartos, culebras, águilas, nidos, setas, frutos silvestres y, además, adivinan el tiempo que va a hacer…cosas curiosas, como que cuando las ovejas quedan preñadas, si después les coge la lluvia, pueden abortar. La gestación suele durar cinco meses y normalmente paren de una a tres crías, según su alimentación. Viven unos diez años.

Algunos pastores se confeccionaban las ropas que usaban con las pieles de los animales que morían: ellos las curtían, cosían y diseñaban abarcas, pantalones, mantas, zahones y morral. Sus herramientas eran muy sencillas: la navaja y el punzón y para apoyarse la “cayá “. Unos trabajaban el hueso, otros tocaban algún instrumento, y también leían. En su mochila casi siempre tenían un libro de novelas, de poesía… Ahora tienen mejor ropa de abrigo para librarse de las inclemencias del tiempo y no olvidan el transitor; pero el frio y el agua hacen mella en la salud, ataca el reúma y los huesos más tarde suelen fallar. Todos los días haga frio o calor, llueva o salga el sol, te duela la cabeza o la barriga, sin hacer caso a nada, cogen la comida en el cuerno preparado para este fin y salen al campo. Unos silbidos, al venir el día, y los sonidos de los cencerros comienzan a oírse. El ganado se pone en movimiento, vamos a pasar un nuevo día en el campo. Las esquilas y cencerros jugaban un papel muy importante para tener localizados a los animales mediante el sonido, especialmente en las noches sin luna..

En Terradillos, como en otros pueblos, la figura del pastor caminando con su rebaño por el campo ya es historia. Actualmente, los beneficios económicos tienen que ser otros y las explotaciones en granjas son más rentables. El cordero lechal y pascual mamaba y brincaba por el campo hasta que eran sacrificados. Los animales prácticamente se alimentaban de lo que pastaban en libertad y así el coste para el ganadero era mínimo. Ahora, cuando la producción no genera beneficios, se llevan los animales al matadero. La lana de la raza merina era la más apreciada por su calidad y se vendía a buen precio. Hoy día, dado su poco valor y la subida de los gastos de esquileo, la explotación  se están orientando a la producción de carne y  leche. Para estos fines, parece ser que la raza churra produce mayor fuente de ingresos a los ganaderos. El peso de lana de una oveja varia de 1.500 a 4’000 kgm. Con el calor las ovejas se “amorran“ formando una rueda escondiendo la  cabeza unas debajo de otras para evitar el sol.

Los pastores, cuando se “ajustaban”, tenían en cuenta varios factores. Contrataban, además del salario, la manutención, el alojamiento y, muy importante, la “escusa”, un determinado número de cabezas de ganado, propiedad del pastor, y que el propietario cubría todos sus gastos. Llegada la temporada de verano se subastaban las basuras de las ovejas, inmejorable abono natural. Solían pasar la noche en “cañizos” o majadas y no podía faltar el  “bardo”, un simple artilugio que protegía al pastor de las inclemencias del tiempo. A partir de los dos años algunos carneros se volvían “envidiosos” y a la menor oportunidad te “topaban”, dejándote  baldado si conseguían embestirte. Siempre buscan la mejor ocasión para atacar, con esos cuernos que tienen retorcidos, y si logran  tirarte al suelo, estás perdido. Cuando se quiere impedir que el macho cubra a la hembra se le pone un saco por la barriga, cogido con dos cuerdas atadas al lomo del carnero; con este sencillo ardiz, se evitaba que la oveja quedara preñada pues, cuando el carnero intentaba montarla, siempre se interponía el saco entre el macho y la hembra. El carnero que se mataba la noche de los Santos, para la “corrobla” de los jóvenes, ya era viejo. Tenía tres o cuatro años y su carne era tan dura que tardaba en cocerse horas. Despedía un olor intenso, que se pegaba a su sabor, y su grasa, tirando a un color amarillento,  indicaba que era un animal de años, así como sus huesos, más duros que las piedras. Es seguro que tenia vitaminas, proteínas, hierro y todo lo necesario para una vida saludable.

