LA FRAGUA EN TERRADILLOS

La fragua era algo más que aquel lugar donde se arreglaban, picos, azadas, azadones,  …donde se calentaba el hierro, salpicando con arena, para calzar y estirar las puntas a las rejas -y otros artilugios- en  el yunque, imprescindible para realizar estas operaciones, que no podía faltar en la fragua. Entre el fuego y el yunque apenas había distancia. Solían estar ambas cosas  a la misma altura, facilitando el machaqueo alterno de los mozos con los martillos de 2,500 Kg. El toque de atención le correspondía al herrero que, con su pequeño martillo, daba un golpecito en el yunque advirtiendo el final de la operación.

El señor Lauria, último herrero del pueblo, introducía en la pila del agua el material trabajado para dar el temple necesario a las herramientas. Cuando se equivocaba… ¡a empezar de nuevo!. Eran impresionantes las dimensiones del fuelle que avivaba el fuego, comparado con el fuelle de los hogares. El herrero, con una mano, tiraba de la cadena guiada por una polea para levantar la tapa superior del fuelle que se llenaba de aire para lanzarlo con fuerza , sobre las ascuas candentes. Mientras, con la otra mano, provista de una larga tenaza, atendía las piezas que mantenía sobre el yunque, al rojo vivo..

Para muchos vecinos del pueblo, hoy, el trabajo del herrero es desconocido. Estos habilidosos artesanos transformaban el hierro en el herraduras para caballos, bueyes y asnos, rejas para arados y las ventanas, llantas de carros y, en general, lnumerosos aperos de labranza. Cuando llegó la maquinaria al campo el oficio de herrero desaparece y algunos  se hacen mecánicos. Cuando el Sr Lauria deja la fragua se acaba todo. El edificio y corral se destruyen para hacer una nueva construcción dedicada a otros menesteres. ¡Cuántas cosas desaparecen, que más tarde quisiéramos resucitar!. Es la añoranza por los oficios antiguos.

La hora de mayor actividad en la fragua era al atardecer. Cuando se regresaba de las faenas del campo, se convertía en un lugar de reunión, sobre todo en el invierno, cuando los trabajos agrícolas eran menores. No había dinero para vicios. Los jóvenes andaban a “latas” y las pensiones de los jubilados no llegaron hasta los años 50. Se hablaba de muchas cosas, unas eran verdades y otras menos, al fin y al cabo era un lugar donde pasar parte de la noche en buena compañía y al calorcito del carbón. En el corral del herrero no faltaba el potro. Fue un práctico invento que, a lo largo de muchos años, ha resuelto los problemas de sujeción de los animales sin peligro para las personas. En Terradillos, había varios de ellos, todos similares: seis pizarrones, sacados de las canteras, clavados en el suelo; a estos se les hacía unos huecos y pasadores de madera giratorios donde estaban acopladas unas cadenas que suspendían al animal, quedando inmovilizado. La cabeza se sujeta con las coyundas a un yugo, las manos y patas con sogas, facilitando así el herraje, curar heridas, capar… sin peligro alguno para el herrero, veterinario o cualquier voluntario.

Una de las principales herramientas para herrar a los animales era el “pujavante”, que servía para quitar parte de los cascos a los animales y hacer el asiento para los callos y herraduras, que con se fijaban con largos clavos, martillo, y una tenazas para cortar las puntas de los clavos que sobresalían.

En el Catastro del Marqués de la Ensenada podemos ver cómo nos dice que “en Terradillos hay solo un herrero que es Bartolomé Santos “. Desde entonces ¡han pasado tantos años!.

Speak Your Mind

*