PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE MACOTERA

Una primicia más. El sábado 21 de marzo de 2015, en el Centro Cultural de Santa Ana, Javier Blázquez, historiador e investigador de las tradiciones e imágenes de la Pasión de Jesús en Salamanca y provincia, descorrió el telón de la Semana Santa con un minucioso y documentado pregón, en el que fue desgranando los distintos pasajes de la pasión y muerte del Nazareno, que la tradición ha hecho costumbre, y que Macotera sigue viviendo con gran fervor, reflexión y silencio desde tiempo inmemorial.
Abrió el momento con un saludo muy especial a todos sus paisanos, y, a continuación, expuso las razones sobre el porqué se deben celebrar estos eventos como preludio a la celebración de la semana de renovación de nuestra vida espiritual. Y exhortó a la autoridad a mantenerlo en el tiempo.
Se centró en la celebración de la Cruz, “liturgia de la Semana Santa que nos lleva a reflexionar sobre lo trascedente, con la vida y la muerte, del hombre y de Dios, como centro de la celebración. Todo este proceso espiritual queda simbolizado en la Cruz”.
Hizo una referencia a las cruces de Macotera y lamentó que no procesionase el paso del Crucificado en la procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, siendo su presencia tan habitual en otros lugares del pueblo. Hizo mención de los Cristos de los Misereres, que presidía el retablo de su nombre, y de las Batallas, que se guardan en la ermita del Cristo.
Avanzó hasta 1574, ese año, en que se fundó, en la iglesia, la cofradía de la Veracruz, (de la Santa Cruz); y esta misma cofradía, en la noche del Jueves Santo, celebraba la procesión de las disciplinas. Los cofrades vestían su túnica, abierta por detrás, con la cara cubierta y no podían llevar ninguna seña, que los delatara; caminaban en absoluto silencio; se les sancionaba si nombraban a alguien. La disciplina consistía en irse golpeando la espalda con correas, cordeles anudados o cilicios. Se curaban de las heridas con sebo de negrillo; los mayores quedaban exentos de las disciplinas; en cambio, estaban obligados a asistir, a la procesión, confesados, descalzos de pie y de pierna y rezar treinta padrenuestros y treinta avemarías. Esta procesión de Jueves Santo la presidía solo la Santa Cruz; y, en el Santo Entierro, procesionaban el Cristo de los Misereres, La Virgen de la Encina, en riguroso luto, y el Sepulcro. De tradición, se guardaba un silencio impresionante, interrumpido por el cántico del “miserere” y del cancionero propio de Cuaresma; y se alumbraban con la luz de faroles, que portaban los feligreses.
En la actualidad, salen las imágenes de Jesús Nazareno, obra tallada, en 1858, por el sacerdote macoterano, don Remigio Sánchez, al ver que la iglesia no disponía de ella. Jesús Nazareno viste túnica morada y carga con la Cruz a cuesta; la Virgen de la Encina, vestida con manto negro; la Oración del huerto, Jesús Flagelado, la Piedad y Cristo Yacente.
Por último, recordó el momento del encuentro de Jesús con su Madre, representado por las imágenes de Jesús Resucitado y de la Virgen de la Encina, Patrona del Pueblo, en el que interviene el grupo del paleo o las danzas, en que se manifiesta la alegría ante el triunfo de Jesús sobre la muerte.
“La Semana Santa termina con la Resurrección. Esto debe llevar al cristiano a vivir con esperanza y alegría el misterio de la Pascua”.

Eutimio Cuesta

¿De dónde vino mi apellido?

apellidos-macoteraTodos nos sentimos igualmente macoteranos. ¿Por qué dudarlo, si es así? Pero no todos nos ubicamos en Macotera al mismo tiempo; nos hemos ido incorporando, paulatinamente, y en distintas hornadas de la historia. Nos consta que los apellidos Gómez y Martín fueron los primeros, que ocuparon las casas vacías de la aldea de Macotera en los años de la repoblación de las primeras décadas del siglo XIII; después, vinimos los demás: los Blázquez, los Bueno, los Jiménez, los Bautista, los Cuesta, los García, los Celador, los Zaballos, los González, los Rubio, los Durán, los Hernández, los Horcajo, los Gutiérrez, los Nieto… Mucho después, se fueron acomodando otros, que, atraídos por el progreso general, llegaron con un oficio debajo del brazo. Fue el caso del apellido Casado, abuelo materno de Segis García Morenito, natural de Barrucopardo, que vino a Macotera a ejercer de cirujano; el apellido Calvo (Dimas), ganadero, procede de Ledesma, pero el primer Calvo macoterano vino de San Miguel de Serrezuela, se casó aquí y aquí montó el hato; Cosmes, desconocemos de dónde y por qué vino, anda por Macotera desde1680, y de la mano del nombre Lorenzo; Castelló, los esquiliches, procede de Perales del Alfambra (Teruel), se ubicó aquí en 1860; Domínguez procede de Alba de Tormes: molinero, uno; y sacristán, otro; Izquierdo, zapatero, natural de Utrera (Sevilla), se asienta en este pueblo en 1760; Losada, cirujano, barbero y sangrador, procede de Villalpando, se instaló en este lugar en 1750; Madrid vino de Ventosa de río Almar, labrador, se situó en nuestro pago en 1676; Matilla, procede de Pozo Antiguo (Zamora), data de 1877; Oreja, labrador, natural de Herrezuelo (Anaya de Alba); Quintero se desplazó de Cantalapiedra, notario o fiel de fechos, en 1751; Ruano, labrador, natural de Gajates, en 1860; Salinero, herrero, procede de Puebla de Yeltes, se asienta en Macotera, en 1770: Taramona, veterinario, oriundo de Sodupe de Guenes (Vizcaya), se trasladó con su familia en 1798; Walias, procede de Aldeaseca de la Armuña y se apuntó a la lista en 1704. Hay muchos más: los dejamos para otra ocasión.

Eutimio Cuesta

La soledad en la Navidad

soledad-navidadEI anciano animaba la lumbre de burrajos con la punta de las tenazas. Se inclinaba sobre sus rodillas e intentaba, inútilmente, aumentar el calor con cuatro cachos de ascuas y cuatro puntas de palo de vid, que se escondían, distraídamente, entre la ceniza. Muchos años tenían Antonio y la Francisca. Francisca se encontraba más ligera, embozada en un pañuelo negro y descolorido anudado a la barbilla; en cambio, Antonio tenía el rostro más arrugado y las piernas más torpes: el peso del legón y de las parihuelas habían apelmazado demasiado sus huesos, hasta el punto de paralizarlos; de su nariz, pendía una “guinda” que él intentaba, sin disimulo, atrapar con un moquero negro, que se columpiaba de su muslo derecho; una lágrima se despanzurraba inerte sobre la pernera de su pantalón de pana. No me miraba. Su vista estaba lejos, en otro lugar, en otro ensueño más gratificante, que aquel de la cocina llena de frío por todas las partes. Musitó con voz casi imperceptible: “Trabajar de sol a sol para esto…” La señora Francisca me ofreció una galleta “María”. No me resistí, no me pude resistir, porque aquel plato con galletas entrañaba el valor más grande de generosidad, la generosidad del pobre: la auténtica porque da lo que tiene.
Y, para hacerlos retrotraer a aquellos años más jóvenes, no menos angustiosos, pero más ilusionantes, les hablé de aquella otra Navidad, de la suya. La de la luz del candil, la del silencio en las calles y la del calor más familiar, porque nadie tenía excusa para no comparecer.

Pero Antonio permanecía impertérrito, no le animaba nada, seguía triste con la mirada perdida en el hollín de la chimenea. La soledad. Antonio y la señora Francisca estaban mordidos por la angustia de la soledad. Ni siquiera habían tenido hijos. La soledad del “portal”; la soledad de una sonrisa ajena; la soledad de la compañía del maullido de un gato hambriento.

Me salí de aquella cocina contagiado de soledad, y avanzaba por la calle acompañado de bullicio, de trajines y prisas; de gente, de mucha gente; de escaparates agresivos; de luces de magia; de viajes galácticos; de material bélico incendiario y letal; de ambiciones desmedidas; de hipocresías inconfesables…; y, por qué no, también de familias enteras sumidas en el dolor y en el hambre.

Aquella familia de Nazaret salió de su pueblo huyendo camino de Egipto. Todo el mundo le cerró las puertas; se desplazaban en burro; hoy también se huye del hambre y del abuso de poder en pateras; y también el mundo les cierra las puertas; en los portales de Belén, se hacinan miles de madres, de niños y de hombres solos. La soledad de los incomprendidos y de los marginados. Mientras suceden estas cosas en la intemperie del mundo, nosotros celebramos la Navidad. ¿Qué Navidad: la de Belén o la de Herodes?