Por Terradillos pasaban los trenes, cargados de animales, hacia nuevos pastos. Los vagones de ovejas eran de tres pisos con capacidad para 100 a 120 reses. Los vagones destinados al ganado vacuno eran de solo un piso y tenían capacidad para transportar  de 12  a 14 animales. Casi todos estos vagones llevaban acoplada la garita del guardafrenos.

LAS CABRAS:

Las cabras son “primas” de las ovejas, pero más alegres y tan ágiles que son capaces de trepar por las paredes, subir a los árboles o hacer piruetas. Como otros animales, se llevaban al corral del Concejo o a otro lugar destinado para que el cabrero se hiciera de los animales para su posterior salida al campo, una vez reunido el rebaño. Las cabras se adaptan bien en terrenos pobres, como Terradillos, en los que otros animales no podrían sobrevivir. Son animales nobles e inteligentes, pero necesitan salir al campo, porque su estabulación es difícil.

La leche de cabra es más digestiva que la de vaca, los quesos son de mejor calidad y la carne del cabrito es más suave y gustosa que la de cordero. Es muy común ver estos animales apoyándose en las patas traseras, en posición vertical, para ramonear las hojas de los árboles. En verano, al mediodía, el cabrero acercaba las cabras a la majada de las Calvas para su ordeño y, cuando el sol atizaba lo suyo, acudían las mujeres con la cara tapada para no quemarse (cosas de la vida) y, tirando de la ubre de la cabra,  sacaban su leche.

Como de otros animales, el hombre saca su provecho. No olvidemos, por las calles, la escalera, la cabra, el trampolín y el organillo, espectáculo que ofrecían, por la voluntad,  aquellas familias de gitanos que acampaban  con sus carros a las afueras de los pueblos. Recuerdo que, cuando se quedo sin leche la Sra. Juana, tuvo que amamantar a su hija una cabra. Si la nena lloraba y la puerta de casa estaba cerrada, la cabra era capaz de subir al tejado y posicionarse cerca de  donde salían los gemidos. Suceso que causó gran admiración en el pueblo. También fue muy comentado el caso de Pepe, que vendió una buena cabra a Melchor por 1.000 pts. Cierran el trato, se dan la mano, ponen el billete verde sobre la pared, siguen hablando, miran y el billete había desaparecido. Discuten: “Yo lo he dejado” “Pues yo no lo he cogido”. Que si tú, que si yo, que si yo que si  tú. Al final Pepe dice: ¿No se lo habrá comido la cabra que ha estado por aquí? Acuerdan matar la cabra por si acaso podían recuperar el billete ¡! Sorpresa ¡! Allí estaba en el estómago, procuran recomponerlo, pero está tan “digerido” que no se pueden aprovechar. Se reparten la carne del animal, se vuelven a dar la mano y quedan como amigos. Las cabras comen casi de todo. Se las considera como destructoras de la vegetación, pero lo cierto es que, cuando andaban por el campo y los bosques, los dejaban limpios de maleza y había menos incendios que ahora o, al menos, se propagaban con mayor dificultad, siendo más fácil sofocarlos.

Los mastines que suelen acompañar a los rebaños son perros que defienden al ganado y ahuyentan a los depredadores. Los perros mastines llevaban en su cuello collares de cuero con pinchos de hierro, con los que se defendía del ataque de otros perros o de los lobos, es la mejor raza para acompañar a los rebaños. Los “careas” son más pequeños, más rápidos y más inteligentes. Desempeñan sus obligaciones a la perfección: obedecen las instrucciones del dueño, encarrilan el ganado y lo sacan de los sembrados, evitando que se malogren las cosechas. Basta un silbido o una voz para entender lo que quiere el pastor y siempre está lístos para cumplir sus deseos.

Con el fin de ahorrar algún dinero, se alimentaba a estoa perros con “perruna”  especie de pan  hecho con, trigo, cebada o centeno molidos, sin refinar. También la piel de los perros tenía su valor. La curtían los pastores muy artesanalmente, sin aditivos, solo con sal y tapándola con tierra y después  daban a este material gran cantidad de usos. Por los años 50  el Servicio Provincial de Ganadería comunicaba a los Ayuntamientos la obligación de vacunar a los perros de la rabia, este servicio tenía un gasto que el propietario no estaba dispuesto a pagar, aquí saltaba la picaresca, unos decían que lo habían sacrificado, otros, que lo tenía su hermano en otro pueblo, otro que lo pilló el tren, cada uno alegaba lo mejor. A los pocos días llegaba otro informe con una multa de 50 pts por incumplimiento de lo dispuesto. Estas multas se pagaban en papel de pagos al Estado en la Oficinas del Servicio de Ganadería que estaban en la Av. de Mirát.

“Ya se van los pastores a la Extremadura
ya se queda la sierra triste y oscura”

LABORES DEL CAMPO EN TERRADILLOS

Ahora el verano lo conocemos como tiempo de vacaciones para disfrutar del campo o la playa, muy distinto a los veranos de los años cincuenta que había que aprovechar el trabajo, si no querías pasar parte del año con apuros económicos. La agricultura daba empleo a varias personas, para estos trabajos, se contrataba primero a los del pueblo, y después a los de fuera. Decían en el pueblo que hasta que la cosecha no estuviera en la panera no estaba segura, pensando en las tormentas que hacían mucho daño y es que te jugabas parte de la alimentación de la familia de todo un año.  Generalmente para las labores de verano se contrataba por la feria de Alba, (11 de Junio). En ocasiones dormían en las tierras por la noche, bien por la distancia al pueblo o bien por terminar la tarea. En verano era muy corriente dormir en las eras con permiso de los “violeros”.

Las labores se desarrollaban todas a mano. La siega, se realizaba cuando la mies estaba bien seca, con una hoz cuyo filo cortaba “una paja en el aire “. En el Teso de la Viga, se encontraban piedras para afilar las hoces. En la mano izquierda se acoplaban unos dediles para proteger los dedos de algún corte con la hoz. Una vez segada la mies el rapaz recogía las manadas en brazadas para atarlas con paja de centeno húmeda, (se llama balaguera de la que se harían los vencejos) para atar los haces. Estos haces no se podían dejar al lado del camino, todos se conocían en el pueblo y sabían que si pasaba “fulanito“ algunos de estos haces se los llevaba en su carro. Los carros de bueyes que fabricaban los carreteros de Alba, eran piezas de museo, en ellos pintaban alegorías, paisajes, ¡qué dibujos! ¡qué colores!, que lujo para andar por las tierras, caminos, acarrear grano, patatas, leña……….y basura. Quien estrenaba carro, sacaba pecho, se creía superior a los demás.

Los carros para transportar la mies tenían suplementos llamados estacones o baluarte, donde se colocaban los haces con precisión, como unos artistas para que no se cayeran, a no ser un vuelco del carro. Llegando con el carro y la mies a las eras, esta, se descargaba, poniendo los haces en círculos, cortando los vencejos con una hoz y retirándolos, cuando los haces se ataban con lías se recogían  para otros servicios. Dando vueltas, y vueltas, las parejas de bueyes o mulas con el trillo y con todo el calor, se conseguía triturar la mies, esta se cambiza para hacer la parva, orientándolas a la dirección del viento, para cuando este llegara con un vielo separar el grano de la paja, se baleaban los grancíones del muelo y más tarde con la criba dejar el grano limpio. El grano se recoge y mide con una media fanega, echándole el rasero, ensacando para llevarlo a la panera. Una fanega de trigo, dependiendo el estado de madurez pesaba 43 kgs, una fanega de cebada pesaba 32 kgs. La paja, se almacenaba en el pajar para el invierno como alimento y cama para el ganado.