Eutimio Cuesta

La Navidad al amparo del morillo

navidad-macoteraRemovemos las brasas con las tenazas y nos centramos en el tema navideño. La señora Mª Francisca la Lorenzana nos habló del plato típico de la Navidad macoterana de entonces. El cabrito no faltaba nunca en casa del rico o el arroz con pescado, mucho pescado. Recuerda al tío “Antón” y a Alonso el Alto, cómo, en las vísperas de Navidad, con los lechales al hombro, recorrían las calles del pueblo ofreciendo el producto. Cada corderillo costaba diez reales. Los más pobres acudían a casa de los carniceros a comprar rabos de cordero, que estaban muy buenos con patatas; los había aún más necesitados, que cambiaban las mondajas de las patatas, para las caballerías, por pedazos de pan. Nos cuenta de una familia que marchó a América, que solía traer a su casa las mondajas y les colocaban sobre la mesa unos rescaños de pan y, de alegría y agradecimiento, bailaban en torno a la mesa, como si de un dios del bien se tratase.

El postre solía ser el tradicional: higos, castañas, nueces y turrón. Turrón de La Alberca. “Los domingos anteriores a Navidad venían las turroneras de La Alberca, colocaban sus puestos en la plaza y recorrían todo el pueblo ofreciendo el empalagoso manjar. Se cocían muchos peroles de castañas y, cuando éramos pequeños, jugábamos a ver quién cogía más castañas con el puño. Después de cenar, los mayores jugaban a las cartas u organizaban un baile; en este caso, se tocaba la badila, el almirez y la botella, y a bailar todo el mundo hasta la hora de la “misa del gallo”.

Salió en la conversación el día de Reyes. “Ahí enfrente, había una piedra que sobresalía de la pared (en la cocina); sobre esa piedra, poníamos los zapatos. No existían juguetes. Nos metían en los zapatos alguna perra, higos, castañas y un cacho de turrón. Nos despertábamos tan contentas”. Ella sí creía en los Reyes Magos. Lo que sí recuerda con nostalgia era la gran amistad que existía entre los vecinos.

La Navidad no es más que eso: un nacer, cada año, al amor, al acercamiento entre las gentes y al entendimiento de los pueblos. Todos añoramos, esos días, un rescaño de paz.

Eutimio Cuesta

El cacho y el trozo

cacho-trozoNo es lo mismo cacho que trozo. Los del cacho andan a tres menos cuartillo; en cambio, los del trozo son aquellos, que predican que vamos por buen camino y se lo creen, o, al menos, lo aparentan.

Me levanté aquel día muy temprano. Los chupiteles gordos y puntiagudos colgaban de los tejados. Una bandada de pájaros picoteaba la paja, que el tío Ángel había desparramado sobre la nieve, para evitar que nos rompiéramos la crisma. Aquella noche había helado mucho. La voz del sereno sonaba limpia y tintineante en el hueco inmenso de un firmamento estrellado. Te daba la impresión de que el mundo fuese una damajuana de cristal transparente.

Aquel día no hubo escuela. Nuestras madres nos decían: “Quietecitos en la cama, que ha nevado y hace mucho frío”.

Nosotros, al oír la palabra fatídica de frío, nos arrebujábamos más en la manta y rebuscábamos el escaso rescoldo que se escondía entre las sábanas.

Aquella lumbre era demasiado escasa y demasiado pobre para tanto frío. Escarbar era casi inútil, se trataba de una lumbre de burrajos, que tenía en el medio un poco de cisco rojo y unos palos delgados de roble, que parecían los bigotes de un gato, y que se consumían casi al instante.
Nosotros no teníamos monte ni cepas ni manojos ni aquellos pucheros grandes que servían para todo; ni calderas de cobre suspendidas de las llares, en las que hervía el agua sin parar; ni sartenes grandes, que sobresalían por todos los costados de las “estrébedes”, en las que se freían los torreznos grandes, los trozos de chorizo y los huevos en un santiamén.

La cocina de mi madre tardaba muchas horas en cocer los garbanzos, en freír el cacho de tocino, el cacho de chorizo y el cacho huevo. En la lumbre del señor de la casa grande, todo era grande, trozos grandes de tocino, trozos grandes de chorizo, huevos grandes, que se deslizaban por el culo de la sartén.

En la casa de mi padre, todo eran cachos: el cacho tocino, el cacho chorizo y el cacho huevo.

No sabía explicarme tanta diferencia ni sabía explicar por qué existía tanta desventaja entre las lumbres; ni tampoco entendía por qué la lumbre del señor de la casa grande era de garrobaza y de palos grandes de encina y de cepas, que no se consumían nunca, que hacían retirarse para atrás y llenaban de “chivas” las piernas de las mozas.

Mi madre, para podernos calentar los pies, nos encendía un cacho de brasero de cisco.

Y no quedaba ahí la diferencia de clases. En la escuela, había niños que entraban con los mocos helados pegados en el labio de arriba. No tenían ni moquero para limpiarse los mocos. Estos muchachos entraban en la escuela calentándose las manos con el aliento. Aprovechaban todo atisbo de calor que manaba de su cuerpo. Y Tenían los pies como carámbanos, porque no podían alcanzarlos con el aliento. ¡Cuánto frío! Frío en casa, mucho frío en la calle, mucho frío en la escuela y mayor frío en la iglesia. Todo el pueblo, desde noviembre hasta marzo, era de frío.

Había otros niños, que llevaban una estufa a la escuela. Aquí también había desventajas. Había estufas que eran latas de sardinas, las madres, antes de salir de casa para ir a la escuela, las llenaban con un rescoldo de paja de burrajos. ¿Eran como un engaño o un consuelo? Cuando llegabas a la escuela, no quedaba una brizna de calor. Era inútil que llevases la cuchara para escarbar, ¿qué ibas a encontrar dentro? En cambio, existían las estufas de caja de metal, con tapadera agujereada y con unos listones de madera encima para que no se quemasen los zapatos ni los pies. Esta estufa era el patrimonio del hijo y de la hija del señor de la casa grande. Ésta sí que daba calor. Estaba llenita de ascuas de palos de encinas, de manojos encendidos y, para que durasen más, las madres las cubrían con ceniza de garrobaza bien prendida. A veces, dejaban poner sobre la tapadera un cacho de pie a los compañeros que tenían al lado, pero sólo un cacho, que ni siquiera servía de alivio. Me vino esta historia verdadera de antaño, porque un amigo me habló en la tertulia de una estufa que le había regalado una amiga.

Eutimio Cuesta

El molino de la iglesia

Seguramente, al leer este título, te sentirás un poco perplejo, como me ocurrió a mí, cuando me tropecé con él. He escudriñado por miles de rincones (lo tengo todo trillado y más que trillado), pero nunca llegué a saber que, al molino del río, se le conocía, antiquísimamente, como el molino de la iglesia; conque llego a la conclusión de que no lo tengo todo espigado, que siempre sale alguna cosa para impresionar.

molino-iglesiaYa he contado alguna vez que, entre los términos de Santiago de la Puebla y Macotera, existía una heredad o coto redondo, que pertenecía al beneficiado de la iglesia parroquial de la Santa Cruz de Alba de Tormes. Se trataba de un enclave de doscientas huebras, de una franja de terreno, que se extendía desde la Barranca (frente al Valderrón) hasta un poco más abajo del molino, y que atravesaba el camino de Santiago a Tordillos. Cien huebras eran de labrantío, de pan llevar; y el resto eran prados, montes y linares, y el gran drama de un molino harinero, digo drama,  porque el caño y el agua para mover las piedras del artilugio trajeron de cabeza y a la greña a los de Santiago y a los de Macotera. Vivieron en pleito permanente, con largos periodos de paz encabritada.

Pues bien, ya tenemos la razón del porqué se llamaba molino de la iglesia, porque fue propiedad de la iglesia de la Santa Cruz de Alba de Tormes.