En las labores del campo también hay trabajos de chinos, “la escarda “era uno de ellos, con una hoz y un palo con horquilla acudían toda la familia a escardar las malas hierbas, cardos, rábanos……….cerro a cerro hasta terminar la tierra, con el fin de facilitar la siega cuando llegara su momento. El trillo, este “artilugio” era la mejor pastilla para quedarte dormido, se compone de dos tablones unidos que por la parte de abajo lleva piedras cortantes encastradas para cortar la mies. Los contratos de trabajo para la temporada de verano se firmaban con arreglo a los días y sueldo, en 1958, un segador por 35 días cobraba 3.800 pts,y un carro de paja, el atador, 3.400 pts. Otro contrato seria, segador y atador, en 1964, cobraba 9.000 pts por segar unas 30 huebras, 45 días, podían llevar algún hijo sin que el patrono tuviera que desembolsar más, pero si tener derecho a la manutención. Por los años 50 la provincia de Salamanca se dividía en dos zonas, con un horario y distinto sueldo para los trabajadores de la recolección. Terradillos estaba en la primera zona. Otra cosa que no debemos olvidar era el descanso dominical, en época de recolección se exceptuaba el prohibir trabajar el domingo, facilitando a los trabajadores que quisieran asistir a los actos religiosos. Años más tarde se trabajaba los domingos hasta las 11 o las 12 fue muy positivo.

Ya nos hablaba el Marques de la Ensenada, que en Terradillos se sembraba a tres hojas, dos años sembrado y uno de descanso.Ya nos hablaba el Marques de la Ensenada, que en Terradillos se sembraba a tres hojas, dos años sembrado y uno de descanso.

LA LECHE EN TERRADILLOS

La leche es uno de los alimentos básicos que el ser humano ingiere de otro animal pasado el periodo de lactancia.

La leche y los productos lácteos proporcionan abundantes beneficios nutricionales. La leche cruda proviene de vacas, ovejas o cabras. Esta última contiene bacterias dañinas que puede afectar a la salud de las personas que la consuman. La que más se vendía a particulares en Terradillos  era la de vaca, la gente del pueblo iba a comprarla a las casas donde la vendían  con su lechera o los lecheros iban casa por casa con su cántara y cuartillo por la mañana para el desayuno, después de cocida, hacer una migada o el café con leche entre otras cosas. Ahora parece que está de moda la leche de búfala. Los que hemos conocido el ordeño a mano nos vemos a una persona sentada en un taburete, con un cubo al lado tirando de la ubre para extraer el líquido. Actualmente una vaca se ordeña durante nueve o diez meses lo que antes era solo cinco o seis. Este aumento de la producción en parte se debe a la alimentación. Antes comían hierba, paja y algarrobas, ahora comen forraje y piensos concentrados, especialmente preparados para que la leche tenga el contenido de grasa necesario. Uno mamaba por una teta de la vaca y el otro ordeñaba por la otra. ¡Qué rico estaba el sorbo de la espuma que  te daba el lechero cuando ordeñaba! Dicen que la fiebre de malta es por haber ingerido leche cruda apareciendo su efecto varios años después. La leche se hervía para tratar de eliminar esas bacterias y se podía guardar un par de días, si el tiempo no estaba de tormenta.  Si se estropeaba, tampoco había problema: se hacía queso o requesón. Como no había neveras para refrigerar y conservar la leche, la carne y otros alimentos, se guardaban en fresqueras o comunicada con el exterior para aprovechar el fresco de la noche.

Cuando se hierve la leche, crea una capa de nata que rompe la fuerza del hervor saliendo fuera del puchero, produciendo un monumental cabreo de las mujeres que en un descuido han perdido lo mejor. ¡Qué rica la nata con fresas, con café, con azúcar, para hacer pastas o guisar……….!

Entre uno y cinco días después del parto, aparece un líquido viscoso y de color amarillento de las tetas de las vacas, ovejas o cabras: son los calostros. Mucha gente no sabe ni han oído hablar de ellos, es difícil encontrarlos, si no conoces algún ganadero que te los pueda suministrar. Tampoco es fácil conseguir su punto óptimo para que te queden bien hechos. Aquí no sirven  matemáticas, ni tiempos, hay que coger el “tranquillo”,  si no se cortan son muy ricos, si se cortan no son calostros. Decían las personas mayores que quien comía calostros vivía más años. Transcurridos unos días la vaca comienza a dar una leche blanca y más ligera, nada tiene que ver con la de brik, a la que la mayoría se ha acostumbrado. En esto hay división de opiniones: a unos no les gusta y a otros les encanta. Uno de los principales destinos de la leche es la elaboración de quesos. Se elabora con leche cruda o cocida y cuajo, en la actualidad hay productos sustitutivos artificiales. El cuajo es el estómago del cabrito, que es lo que más se usaba para el fermento de la leche. Se dejaba secar colgado en la panera para, llegado el momento, cortar un poquito, ponerlo en la leche y esperar que haga su trabajo de cuajar. Los ganaderos eran grandes conocedores de plantas y todo lo que rodea a la naturaleza, para cuajar la leche si no tenían el cuajo aplicaban otros procesos que nadamas lo sabían ellos y que guardaban como secretos profesionales, la flor de cierta planta de cardo era  usada como sustituto del cuajo. La abuela Felipa cuando quería hacer queso ponía la leche cuajada en los cinchos de esparto, apretaba con fuerza el contenido sobre la mesa que tenia para este fin hasta que salía la última gota de suero el suero, lo lavaba y lo salaba, dejaba orear unos meses y ……. ¡ a comer ¡.