Esta heredad de la Santa Cruz, a mediados del siglo XV, la tuvo arrendada un macoterano, llamado Gonzalo Giménez, por cinco mil maravedís, una docena de gallinas vivas, en pie y con pluma, y dos cerdos cebados, cada año. El problema del agua, con los de Santiago, le obligó al pobre Gonzalo a no seguir con el heredamiento, y eso que el arriendo era por vida, para él y para su descendencia (un censo perpetuo)

Había que buscar un nuevo inquilino y Macotera lo estaba deseando. Ya labraba, entonces, el despoblado de Fresnillo. La operación tiene su curiosidad e interés. Macotera se hace cargo de la heredad, (por siempre jamás) mediante el abono de una cantidad fijada en siete mil quinientos maravedís y dos docenas de buenas gallinas, cada año. Esta cantidad no sufriría modificación alguna, sería permanente, por siempre, en la perpetuidad de los tiempos. Además, estaría exenta de pagar el diezmo y primicias a la iglesia, como era obligación por los bienes contraídos por cada vecino. De esta forma, Macotera se convierte en dueño absoluto a cambio de esas creces (renta). Paga los intereses del préstamo y no va a desembolsar un duro del capital. Hay sólo una condición: que se ha de pagar la renta todos los años, si no es así, se ha de abonar el “doblo”. Los intereses se han de pagar en dos plazos: uno en Navidad y el otro, en Pascua de Resurrección.

De este documento contractual, se hicieron, ante notario, tres copias originales: una para el Obispado; otra, para la iglesia de la Santa Cruz de Alba de Tormes y la tercera, para el Concejo de Macotera. Esta copia no se encuentra en el Archivo municipal. Ha desaparecido. Tengo referencias de que sí se encontraba a mediados del siglo XVIII; es una pena porque se trata de uno de los documentos más antiguos de nuestra historia local; en cambio, he dado con la copia de la iglesia de la Santa Cruz de Alba, traspapelada entre los legajos de la iglesia parroquial de Terradillos.

Pasados muchos años, ya en el siglo XVIII, empiezan a surgir los impagados: los olvidos intencionados (dicen que el uso hace propiedad). Conflictos, pleitos…En 1834, el Gobernador Civil responde al Obispado: “…doy la orden al Ayuntamiento de Macotera, para que continúe pagando los ciento sesenta reales de réditos anuales, que reclaman los interesados; pero, con la obligación de presentar el título legítimo en la plazo de dos meses”.

Una copia del contrato original la conservo y, con más celo el acto de ratificación del acuerdo, que se celebró en la iglesia de “Nuestra Señora Santa María” de Macotera, a campana repicada como era uso y costumbre. Este convenio se firma el 11 de febrero de 1484. No sé si os habéis percatado de dos hechos: la iglesia se halla bajo la advocación de Nuestra Señora Santa María, y no de Nuestra Señora del Castillo, como se dice en la actualidad; y, por otra, se reunieron en la iglesia la comunidad de Macotera, para ratificar el contrato en febrero de 1484, o sea, que la iglesia ya se había construida en esa fecha; por lo que, podemos deducir, que se edificó a mediados del siglo XV, y en los primero años del  XVI.

En dicho acto, trascendente en aquellos tiempos, acudió el pueblo y las personas más singulares. Y merece la pena que los nombremos, para que conozcamos cuáles eran los apellidos más frecuentes entonces.

Martín Bárez el mozo, Juan Moreno (regidores); Pedro García Sacristán, Martín Bárez, fijo de Alonso Bárez de Alberca, Gonzalo Giménez el viejo, Juan Martín Carnicero, Alonso Fernández, Juan Celada, Juan Velázquez  (éste fue alcalde de la Mesta en representación del alfoz de Alba de Tormes), Gonzalo Giménez el mozo, Juan Sánchez, fijo de Juan Sánchez, Alonso Bárez Gallarón, Juan Paneagua (Paniagua), Pascual Fernández, Alonso Serrano, Pedro Garcia del Forno (del Horno), Alonso Fernández,  Santiago Carpintero, Pedro García Taberga, Pedro Barbero, Alonso Pérez, Juan Alonso Barnero, Alonso Gómez, Alonso Gallano, Antonio Caballo, Antonio García, fijo de Gonzalo García, Alonso Bárez, fijo de Alonso Bárez de Bonilla, Pedro de Maranda, Juan Escudero,  Alonso Fernández, fijo de Brito Fernández, Pedro Bermejo, Miguel Sacristán. Todos vecinos y moradores de dicho lugar de Macotera.

En 1855, el Ayuntamiento vendió el molino a don Eduardo de la Torre, notario de Peñaranda, en 85.000 reales; y la viuda de éste, a Agustín Domínguez Vicente, de Tordillos, en 1890, con la carga o compromiso de dar agua al pueblo para regar la dehesa boyal como era costumbre inmemorial.

Eutimio Cuesta

La Plaza Mayor de Macotera

plaza-mayor-macotera

Todos los caminos vienen a la plaza y, hacia todas las calles, se derrama la plaza. El recinto hace honor a su función: ser plaza. La plaza es el lugar de encuentro, el lugar de cita y el centro de manifestaciones populares y de juegos infantiles. Si la miras desde la calle del Cardenal Cuesta, (antes del Beneficio) se alarga en su forma irregular y porticada, (en dos de sus cuatro lienzos), hasta la salida hacia Peñaranda. La plataforma que se extiende, como alfombra, ante la fachada principal de la iglesia estaba empedrada, y la entrada al templo parroquial le precedían grandes lanchas de granito; el resto del piso de la plaza era tierra apisonada, que se ablandaba y se deshacía en barro en los tiempos de lluvia.

Como vigía, ante la puerta “lantera” de la iglesia, se alzaba una cruz de piedra de granito hincada en un pedestal y con una grada alta del mismo material. Desde la grada de esta Cruz, el alguacil pregonaba los avisos semanales municipales después de misa mayor y que, luego, se exponían por escrito en la “mimbre” a la puerta del Ayuntamiento y, en estas gradas, se sentaban los más ancianos a la espera de la última esquilá a misa. (Esta Cruz fue derribada cuando se pavimentó la plaza, y se encuentra presidiendo el museo litográfico, que conserva en su corral Pedro Bueno Espantagallos). Compañera de la cruz, el Movimiento erigió una fuente de hierro con dos caños opuestos, que mostraba, en su frente, las siglas de Falange Española. El agua, que distribuía, generosamente, esta fuente, procedía del depósito, que estaba ubicado en el sitio, que hoy ocupa el velatorio. Esta agua procedía del Pocillo, aledaño al regato del mismo nombre, que se hallaba a escasos metros de dicho depósito. Discurría por una tubería, que, en la plaza, se bifurcaba: un ramal alimentaba la fuente de la Plaza y el otro se dirigía a la fuente de Santa Ana. En la fuente de la Plaza, los cántaros se llenaban enseguida; en cambio, el agua llegaba tan cansada a la Santa Ana, que tardaba las horas muertas en llenar un cántaro. Decían algunos que era, porque no estaba protegida por las JONS. El caso es que siempre que se pasaba por su cercanía, encontrabas decenas de cántaros y baldes esperando la vez bajo la sombra de las acacias. Antiguamente, (siglo XVI) el espacio presidido por la cruz y la fuente fue utilizado como lugar de enterramiento; poco tiempo después, se tomó la costumbre de abrir las tumbas dentro de la iglesia. Entre dos estribos de la iglesia, enfrente del Consistorio, se hallaba el osario, donde se recogían los restos cuando se alzaba la pizarra para inhumar un nuevo cadáver.

El piso de la plaza no era una superficie plenamente llana, hacía como dos insignificantes pendientes que se aristaban a la altura de la calle del Oro, que la dividía en dos partes: la plaza de acá y la plaza de allá. La plaza de allá era la del Ayuntamiento, donde se reunía la gente a escuchar al gobernador o a la personalidad de turno, que hablaba desde el balcón de Ayuntamiento; se celebraban las corridas de novillos, se corrían los gallos el día de san Antón, se sorteaba el espigadero de las ovejas y se celebraban los bailes del domingo y del día festivo. La plaza de acá era el lugar de cita y espera; era el lugar donde los obreros, con su cigarro colgado de una esquina de la boca o cobijado en el hueco de la mano, asido con las yemas del pulgar y el índice, para que le durase más y no se lo chupase el viento, acudían cada mañana en busca de jornal bajo el soportal de Agustín Gómez; el lugar donde los hortelanos foráneos colocaban sus puestos de hortalizas y legumbres los domingos durante los horarios de misas; el lugar de la noria, del churrero, de la terraza de los cafés de la Anita y de Francisco Pericaño; la terraza de Anita se situaba junto a correos y yo tengo, en mi retina, aquel velador rodeado por Manuel Malacara, Marcelino Abuelito, Paco Molinero, Germán el Herrero, Juan Sacristán y José Manuel Morenito; de los puestos de helados y chucherías en las fiestas de san Roque.