El suero, generalmente, se les daba a los cerdos, pero muchas veces no le hacían ascos y, con un poquito de azúcar, se podía beber.

Y llegamos al último eslabón de la leche el requesón. El requesón es el producto que se obtiene al cocer el suero y es sencillo de elaborar; basta con apartar la parte sólida de la liquida, según creo, que con el suero de vaca no sale requesón, así que tendría que elaborarse con leche de oveja o cabra. Cuando ponemos a hervir la leche y se corta podemos decir que es requesón separado del suero.

Hace años se podían ver por las calles del pueblo grupos de vacas lecheras o de trabajo que conducían sus dueños  del corral a los prados, y principalmente en primavera. Como en otras cosas en esto también llegó la moda y muchos particulares tenían su vaca de la que obtenía  leche para su consumo y la que sobraba, después de vender a algún vecino, se la llevaban a Aniceto, lechero profesional de toda su vida, que heredo el oficio de su padre Isidro. Todo esto tenía un punto de vista económico familiar y suponía unos pequeños ingresos que aliviaban la pequeña economía. Todo se ha perdido también Aniceto, al que todos los días del año se le podía ver por Alba vendiendo leche. Sigue dedicado a las vacas de leche, no sabe hacer otra cosa, es su vida, pero estas explotaciones requieren mucho sacrificio y por tanto, los ganaderos que quedan hoy día se dedican más a la producción de carne.

Hace unos años todo el ganado fue sacado del pueblo, fueron llevados a naves mejor preparadas y más modernas donde el sistema de ordeño es automático. Las vacas son tan inteligentes que  cuando les llega la hora del ordeño saben qué lugar tienen que ocupar  y en que turno les toca. Como si cogieran número en la frutería.

LA LANA EN TERRADILLOS

Una parte en la explotación de las ovejas era la lana. Por aquellos años había dos clases de ovejas, por tanto, dos clases de lana. La lana de oveja merina era más fina y suave que la lana de oveja churra y es más apropiada para hacer prendas de vestir. Una vez esquilada la oveja, lavada  y  cardada la lana,  las mujeres  jóvenes  y  mayores, cogiendo  un  puñado del  vellón , lo  disponían  en el  uso y mareándolo,   dándole  vueltas  y  más vueltas,   conseguían   retorcerlo  hasta   que   quedaba  con  la consistencia deseada; mientras, con la otra mano, regulaban la cantidad necesaria para formar el hilo. ¡Qué paciencia!

Cuando ya tenían un ovillo, cogían las agujas y tejían gorros, calcetines, refajos… Para estas labores unas veces necesitaban dos, tres, cuatro agujas o más. Esta actividad la recuerdo viendo a las mujeres a la puerta de las casas, en el buen tiempo, cada una con su trabajo, mientras charlaban animadamente. Era un trabajo más destinado a las mujeres: a nuestras abuelas, a nuestras madres y hermanas, que así  mataban el tiempo mientras  “se hacía algo, no se estaba de más “ y, a la vez, se aprovechaban los mínimos recursos que las ovejas nos proporcionaban: si una prenda quedaba vieja se deshacía y se aprovechaba la lana para hacer otro modelo.

La lana de las ovejas churras, es más larga y menos rizada. Era la más usada para rellenar los colchones. Se dice que el colchón fue el mejor invento de todos los tiempos, aunque estos colchones eran un poco pesados, se debían  mullir y darles la vuelta todos los días, para que la cama quedara bien hecha, por si entraba la vecina que no tuviera motivos de crítica. Estos colchones, cada cuatro o cinco años, se descosían,  se les sacaba la lana para que le diera el aire y, con una vara de mimbre flexible, se les apaleaba como si fuera los culpables de todos los males del sueño. Cuando la lana quedaba esponjosa, se volvía a rellenar el colchón y, una vez cosido, disfrutábamos del descanso otros pocos años. Esta operación se repetía con más frecuencia, si había algún niño que se orinaba en la cama. Otros no tenían problema con la lana porque llenaban un saco de paja, lo ponían en el escaño, al lado de la lumbre, y ¡a dormir!. Antes de que llegara el sueño, observaba las estrellas o la lluvia por el hueco de la chimenea,  y así sabía que tiempo iba hacer al día siguiente, según la postura que tuviera por la noche en el “colchón”. Al llegar el día salían a la puerta para hacer unos estiramientos, desayunaban las sopas de ajo con los torreznos, echaban un buen trago de vino y, como nuevos,  comenzaban la faena.

No todo era estirar la “pata “en la cama porque, en los jergones de alambre, solían instalarse unos bichitos que se llaman chinches. En estos jergones antiguos de alambre de acero retorcido y oxidados por causa de la humedad y los años, estos animalitos encontraban el lugar idóneo para esconderse durante el día y por la noche, cuando nos acostábamos, hacían de las suyas. Su alimentación se basa en la sangre humana y te pican muy fácil cuando estás durmiendo. Es el momento de alimentarse y no nos enteramos de las picaduras porque no generan dolor alguno. Estas picaduras, como las de otros insectos, no son graves si no tienes alguna reacción alérgica; pero brazos, piernas y cuello, que son su preferido campo de acción, aparecen a la mañana siguiente con unas “ronchas” rojas que producen molestos picores. Las madres andaban lavando la ropa y aplicaban zotal y sosa rebajados en los muelles y hendiduras de las camas para acabar con ellos. Otro enemigo de la lana era y es la polilla, aunque hoy está más controlado. Antiguamente se sacaba la ropa de los cajones en primavera para airearla y, de esta manera, se sanaba. Hoy se usan bolas de alcanfor y otros productos químicos, que las mata.

LA FRAGUA EN TERRADILLOS

La fragua era algo más que aquel lugar donde se arreglaban, picos, azadas, azadones,  …donde se calentaba el hierro, salpicando con arena, para calzar y estirar las puntas a las rejas -y otros artilugios- en  el yunque, imprescindible para realizar estas operaciones, que no podía faltar en la fragua. Entre el fuego y el yunque apenas había distancia. Solían estar ambas cosas  a la misma altura, facilitando el machaqueo alterno de los mozos con los martillos de 2,500 Kg. El toque de atención le correspondía al herrero que, con su pequeño martillo, daba un golpecito en el yunque advirtiendo el final de la operación.

El señor Lauria, último herrero del pueblo, introducía en la pila del agua el material trabajado para dar el temple necesario a las herramientas. Cuando se equivocaba… ¡a empezar de nuevo!. Eran impresionantes las dimensiones del fuelle que avivaba el fuego, comparado con el fuelle de los hogares. El herrero, con una mano, tiraba de la cadena guiada por una polea para levantar la tapa superior del fuelle que se llenaba de aire para lanzarlo con fuerza , sobre las ascuas candentes. Mientras, con la otra mano, provista de una larga tenaza, atendía las piezas que mantenía sobre el yunque, al rojo vivo..

Para muchos vecinos del pueblo, hoy, el trabajo del herrero es desconocido. Estos habilidosos artesanos transformaban el hierro en el herraduras para caballos, bueyes y asnos, rejas para arados y las ventanas, llantas de carros y, en general, lnumerosos aperos de labranza. Cuando llegó la maquinaria al campo el oficio de herrero desaparece y algunos  se hacen mecánicos. Cuando el Sr Lauria deja la fragua se acaba todo. El edificio y corral se destruyen para hacer una nueva construcción dedicada a otros menesteres. ¡Cuántas cosas desaparecen, que más tarde quisiéramos resucitar!. Es la añoranza por los oficios antiguos.