La plaza no sólo era eso; era como la raya que dividía al pueblo en dos mitades: los del barrio de arriba y los del barrio de abajo. Y, en esa época, allá por el siglo XVI, XVII y XVIII, el pueblo elegía dos alcaldes, de nombramiento por un año: medio año mandaba uno y medio año el otro; pero la rivalidad entre un barrio y el sucedáneo era tan patente que llegó a plasmarse en una canción – himno, muy popular y definidora del tinte santanero, que ha perdurado hasta hoy día; me refiero a “La calle de santa Ana”

En la calle de Santa Ana,
¡Lolita del alma!
dicen que no vive nadie,
vive la luna y el sol
¡Lolita del alma!
y el lucero cuando sale
Que ahora, ahora, las traigo yo,
las avellanas para los dos,
ahora, ahora las voy a traer
las avellanas para los tres.
En la calle de Santa Ana
¡Lolita del alma!
hay bellotas como peras
para cebar a las damas,
¡Lolita del alma!
de la calle Las Aceras
Que ahora, ahora, las traigo yo …
En la calle de Santa Ana
¡Lolita del alma!
hay un ratón con viruelas
y a la cabecera un gato
¡Lolita del alma!,
poniéndole sanguijuelas

Eutimio Cuesta Hernández

El apellido Madrid macoterano

madrid-1850

Rama de Alonso Madrid Sánchez Dicen que cuando el diablo no tiene que hacer… El tiempo lo gasta en lo que quiere, pues es suyo, y lo sano es emplearlo en algo que pueda merecer la pena. Me he pasado unos días rebuscando el origen del apellido Madrid macoterano.  ¿Y qué adelanto?, me dice un amigo. Pues nada, interesarme de quiénes son los ancestros de mi mujer. Después de desenredar el ovillo, he concluido de que todas las familias Madrid son primos hermanos. Lo podéis comprobar en la lista.

El apellido Madrid macoterano procede del pueblo de Ventosa. Un hijo de Francisco Madrid y de Catalina Jiménez, Juan Madrid Jiménez, decidió trasladarse a Macotera, y, aquí contrajo matrimonio con Isabel Sánchez, una viuda peñarandina, el día 17 de mayo de 1676. La pareja tuvo diez hijos: una buena raíz y un excelente tronco.

Antes de comenzar a trazar el árbol de los Madrid, quiero contar un hecho significativo de los Madrid de Ventosa. Manuel Madrid, tío de Juan Madrid Jiménez, primer individuo de este apellido que se asentó en Macotera, fue uno de los perjudicados por la guerra de Sucesión española (1702 – 1713). Los portugueses, aliados con los ingleses, mandados por el vizconde de Fonte Arcada, invadieron la provincia de Salamanca, camino de la conquista de Madrid. En su avance, cruzaron pueblos y arrasaron con todo lo que les era necesario. En Ventosa, atraparon buen número de caballerías y, al pobre de Manuel, a pesar de sus ruegos y demandas de clemencia, le hirieron de muerte, con una lanza, la yegua y una pollina. Desfallecidas, cayeron muertas a la vera del arroyo Almar. El pobre Manuel perdió los ochocientos reales que valían los animales.

La variedad la han dado los distintos apodos que identifican a las distintas ramas Madrid de Macotera: horneros, castores, madriles, patitas, cortos…Varios más; pero el origen es el mismo.

En 1573, una tal Inés Madrid “Madric”, natural de Araúzo se casó en Macotera, pero no dejó huella por aquí. Estoy seguro de que los Madrid vais a disfrutar buscando a vuestros abuelos. No creo haberme olvidado de alguno, si así fuere, no hay problema en dar un vistazo por las fuentes.

  • Juan Madrid Jiménez es el paterfamilias de los Madrid macoteranos. Juan es natural de Ventosa de Río Almar. Contrajo matrimonio con Isabel Sánchez, una viuda peñarandina el 17 de mayo de 1676. Son los padres de María Madrid Sánchez (+) (22/08/1678), Catalina Madrid Sánchez (11/05(1680), Alonso Madrid Sánchez (4/02/1682), Juan Madrid Sánchez (1683), Isabel Madrid Sánchez (22/09/1685), Adrián Madrid Sánchez (13/08/1687), María Madrid Sánchez, 30/04/1689), Ana Madrid Sánchez (8/01/1691), Antonia Madrid Sánchez (13/08/1692), Francisco Madrid Sánchez (5/01/1695) (+) y Francisco Madrid Sánchez (25/05/1699)
  • Alonso Madrid Sánchez (mayordomo de la iglesia en 1713) se casa con María Bueno Cuesta, padres de Isabel Madrid Bueno (12/04/1707), Beatriz Madrid Bueno (+) (8/07/1709), Ana Madrid Bueno (15/11/1711), Alonso Madrid Bueno (24/09/1714), Francisco Madrid Bueno (+) (26/03/1717), María Madrid Bueno (+)) (21/05/1719), María Madrid Bueno (13/10/1720), Francisco Madrid Bueno (20/10/1721), Rita Madrid Bueno (21/02/1726) y Beatriz Madrid Bueno (4/10/1728)
  • Alonso Madrid Bueno se desposa con María Sánchez Bueno (5/02/1738), padres de María Madrid Sánchez (1735) (hija natural), Ana Madrid Sánchez (20/04/1739), Rita Madrid Sánchez (5/11/1740), Antonia Madrid Sánchez (3/12/1744), Alonso Madrid Sánchez (25/09/1750), Francisca Madrid Sánchez (8/10/1748), Micaela Madrid Sánchez (21/11/1752), Antonio Madrid Sánchez (7/01/1755)
  • Juan Madrid Sánchez se casa con Catalina Bueno Cuesta, padres de Juan Madrid Bueno, Alonso Madrid Bueno (8/10/1722), Isabel Madrid Bueno (8/10/1722).
  • Juan Madrid Bueno contrae matrimonio con Isabel García García (08//02/1741), padres de Pedro Madrid García (13/11/1741) , Antonio Madrid García (23/02/1750), Isabel Madrid García (+) (19/09/1751), Isabel Madrid García (27/04/1754), Juan Madrid García (23/04/1756)

Rama de Juan Madrid Sánchez

  • Juan Madrid García, de oficio tejedor, a los 48 años de edad, se desposa con Francisca Teresa Losada Hernández, de 28, (12/02/1806),  padres de Juan Madrid Losada (29/8/1807),  Lucas Madrid Losada (04/08/1813), Agustina Madrid Losada (17/08/1817)
  • Juan Madrid Losada se casa, en primer lugar, con Ana Rodero Jiménez (14/2/1825). Enviuda, y se une en matrimonio con Beatriz Hernández Bonilla (27/11/1830), madre de Juan Alonso Madrid Hernández, (01/02/1852), (se casa con Beatriz Sánchez Sánchez), Pablo Madrid Hernández (22/04/1837), Rafael Madrid Hernández (17/01/1833) y Antonio Madrid Hernández (28/11/1834), Agustina Madrid Hernández (18/09/1839), Isabel Madrid Hernández (10701/1845), Rafaela Madrid Hernández (05/06/1848)
  • Juan Alonso Madrid Hernández, tejedor (Montemolín) se casa con Beatriz Sánchez Sánchez (30/06/1877). De la pareja nacen: Mª Concepción Madrid Sánchez (27/04/1878), Juan Antonio Madrid Sánchez (21/10/1879), Beatriz Rosa Madrid Sánchez (10/08/1886) Juan Manuel Madrid Sánchez (21/12/1881); José Madrid Sánchez (07/01/1889)  éste se casa con Brígida Martín García el 25 de febrerode 1933, y dos gemelos: Rafael y Ramón Madrid Sánchez (05//08/1891), Beatriz Madrid Sánchez (03/11/1894) (esta se casa con Rufo Castelló Zaballos, 25/08/1917), Elías Madrid Sánchez (03/07/1897)
  •  Juan Manuel Madrid Sánchez, hijo de Juan Alonso Madrid Hernández y de Beatriz Sánchez Sánchez, se casa con B´rigida Martín García, hija de Remigio Martín Madrigal y Mª Teresa García Bautista, (29/01/1910)

Pablo Madrid Hernández, de oficio tejedor, se casa con Ana Salinero Martín (07/02/1863). Tienen cinco hijos: Beatriz Madrid Salinero (24/02/1865, Jerónimo Madrid Salinero (20/09/1868),  Rafael Madrid Salinero (21/02/1872), Rosa Madrid Salinero (06/06/1874), Mª Antonia Madrid Salinero (26/02/1877)  y Victoriano Madrid Salinero (28/03/1880).

Jerónimo Madrid Salinero, se casa con Mª Josefa Salinero  Cosmes (27/05/1893). Son sus hijos: Pablo Madrid Salinerro (05/08/1894)

Victoriano Madrid Salinero se casa con Gertrudis Durán Bueno (20/09/1906). Son los madres de Gertrudis Rosa Madrid Durán (22/04/1909), Justino Madrid Durán (11/09/1907), Ruperto Madrid Durán (23/01/1911) y Benjamín Madrid Durán.

Rafael Madrid Salinero a se casa con Ramona Sánchez Hernández (21/05/1898). Son los padres de Rosa Madrid Sánchez (14/03/1899), Francisca Madrid Sánchez (17/09/1900), Justino Madrid Sánchez (21/02/1907), Teresa Madrid Sánchez (06/10/1908).

Rosa Madrid Sánchez se casa con Gregotio Martín Sanchez el día 6 de febrero 1926.

Teresa Madrid Sánchez se casa con Diego Blázquez Jiménes el día 15 de noviembre de 1930.

Francisca Madrid Sánchez se casa con Antonio Sánchez Sánchez el día 29 de diciembre de 1923

Jerónimo Madrid Salinero se casa con Mª Josefa Salinero. Son los padres de Pablo Madrid Salinero, Beatriz Madrid Salinero (1865) y Rafael Madrid Salinero (1872)

Rafael Madrid Hernández, oficio tejedor, se casa con Mª Concepción Salinero Martín. Son los padres de Mª Antonia Madrid Salinero (30/12/1864), Isabel Madrid Salinero (06/01/1865), Jerónimo Madrid Salinero (11/06/1866 +), Bernardino Madrid Salinero (20/06/1867), Ana Madrid Salinero (13/03/1870), y Antonino Madrid Salinero (12/10/1872), Manuel Anastasio Madrid Salinero (15/04/1874), Ana Catalina Madrid Salinero (29/04/1876), Fulgencia Madrid Salinero (10/08/1878), Jeronimo Madrid Salinero (11/12/1880),  Jerónimo Rafael Madrid Salinero, Juan Antonio Madrid Salinero ( 16/05/1862), (éste se casa con Josefa Barroso González (natural de Casas del Puerto de Villatoro) estos son los padres de Mª Concepción Madrid Barroso (01/09/1894), Teresa Madrid Barroso (17/06/1896), y Ramona Irene Madrid Barroso (14/05/1899); ,

Bernardino Madrid Salinero, hijo de Rafael Madrid Hernández y Mª Concepción Salinero Martín, se casa con Isabel Mª Tomasa Domínguez Gómez , huja de Manuel Domínguez Hernández (natural de Alba) y de Margarita Gómez Iglesias (natural de las Aceña de los Mínimos), 28 de enero de 1903)

Juan Antonio Madrid Barroso, hijo de Rafel Madrid Hernández y Mª Concepción Salinero Martín, se casa con Josefa  Barroso González, el 25 de noviembre de 1893

Manuel Anastasio Madrid Salinero se casa con PaulaJiménez García, el 23/09/1899

 

Rama de Francisco Madrid Sánchez

  • Francisco Madrid Sánchez se casa con Isabel Amores, natural de Tordillos. Tienen cuatro hijos varones: Francisco Antonio Madrid Amores (5/081727), Alonso Madrid Amores (13/10/1732), Basilio Madrid Amores (1/10/17436) y José Madrid Amores (15/04/1739).
  • Basilio Madrid Amores, hijo de Francisco Madrid Sánchez e Isabel Amores, se casa con Ana Blázquez Bueno (17/02/1762), padres de Francisco Madrid Blázquez (23/02/1763), María Madrid Blázquez (15/08/1765), Alfonso Celedonio Madrid Blázquez (16/01/1768) , Laureano Manuel Madrid Blázquez (07/07/1768), y Basilio Madrid Blázquez (6/10/1791)
  • Francisco Madrid Jiménez contrae matrimonio con María Panadero Rubio (27/04/1782), padres de Basilio Madrid Panadero (21/02/1784 + ), Basilio Madrid Panadero (06/10/1791)).

 

Madriles

  • José Madrid Amores, labrador, hijo de Francisco Madrid Sánchez e Isabel Amores (de Coca), se casa con Antonia García Bárez (21/04/1763), padres de Francisco Madrid García (29/01/1764) y Miguel Madrid García, (26/9/1793).
  • Miguel Madrid García se casa, en primeras nupcias, con Francisca Cuesta Hernández (26/09/1793), padres de Remigio Madrid Cuesta (27/10/1787); viudo, a los 35 años, se casa, de nuevo, con Ana Caballo Sánchez, moza soltera de 20 años, el día 29 de noviembre de 1803. Enviuda, por segunda vez, y contrae nuevas nupcias con Ana Blázquez García, de 23 años, (él ha cumplido 38), el 24 de noviembre de 1806. Con la tercera mujer, son sus hijos: Antonia Madrid Blázquez (22/9/1807), Teresa Madrid Blázquez (05/08/1809), Antonio Madrid Blázquez (07/10/1812, Alfonsa Eugenia Madrid Blázquez (10/03/1817) María Madrid Blázquez (16/04/1820)  y Gabriel Madrid Blázquez (1823)
  • Antonio Madrid Blázquez, de oficio labrador, hijo de Miguel Madrid García y de su tercera mujer, Ana Blázquez García, se casa con Tomasa Martín Jiménez (07/11/1831). Padres de Ana Mª Águeda Madrid Martín (03/01/1846), Antonio Madrid Martín (15/0471844),  Muere su esposa y se casa, de nuevo, con Josefa Beatriz García Jiménez (22/111847); con su segunda mujer tiene tres hijos: Miguel Madrid García (07/08/1848), Gabriel Madrid García (22/02/1853), y Adrián Madrid García (28/03/1858)),
  • Miguel Madrid García, hijo de Antonio Madrid Blázquez y Beatriz García, se casa, en primeras nupcias, con Beatriz Gómez Nieto (25/11/1861) y en segundas, con Alfonsa Gómez Nieto (26/03/1887)
  • Gabriel Madrid García se casa con Ana Jiménez Bautista (16/06/1877). De la pareja nacen: Antonio Madrid Jiménez (04/11/1878), éste se casa con Mª Antonia Gómez Sánchez(11/04/1902), son los padres de Gabriel Madrid Gómez (22/10/1902), (este se casa con Ana Mª Nieto Gómez el día 9 de octubre de 1926) y de Juan Madrid Gómez (01/01/1904), este se casa con Gertrudis Madrid Durán el día 21 de febrero de 1944); Victoriano Reyes Madrid Jiménez (16/01/1881), Teodosia Beatriz Madrid Jiménez (26/05/1883), Argelio Madrid Jiménez (27/11/1886) (este se casa con Manuela Sánchez Hernández, el día 29 de enero de 1913), y Mª de las Mercedes Madrid Jiménez (02/01/1890), (esta se casa con Juan Manuel Blázquez Madrid el día 29 de agosto de 1914),  Mª Cristina Madrid Jiménez (24/07/1892), Roque Madrid Jiménez (26/10/1898)
  • Miguel Madrid García se casa con Beatriz Gómez Nieto. Son sus hijos: Mª Antonia Madrid Gómez (09/09/1872), Antonio Madrid Gómez (02/10/1876), Mateo Madrid Gómez (21/11/1878), Gabriel Madrid Gómez (09/08/1880) y Florentina Madrid Gómez (15/06/1885), (esta se casa con Ramón Blázquez Garcia, el 8 de septiembre de 1913)
  • Gabriel Madrid Blázquez, hijo de Miguel Madrid García y Ana Blázquez García, a los 21 años, se casa con Mª Pascuala Sánchez Campos, de 22, (07/02/1844). Son sus hijos: Ana Madrid Sánchez (17/11/1844), José Antonio Madrid Sánchez.(26/03/1848), Cristóbal Madrid Sánchez (24/02/1851), Pascuala Madrid Sánchez (08(05/1855), Mª Antonia Madrid Sánchez (21//04/1862)
  • Cristóbal Madrid Sánchez, hijo de Gabriel Madrid Blázquez y Mª Pascuala Sánchez Campos, se casa con Ramona Durán Hernández (22/11/1875). Le nacen: Gabriela Madrid Durán (28/08/1876), Pablo Madrid Durán (11/01/1878), (éste se casa con Gertrudis Martín Ramos), son los padres de Juan Francisco Madrid Martín (17/12/1910) y de Ramona Madrid Martín (18/08/1906); y Manuel Madrid Durán (22/10/1880). Muere su esposa y se casa, de nuevo, con Mª Antonia Martín Jiménez, (05/07/1881), madre de Alfonsa Madrid Martín (29/10/1882), Pascuala Madrid Martín (29/06/1886).
  • Pablo Madrid Durán, hijo de Cristóbal Madrid Sánchez y de Ramona Durán Hernández, se casa con Gertrudis Marín Ramos, hija de Juan Antonio Martín Zaballos y Josefa Ramos Albarrán (de Alaraz), el 3 de junio de 1905.
  • José Antonio Madrid Sánchez, hijo de Gabriel Madrid Blázquez y Mª Pascuala Sánchez Campos, se casa con Teresa Nieto Losada (24/02/1873). De la pareja nacen sus hijos Gabriel Madrid Nieto (22/04/1874) , Jerónimo Madrid Nieto (28/01/1876), Pedro Madrid Nieto (03/09/1881)
  • Jerónimo Madrid  Nieto, hijo de José Antonio Madrid Sánchez y de Teresa Nieto Losada, se casa con Mª Teresa Zaballos Losada,09/04/1910), hija de Castor Zaballos García y Mª Francisca Losada Hernández (09/04/1910). Son los padres de Teresa Madrid Zaballos (24/02/1911)
  • Gabriel Madrid Nieto (Pepino) se casa con Mª Teresa Durán Bueno (06/02/1902). Son los padres de Teresa Madrid Durán (29/10/1902) ésta se casa con Manuel Blázquez el 2 de octubre 1944, son los padres de Teresa Madrid Durán (29/10/1902) esta se casa con Manuel Blázquez el 2 de octubre de 1944), Isabel Madrid Durán (16/06/1904), Benjamín Madrid Durán (27/12/1905), este se casa con Mª Teresa Sánchez Bautista, el 12 de de enero 1935), Gertrudis Madrid Durán (31/10/1907), esta se casa con Juan Madrid Gómez el 21 de febrero de 1944), Ruperto Manuel Madrid Durán (22/05/1909), este se casa con Mª Antonia Bueno el 26 de febrero de 1949, y Ana Mª Madrid Durán (25/02/1911), esta se casa con Manuel Hernández Macarro el 30 de diciembre de 1933