La hora de mayor actividad en la fragua era al atardecer. Cuando se regresaba de las faenas del campo, se convertía en un lugar de reunión, sobre todo en el invierno, cuando los trabajos agrícolas eran menores. No había dinero para vicios. Los jóvenes andaban a “latas” y las pensiones de los jubilados no llegaron hasta los años 50. Se hablaba de muchas cosas, unas eran verdades y otras menos, al fin y al cabo era un lugar donde pasar parte de la noche en buena compañía y al calorcito del carbón. En el corral del herrero no faltaba el potro. Fue un práctico invento que, a lo largo de muchos años, ha resuelto los problemas de sujeción de los animales sin peligro para las personas. En Terradillos, había varios de ellos, todos similares: seis pizarrones, sacados de las canteras, clavados en el suelo; a estos se les hacía unos huecos y pasadores de madera giratorios donde estaban acopladas unas cadenas que suspendían al animal, quedando inmovilizado. La cabeza se sujeta con las coyundas a un yugo, las manos y patas con sogas, facilitando así el herraje, curar heridas, capar… sin peligro alguno para el herrero, veterinario o cualquier voluntario.

Una de las principales herramientas para herrar a los animales era el “pujavante”, que servía para quitar parte de los cascos a los animales y hacer el asiento para los callos y herraduras, que con se fijaban con largos clavos, martillo, y una tenazas para cortar las puntas de los clavos que sobresalían.

En el Catastro del Marqués de la Ensenada podemos ver cómo nos dice que “en Terradillos hay solo un herrero que es Bartolomé Santos “. Desde entonces ¡han pasado tantos años!.

LA ESCUELA EN TERRADILLOS

El modelo de escuela unitaria que había en Terradillos era el que tenían muchos pueblos pequeños: un maestro impartía clases a todos los alumnos agrupándolos según su criterio. Nuestros padres fueron a la escuela unitaria de Palomares, mas tarde se construye una escuela en Terradillos no dispongo de datos y fecha de construcción de dicho edificio, que hoy está destinado a centro social. Al quedarse pequeño decide aprobar el Ayuntamiento en sesión del 11 – 2 – 1950 la construcción de un nuevo edificio como escuela de niñas por un importe de 52.360.39 pts. Según Proyecto Técnico firmado por D. Joaquín Secall y Lozano. Los albañiles de Palomares, Gonzalo y  hermanos ejecutaron la obra con pizarra de las canteras y cemento.

Por aquellos años había dos escuelas y dos maestros. Cada uno tenía su vivienda. Recuerdo a D. Lino que me daba clase y, por la noche, íbamos a su casa al paso. En la escuela pequeña y mayores estudiábamos juntos. Teníamos  una enciclopedia con muchas hojas, sin fotos, que contenía de todo: ciencias, matemáticas, historia, etc. etc. Aquel libro pasaba de unos hermanos e incluso a otros e incluso lo aprovechaban los vecinos. ¿Cómo se podía estudiar con esos crudos inviernos, sin calefacción? El brasero más común era una lata de  conservas, de las de kilo, que llenábamos de brasas, que se llevaba desde casa. Algunos compañeros aguantaban con sandalias y calcetines rotos. ¡Así estábamos de sabañones!