 

  • Alonso Madrid Amores, hijo de Francisco Madrid Sánchez e Isabel Amores, contrae matrimonio, en primeras nupcias, con Ana García Bautista (21/06/1756), padres de Bernarda Madrid García (16/04/1757), Ramón Madrid García (+) (31/08/1758), Francisco Madrid García (31/08/1758), Ramón Madrid García (15/03/1761), Antonio Madrid García (15/03/176), Ana Madrid García (28/02/1763), Alonso Madrid García (22/09/1773), Brígida Madrid García (8/10/1776) y Mª Eulalia Madrid García (9/12/1778); y, en segundas, con María Seco Cuesta (24/11/1779), madre de Paula Madrid Seco (24/08/1780) y Manuela Madrid Seco (3/03/1784)
  • Francisco Madrid García, hijo de Alonso Madrid Amores y Ana García Bautista, contrae matrimonio con María Blázquez  Blázquez (13/11/1775),. Son los padres de Brígida Madrid Blázquez (08/10/1776)
  • Alonso Madrid García, hijo de Alonso Madrid Amores y Ana García Bautista, se casa con María Losada Hernández (27/02/1797). Tienen los siguientes hijos: Antonio Madrid Losada, Alonso Madrid Losada,(11/12/1819),  Ana Mª Madrid Losada (9/2/1798), José Madrid Losada (1/6/1800) y Pascuala Madrid Losada (28/11/1802), Antonia Madrid Losada (16/08/1815)

 

  • Antonio Madrid Losada, tatarabuelo de los Horneros, hijo de Alonso Madrid García y María Losada Hernández, se casa con Teresa Jiménez Blázquez (14/05/1824). De la pareja nacen cinco hijos: Lucas Madrid Jiménez ( 17/08/1825), Alonso Madrid Jiménez, Juan Madrid Jiménez (12/01/1832), Isabel Madrid Losada (28//09/1827), Juan Manuel Madrid Jiménez (04/06//1836); Teresa Madrid Jiménez (23/12/1838), José Madrid Jiménez (08/09/1834), y Mª Francisca Madrid Jiménez (31/08/1829) (ésta se casa con Manuel Hernández Sánchez, padre de Pedro Hernández Madrid, Barriles)
  • Juan Manuel Madrid Jiménez (Patitas), hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, se casa, en primeras nupcias con Isabel Rubio Caballo (07/01/1860). Le nacen dos mellizos: Antonio Madrid Rubio y Mª Alfonsa Madrid Rubio (09/05/1863), (Antonio Madrid Rubio muere) y Juan Alonso Madrid Rubio (27/10/1865), (éste se casa con Mª Teresa Madrid Pérez ((17/10/1891), padres de Isabel Madrid Madrid (02/08/1892 + ) y José Madrid Madrid (22/10/1894), (éste se casa con Pascuala Pérez el 17 de octubre de 1917), Julián Madrid Madrid (21/02/1897), Isabel Madrid Madrid (25/07/1898), Ildefonso Madrid Madrid (10/11/1900), Juan Antonio Madrid Madrid (16/02/1904), este se casa con Mª Soledad Bueno Rubio el 21 de abril de 1932), Remigio Madrid Madrid (20/02/1907), y Juan Alonso, padre, se casa en segundas nupcias, con Isabel Ana Hernández Sánchez (05/05/1879) , y, en terceras nupcias, con Isabel Ana Martín Calvo (31/10/1911)
  • Lucas Madrid Jiménez (Horneros), hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, a los 26 años, se casa con Mª Alfonsa Rubio Caballo, de 20, (18/10/1851), padres de Antonio Leandtro Madrid Rubio (13/03/1853), Mª Teresa Madrid Rubio (28/09/1855), Alfonsa y Josefa Madrid Rubio (gemelas) (26/11/1857 (+), Isabel Ana Madrid Rubio (20/12/1858) (+), Sebastiana Madrid Rubio (6/9/1860), Manuel Madrid Rubio (10/9/1862) (éste se casa con Mª Teresa Hernández Horcajo), Alfonsa Madrid Rubio (12/9/1866), Isabel Ana Madrid Rubio (13/12/1868) y Juan Alonso Madrid Rubio (22/2/1874) (éste se casa con Alfonsa Hernández Horcajo) (Manuel y Juan Alonso se casan con dos hermanas: con Mª Teresa y Alfonsa Hernández Horcajo)
  • Manuel Madrid Rubio (Horneros) se desposa con Ana María Hernández Horcajo (07/09/1886), y tienen varios hijos; Beatriz Madrid Hernández (17/6/1887), (ésta se casa con Victoriano Sánchez (5/2/1910), Eugenio Madrid Hernández (16/11/1888) (éste se casa con Manuela Bautista Sánchez (23/5/1914), Lucas Madrid Hernández (1/1/1891), Pedro Madrid Hernández (19/12/1892) (éste se casa con Mª Carmen Sánchez Zaballos (4/6/1919), Juan Manuel Madrid Hernández, (22/1/1895), Miguel Madrid Hernández (24/6/1896), Juan Francisco Madrid Hernández (08/09/1898), éste se casa con Juana Bueno Salinero el 30/05/1925), Mª Alfonsa Madrid Hernández (22/01/1901), Juan Madrid Hernández (16/10/1905), Manuela Madrid Hernández (03/07/1910) y Gertrudis Madrid Hernández.
  • Eugenio Madrid Hernández, hijo de Manuel Madrid Rubio y de Ana Mª Hernández Horcajo, se casa con Manuela Bautista Blázquez, hija de Juan Antonio Bautista Sánchez y Melchora Blázquez Celador, (23/05/1914)
  • Juan Alonso Madrid Rubio (Horneros) se casa con Alfonsa Hernández Horcajo (09/09/1899). Son los padres de Manuel Madrid Hernández (13/03/1904), Manuela Madrid Hernández, Juan Miguel Madrid Hernández (20/11/1905), se casa Mª Francisca Hernández Quintero, el 15 de noviembre de 1930), Rosalía Madrid Hernández (18/10/1907), se casa con José Manuel  Blázquez Gómez, el 24 de mayo 1930), Eugenia Madrid Hernández (13/02/1909), Piedad Madrid Hernández, Eugenio Madrid Hernández, Beatriz Madrid Hernández, Soledad Madrid Hernández y José Manuel Madrid Hernández.
  • Alonso Madrid Jiménez, (Hornero) hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, se casa con Alfonsa Jiménez Sánchez (17/05/1869). Le nacen ocho hijos: Mª Antonia Madrid Jiménez (08/10/1871), Gregorio Madrid Jiménez (13/06/1873), Mª Teresa Madrid Jiménez (23/02/1875), Ana Madrid Jiménez (07/04/1878), Alfonsa Madrid Jiménez (21//08/1880), Gregorio Madrid Jiménez (25/10/1884), Mª Antonia Madrid Jiménez (23/08/1886) y Elena Madrid Jiménez (24/08/1889) (madre de Román Gumersindo)
  • José Madrid Jiménez, hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, se casa con Alfonsa Pérez Walias. Tienen una hija: Mª Teresa.Madrid Pérez (29/05/1870), s e casa Juan Manuel Madrid Jiménez (17/10/1891).

 

  • Alonso Madrid Losada, hijo de Alonso Madrid García y María Losada Hernández, se casa con Paula Martín Caballo (07/01/1842). Sus hijos Manuel Madrid Martín (08/!!/1852), Antonio Madrid Martín (22/10/1854), Jerónimo Madrid Martín
  • Jerónimo Madrid Martín, contrae matrimonio con Isabel Rubio Blázquez 15/02/1871) y tienen varios hijos: Juan Alonso Madrid Rubio (27/05/1872), Alfonsa Madrid Rubio (07/09/1873), Miguel Madrid Rubio (27/04/1876), Mª Francisca Madrid Rubio (25/’9/1879), Ildefonso Madrid Rubio (06/07/1883), Gertrudis Madrid Rubio (10/10/1886) y Juan Francisco Madrid Rubio (03/11/1890)
  • José Madrid Losada, hijo de Alonso Madrid García y María Losada Hernández, se casa con Alfonsa Jiménez Rodero. Tiene dos hijos varones: Antonio Madrid Jiménez (13/03/1820), Juan Alonso Madrid Jiménez ( 21/06/1826), Juan Madrid Jiménez,, Francisca Madrid Jiménez (07/08/1823 + ), y Francisca Dionisia Madrid Jiménez (23/12/1833), Josefa Madrid Jiménez (28/08/1836)
  • Antonio Madrid Hernández e Isabel Ana Hernández Blázquez son los padres de Florentino Madrid Hernández (27 de mayo de 1903) (se casa con Teresa Zaballos Hernández, el 10 de agosto de 1927); Isabel Madrid Hernández (30/08/1905), Juan Antonio Madrid Hernández (04/05/1908); Francisco Madrid Hernández (18 de julio de 1910) se casa con Domitila Blázquez Jiménez, el 23 de febrero de 1935), Lidia Madrid Hernández (17/05/1913), se casa con Agustín García Cuesta.

 

Rama de Adrián Madrid Sánchez

Adrián Madrid Sánchez se desposa con Teresa Bueno, padres de María Madrid Bueno (10/02/1718), Adrián Madrid Bueno (8/10/1719) y Jerónimo Madrid Bueno (8/10/1719)

Autor: Eutimio Cuesta

¿Apodo o mote?

Motes de Macotera

Unos lo dicen mote, otros apodo, antiguamente, vulgo. No hay sinónimos absolutos, siempre hay un matiz, por muy pequeño que sea, que los diferencia. Analizando minuciosamente ambos términos, observo que la diferenciación entre ambos términos tiene mucho que ver con la intención de quien los pronuncia. Si una persona utiliza el sobrenombre con miras vejatorias y ofensivas contra alguien, podemos hablar de mote; en cambio, si se profiere con una aptitud afectiva y amistosa, podemos definirlo como apodo. Como veis los dos vocablos arrancan de la misma definición: “nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o alguna otra circunstancia”, según dicta el diccionario.

El apodo o mote es muy antiguo, tanto como el hombre y sus defectos y circunstancias. Si nos damos una vuelta por la literatura o por la historia, veremos a personajes que a su nombre les acompaña el alias; pero no es mi propósito ir por allí lejos, prefiero quedarme cerca, en mi pueblo, donde el apodo es el elemento y rasgo más identificativo de la persona. Más incluso que el carné de identidad. Nombras a un paisano por su nombre y apellidos, y muy pocos, lo conocen; sin embargo, lo mencionas con su nombre y apodo, y todo el mundo lo reconoce, e incluso sólo con el apodo, pues puede ser equivalente a su nombre. En nuestro argot popular, los apellidos han quedado para asuntos oficiales y jurídicos. No los precisamos para nuestras relaciones y tratos familiares y sociales.

El otro día, me encontré con una pandilla de amigos, que venía de deslindar una finca de un paraje, conocido como las Cárcavas. Era finales del siglo XVIII, ¿cómo iba yo a saber quiénes eran, de qué familia procedían, si no hubiese sido por el apodo? Así pude saludar, sin extrañezas, a Santos “el Malote”, Juan el Chiburre, Blas el Blasiño, José el Faldiño, Alonso el Rojito, Antonio el Barrigueto, Juan el Faloguillo, el mozo, Manuel el Calderón y Francisco el Falogo, el viejo.

Hablar de los apodos es entrar en un terreno un poco espinoso, porque hay individuos que se sienten orgullosos y honrados cuando se les nombra por su apodo; sin embargo, hay otros que se molestan en demasía. Esta cuestión limita un tanto nuestro propósito de estudiar y analizar el porqué y el significado de los casi seiscientos apodos o motes de mi pueblo. Como en todo, en este campo, se impone la prudencia. Prudencia que nos ha llevado, en ciertas ocasiones, a consultar a la propia familia, cuando se ha tenido que utilizar el apodo por alguna circunstancia. Lo que no hay duda es que todos nacemos con cuatro apodos, heredados de los abuelos, y que constituyen un elenco más de nuestra cultura popular, y un testimonio de nuestra manera de ser, nuestros defectos físicos o morales, nuestras cualidades e ingenio o, simplemente, un certificado del oficio o profesión que desempeñaron nuestros antepasados.

Hallar el origen del apodo, ha sido tarea complicada, nuestras fuentes han sido la propia familia, la gente del pueblo y los distintos diccionarios de la RAE.

Ya hemos anunciado que contamos con una relación de más seiscientos apodos, lo que nos aconseja que pongamos algunos ejemplos.
Partimos, en primer lugar, de la procedencia del oficio del abuelo o padre:
Aceiterín, Aceitero, Ajero, Albañil, Albardero, Boticario. Calero. Esquiliche, Pucherero, Tachuelero.

Una serie de compuestos, que tiene que ver con acciones espontáneas y reiterativas:
Abuelamorir, Bragasjustas, Cagalubias, Capalaperra, Malgüele, (Ma/huele), Matacristos, Imitalobos, Mataburras, Ochentaitrés. Picapollos. Pincharranas, Pisaguas, Traganiños, Tumbaollas.

Otros apodos indican la procedencia o país de donde vino el personaje:
Alonada. Alemán, Bonilla, Cartagena. Catalán, Charrito, Francés, Forastera, Gallego, Habanero, Huete, Montemolín.

Hay algunos apellidos que se han transformado en apodo, como es el caso de:
Berbique, Campines, Campos, Cañada, Heredia, Macarro, Madriles. Matilla, Mediero, Oreja, Palomero, Ruano, Rubios, Taramona y Tavera.

Otros derivan de nombres propios con alguna connotación de estatura o afecto:
Aceto Aniceto). Adelas, Adoro, Adrián, Aguedita. Alonsillo. Antón, Antoñaca, Antoñilla, Arturo, Bartolo, Bastiano (Sebastián), Boni,, Chan, Cristobitas, Dieguines , Dulio (Obdulio).

Existen apodos que se forman con el nombre propio seguido del mote:
Facomalo, Josepelos, Juanancho, Mariaculos, Mariajergón. Maricuela, Maricueto, Pacorrita, Pacosucio, Pericodiego. Pericodiós. Tutodelasbobas.

No faltan algunos apodos que guardan relación con Dios, el convento y renegaos de curas:
Cucarro, Curata. Fraile. Frailón. Frainoquiso. Franciscano, Matacristos, Misionas, Monjina, Santomalo.
Existe un buen número de apodos, contaminados del mundo material, animal y vegetal, y de sus voces.
Alondra, Belloto, Caracoles, Conejo, Cotorra, Cuco, Choto, Filomeno, ruiseñor, Gallique, Garbanzo, Garrapín, Gatobuche, Gavilán, Morranga. Mosquerillas.