Se tienen muchos recuerdos de cuando eres niño. Se creía que ser zurdo era una enfermedad. A los niños zurdos se les obligaba a escribir y usar la mano derecha; porque padres y maestros desconocían los problemas que puede causar el cambio de lateralidad. Sin este conocimiento, la varita del señor maestro hacia su trabajo. Después de esta enseñanza la mayoría de ellos hacían cosas con las dos manos, algo que los demás no podíamos. La varita del señor maestro tenía la función de marcar en la pizarra, pero a veces la usaba para “domar a fierecillas “con más o menos acierto. ¡A ver las manos!¡junta los dedos !- decía el señor maestro -. Si veía las uñas negras, lo solucionaba con un pequeño golpe que sabia a “peras “, así quedaba todo solucionado y no había más uñas de luto. El castigo nos parecía duro pero pocas veces íbamos con el cuento a los padres porque sabíamos que se multiplicaba por dos. No como ahora, que el niño siempre tiene razón y se la quitan al profesor Había más castigos, casi siempre merecidos, pero al final querías mucho al señor maestro. El salía a jugar al recreo con nosotros, nos llevaba de paseo y el pan con chocolate nos sabía a gloria. ¡Cómo cambian los tiempos ! hoy los niños van cargados a la escuela con unas mochilas llenas de libros que, a sus padres, les ha costado un dineral. Tienen de todo, comen lo que quieren y creo que por poseer tanto, han perdido la ilusión e imaginación que nosotros teníamos para inventarnos juegos y entretenimientos. Y, entonces, una simple onza de chocolate, era un preciado tesoro.

EL TRATO EN TERRADILLOS

A la hora de comprar o vender es donde está la pérdida o la ganancia. En las ciudades o pueblos tenían lugar las ferias, podían ser los sábados, los quince de cada mes, o algún día señalado generalmente por los Ayuntamientos. Era el lugar donde se compraban, vendían, o cambiaban animales u otros objetos. Por la feria de Alba la gente de los pueblos acudía y hacerse con los útiles necesarios para el verano. Había tratantes profesionales que se ganaban la vida comprando, vendiendo, y recorriendo ferias, en Terradillos había algún “ aficionado “ estas personas se dan pronto a la confianza y tratan de tu a tu al ganadero, empleando una técnica de picaresca de palabras y gestos digna de ver, uno pide y el otro ofrece, cantidades exageradas hacia arriba o hacia abajo, pasado un tiempo de bromas  o chistes se van poniendo de acuerdo en el precio, uno de ellos se va para disimular, encuentra a un conocido, después de explicarle la operación sobre la que él andaba le manda en su lugar, el, vuelve más tarde, sigue hablando y llegan a un acuerdo. ¡Cerrado el trato! preguntan los mirones  ¿en cuánto? nadie lo sabe, ni te dirán la verdad. Acuerdan el modo de pago, de traslado o entrega, normas que generalmente se respetaban. Los Bastones de Alba y otros se ganaban la vida para llevar a los animales por caminos o cordeles  a su lugar de destino, no era tarea fácil, generalmente era ganado vacuno, cerriles, muy agiles, no se les podía poner bozales para que no entraran en el sembrado, tenían que ir entregando por los pueblos los animales encomendados por sus dueños donde estos les esperaban para reconocerles.

Pero algo digno de ver y escuchar era un trato donde intervenían los gitanos. Los gitanos no tenían un oficio conocido, cambiaban las ocupaciones según la necesidad, vivían a su aire, no acudían a la escuela, no les gustaba respetar un horario, la movilidad era su vida y los puestos de trabajo que ocupaban eran los que les dejaba la sociedad, sacando sus largas familias adelante como mejor pudieran. La facilidad para vender, comprar, e intercambiar era muy distinta a la de los payos, eran superados con éxito. No sabían leer, ni escribir, y tampoco de cuentas, pero pocos payos les engañaban, su habilidad, inteligencia e ingenio lo demostraban. Su especialidad era el trato de burros, caballos o mulas, estos tratos eran dignos de presenciar, parecía más una obra de teatro que de vender un burro, es difícil imaginar cómo preparaban el cambio o venta de un animal a un payo (casi siempre perdía este).

En las ferias de Alba o Salamanca cuando veías un corro en la zona de las caballerías, había trato, aquel corro aumentaba para observar cómo comprar o vender, comprar barato y vender caro………”  Tuerto no lo es, ciego ya lo ves “decía el gitano al payo cuando le vendía el burro viejo, este no podía con las culpas, el gitano le arrimaba la caya y espabilaba, estaba cayendo el payo en el engaño, hacían el trato, pagaba, al momento desaparecían todos los gitanos y el burro no ve. En los tratos siempre había un intermediario, un soplón, un buscador de clientes y el tonto, al cerrar el trato y cobrar, por arte de magia todos desaparecen.