En cuanto a los motes con referencia al aspecto físico:
Andajo, Cojomerlín. Cristolimpias, Cristolaero. Chaquetilla, Escurrajas, Hocicotostón, Maninas, Pichitadeplata, Puñomelé, Ronquillo, Senaguas.

Otros tienen su aquél en la estatura, en la delgadez y obesidad:
Ajerillo, Ajero, Barquillos, Colmllo, Confite, Culoalto, Dientes, Pipa, Pitillo, Punzón, Tieso. Barranca, Barriles, Barrigueto, Bizcocho, Cazo, Cazuelo, Catrepo, Corralizas, Cucharón, Chicharrón, Poteque, Torrezno,

Unos cuantos más con la manera de ser:
Azúcar (persona muy amable y acogedora), Bicho (vivaracho, emprendedor), Bolero (mentiroso), Botellas (amante de la pinta), Cachucha (Cachondo), Caete (caguete, medroso), Calama (cauteloso, astuto, escurridizo), Caldilla (manso y pacífico). Calvarra (molesta, pesada), Candonga (burlona), Carrolo (pesado), Casto (bonachón), Cobalera (aduladora), Comenencias (conveniencia, comodidad), Coñita (guason, coñón), Corrocho (impaciente), Cotorra (habladora), Cuco (pícaro), Cucho (jorobado, encorvado). Chacharina (persona frívola), Chachín (hábíl, vivaracho), Chuloaburrido, Chamusquina (peligrosa), Chusca (con gracia), Diligencias (presto), Faciosa (facinerosa, Fachenda (“tirao pa lente”), Gandula (Holgazana), Garrumbo, Morroncho (tranquilo). Neguilla (astuto), Pijota (vanidoso), Pachorra (calmosa), Patujas (diligente), Pocarropa, Pocotrig0, Pondera (altanero), Pulida (escrupulosa), Saberes (sabihondo), Sahueso (hábil), Sandín (engreído), Terfo (porfiado), Trajinela (hacendosa),

La plaza de la Leña de Macotera

plaza-lenia

La plaza que recoge la lámina de José Luis es una plaza remozada, más moderna, con menos gancho. Tiene en el medio una glorieta con cuatro plantas salteadas y una farola; en la parte trasera del frontón, se levanta el Hogar del Jubilado, y se deja enmarcar por unas cuantas viviendas de corte nuevo, que llenan de comodidad a sus habitantes.

Nuestra plaza de la Leña era otra cosa, más acogedora, más juguetona, más bulliciosa: el centro de todos los juegos y diversiones tanto de grandes como de chicos. Su imagen de antaño muestra el pozo de las piedras, que estaba enfrente de la casa de los Pintos. Su brocal estaba formado por grandes bloques de piedra de pajarilla y lo cubría una tapadera formada de grandes láminas de hierro sujetas a la piedra por fuertes rondajas. Ese pozo apenas tenía agua, su fondo lo teníamos cegado de piedras. Su pila era peculiar; en un tiempo atrás, se utilizaba para abrevar el ganado, pero, en los tiempos de mi infancia, la usaba la tía Regañuza de Santiago para montar en el burro cuando iba de regreso a su pueblo, después de haber vendido las hortalizas a las macoteranas. Cuando tenía diez o doce años, me salieron un montón de clavos en la mano derecha. Un día el tío Ángel, mi vecino, me dijo: “Cuenta los clavos que tienes en la mano y echa en el pozo de las piedras otro tanto de garbanzos, pero cuida de no sentirlos tropezar en el agua”. Así lo hice. Los tiré y salí corriendo la cuesta arriba. Al cabo de unos días, me desaparecieron las pequeñas protuberancias y tenía las manos limpias como el jaspe. Otros puntos borrados ya por el tiempo son los rincones de Micaela, verdadera solana del pobre parado; el rincón de Gabriel Carrolo, en el que los muchachos nos guarecíamos del frío y de la lluvia en invierno y, que teníamos reservado para jugar al palmo en la lancha que había pegada a la pared de la izquierda, y el puente de hierro por el que cruzábamos el regato para ir a la ermita, a la era y a todos los lugares. El regato era hondo y las aguas de lluvia iban bien emparedadas hasta llegar a la altura del fortín. El taller de los Blázquez era también centro de tertulia para los mayores, y los muchachos nos cobijábamos en él cuando la lluvia nos impedía seguir con el partido de pelota.

Pero la zona de la plaza de la Leña más espectacular era el frontón. Yo no sé dónde se podía meter tanto juego. La chiquillada era inmensa y había sitio para jugar a la pelota, al tangue, al peón, a los cuadrines, a las canicas y al mahón. No cabía un alma. Se alivió un poco cuando llegaron las pelotas grandes de goma; entonces, un buen número de muchachos y mozalbetes subían o subíamos a la era a echar un partido de fútbol en las eras de Elías el Fraile. El jolgorio no se paraba hasta bien entrada la noche, pues, luego, en la oscuridad hacíamos un corro grande a la vera del frontón y, allí, los más jóvenes nos despertábamos de la inocencia escuchando las “cosas feas” que hacían los grandes, y fue, la primera vez, que yo descubrí la existencia de Quevedo. Cuando me hice grande y estudié a Quevedo, me asombré de las cosas falsas que decían de él los jóvenes de mi pueblo. Lo que me encantaba eran los buenos partidos de pelota que jugaban, de tarde, los mozos y, sobre todo, los domingos después de misa mayor. Quedaron grabados en el frontón nombres como Hilario, Lucas Lobito, Augusto, Albardero, Carlos Caballo, el Rubio, Cajarines, Pedrín el Bartolo, Diego, Miguelín, Gerardo, Patricio…Una lista interminable. Y no es justo si no recuerdo los buenos tragos de agua, que nos echábamos del pozo de la abuela Chaga

Me he emocionado tanto con mis recuerdos infantiles y mis nostalgias, que me he olvidado de explicar por qué se llama plaza de la Leña y del Mercado. Es la única plaza del pueblo que tiene dos nombres legítimos. Lo de Leña le viene porque, en ella, vendían sus cargas de leña, retamas y sacos de cisco los de Cabezas (Ávila); y lo de Mercado por lo que cuento a continuación. Se denomina así porque, antaño, en su recinto se celebraba un mercado de ganados. Fue el 11 de enero de 1861 cuando el Ayuntamiento acuerda establecer, con la aprobación del Gobernador Civil de la provincia, un mercado semanal dominical. Su inicios fueron inciertos y, a pesar de los esfuerzos de los concejales y del propio vecindario, no terminó de consolidarse y de alcanzar el atractivo preciso, como ocurría con otros mercados de la provincia y de la próxima Ávila, a los que acudían nuestros tratantes.
El 12 de enero de 1894, se reúnen, de nuevo, en el Consistorio las autoridades y aquellos vecinos, que conocían por su oficio el funcionamiento de otros mercados, y aprueban una serie de medidas encaminadas a dotar el mercado de las condiciones morales y materiales propicias, que contribuyan al desarrollo de la industria agrícola, pecuaria y comercial, que se hallaba en crisis a finales de siglo. Para conseguir el objetivo, determinan que el mercado semanal, que tenía lugar en domingo, en lo sucesivo, se celebre los miércoles de cada semana, por entender que, de esta manera, se ha de dar mayor impulso a la actividad, dada las condiciones de ser de este vecindario, y evitando así hacerlo coincidir con otros reconocidos de los pueblos aledaños; asimismo, se acuerda que los ganados, que se expongan, queden exentos de toda clase de impuestos; por último, se designaron los sitios o puntos donde se han de colocar los animales de contratación, que es como sigue:

“Los ganados vacunos ocuparán el tramo que llaman la Cruz del Ángel y el pozo de Juan Rey (enfrente de Lucio Izquierdo) (Aún no se había edificado el matadero ni las casas y corrales de la Cotorrita); el ganado de cerda se situará en las proximidades del pozo de las piedras (enfrente de la casa de los hermanos López Flores, la casa del tío Pinto) y el ganado asnal, caballar y mular se instalará a la trasera de los corrales de Mateo Gómez Nieto y a la entrada de la calle de la Alameda”.

Aún se escuchan las voces del mercado de ganados de los miércoles, los gruñidos de los garrapos; el ruido quebrado de las cargas de retamas y los gritos y jaranas de los muchachos después de la escuela. Todo esto suena a vida añorada.

Eutimio Cuesta