OFICIOS EN TERRADILLOS

La mayor parte de los vecinos que vivían en el pueblo eran labradores o jornaleros. Yo los recuerdo ahora, en esta etapa de mi vida en la que aparecen las arrugas en la cara, cuando vas caminando y te quedas rezagado, cuando te pones a cavar el huerto y no puedes. Entonces te das cuenta de que tu vida es solo un privilegio de vejez por haber llegado a esta edad. Te queda fuerza, poca; pero mucha experiencia acumulada a lo largo de los años que, por desgracia, casi siempre pasa desapercibida aunque tenemos que aprovechar todo lo que podamos.

Recuerdo muchas cosas de mi infancia: aquellos días felices, junto a mi familia y amigos, vividos en mi pueblo, con intensidad y plena libertad. El objetivo que me propongo ahora es rescatar de la memoria a algunas personas  que dieron origen y continuidad a  las actividades de nuestro municipio.

Terradillos siempre fue un pueblo pequeño. Según el Padrón General de Almas del pueblo de Terradillos, en el año 1865, lo componían 162 almas y 67 cabezas de familia.

Recuerdo el día de S. Pablo, el 25 de Enero, fiesta patronal, que duraba tres días. La  víspera se preparaba una hoguera monumental, con leña de los montes, que los mozos se encargaban de traer en los carros de bueyes. Continuaba con un gran baile al aire libre, pero si el tiempo lo impedía, se celebraba en el salón. “Los Rubios”, de Santiago la Puebla, amenizaban los actos con animados  pasacalles, música sacra en la procesión, y baile con su orquesta.

Recuerdo a mi abuelo Vicente, de Alba, casado con mi abuela Patro. Él era zapatero, panadero, barbero y labrador. No podía perder el tiempo porque tenía que mantener a su mujer y sus ocho hijos. Vivieron en la calle Ochavo, donde hoy reside Felisa. Dentro de la casa tenía el horno para cocer el pan y, tanto en invierno como en verano, iba a  vender el pan a Palomares o a las fincas. Con leña de encina, que  transportaba en un carro de vacas, desde los montes, en invierno, formaba en el corral el “balaguero” sujeto por unos pizarrones.  Tambien recuerdo a Isidro Amores, conocido como “Molanas”, casado con Ignacia, muy socarrón, de gran ingenio, cada vez que paso por su casa que aún sigue en pie. Su hermano, Desiderio, vivió en calle Manzano, 13, donde Julio tiene una cochera. Hermenegildo, el tío Gildo, fue empleado de RENFE, vivió en la casilla 109, situada en el Raso y construyó la casa de “los charros”. No puedo olvidar a D. Pedro Caballo, el señor cura, muy querido por todos los mayores que le conocieron. Era de Macotera y vivió en el pueblo desde 1910 hasta 1941. Le sucedió D. Leandro, que atendió a sus feligreses hasta 1971. Su hermana Demetria y su sobrina vivieron en la casa propiedad de la Iglesia.  En el jardín de esta vivienda,  nos daban un chocolate el día de la Primera Comunión. Padres e invitados miraban y disfrutaban viendo a sus hijos saboreando dicho manjar, pero algún susto llegaba cuando se movía la mesa  y el chocolate se vertía en el traje de marinero que habíamos estrenado para ese día.

Mi tío Silvestre, el herrero del pueblo, también trabajaba algo la madera. Vivió en la calle Clavel, 25. La fragua y el potro estaba en la misma calle. Tenía también unas viñas en “la Rades” y los días de vendimia disfrutábamos como en una fiesta, cortando las uvas  y pisándolas, probando el mosto, y el aguardiente que, pasado el tiempo de cocción,  se hacía con la “madre”. A la casa y el salón del baile del señor Lino se pasaba desde la calle, se entraba a un patio donde había cuatro o cinco acacias, a la izquierda tenia la casa, dentro de ella había un pozo y, a la derecha, estaba, y todavía está, el salón del baile. Un pie de madera sujetaba una de las vigas en el centro del salón. Los pocos atrevidos a coger pareja se ponían a su lado, viendo como los más aficionados disfrutaban moviendo su esqueleto. El único albañil que había en el pueblo era Teodoro, padre de “Patito, el Trili”, que fue zapatero, y alguacil. A este le  gustaba cantar en el bar o, mejor dicho, dar voces. Al final tuvo su propio bar, vivió con su madre Baltasara en la calle Manzano, 27, y aun se conserva la casa. Avelino, vivió en la calle Fuente, 30. Se dedicaba a recoger las “muñigas” por las calles y se las vendía a los Felipes de Palomares.  Le gustaba bastante “darle al coco” y se le podía ver todos los días caminando por las Costanillas, hasta el despacho de Francisco Polo, en busca del diario. Llevaba la botella en el bolsillo de la chaqueta y, con el peso, la había dado tanto de sí, que le llegaba a las rodillas. El tío Eliseo era vecino de Avelino,  familia que se fue a vivir a Alba. Uno de los hijos trabajó con “los Moros” y hacía picias a los del pueblo con la luz, cortándosela cuando radiaban algún partido. Estos dos o tres vecinos vivían en unas pequeñas casas que había a la trasera donde vive Toño.

Antonio, el secretario, casado con la abuela Petra, calle de la Fuente, 12. Le sucedió su hijo Celso en la secretaria durante muchos años. Al jubilarse se fue a vivir a Alba, donde actualmente vive su familia. Uno de los tres o cuatro canteros que vivían de este oficio en el pueblo, era el tío Colas, padre de Julio, y de Lauria. Julio fue cantero toda su vida y, como todos los del oficio, siempre tuvo  mucho trabajo. Con una marra y una barrena, sacaron piedra y muchos cotos para cercar fincas. Mariano y Julio continuaron con el oficio; pero sin trabajar con la marra y la barrena. Lauria fue herrero y vivió en la casa que tiene José. La fragua y el potro estaba frente a la casa. En la calle Corona, 6, vivió el tío Julián, en la casa que está más arriba de Andrés, el de Bilbao.  En otra casa con corral, que hoy es de Antonio, el pastor, vivió mi tío Jeromo, casado con Alicia, siempre tuvo los mejores bueyes para la labor. El abuelo de Toño, labrador, el tío “Toñique”, cantaba cuando estaba en el campo, por bulerías o por lo que fuera, alegre y dicharachero, se inventaba chismes, y se quedaba tan satisfecho cuando parecía que te los creías. Pelegrín, hermano de “Toñique”,vivió de arrendatario en algunas fincas. Pasó los últimos años la calle Iglesia, 28. Un recuerdo de los que no se olvidan es el de Benito, casado con Cristina, una familia muy humilde pero muy buena. Tenían tres hijos, y casi todos los días caminaba andando por el sendero que conducía desde el pueblo a Palomares. Su casa estaba situada en la calle Clavel, 20 y ahora  es un solar. Tenía dos hermanos, Leoncio y Atilano. Este último trabajó en el “Barrero”.

Mi tío Ignacio, “el Cono”, otro cantero, vivió en las Costanillas, calle Corona, 17. Llamaban la atención las buenas pizarras que lucían en los suelos de la casa y en los pajares. Los miembros de la familia fueron desapareciendo poco a poco. Unas hijas se fueron a Francia, su hijo Julio a Alba. Elisea vivió donde vive ahora José. Antes era de las mejores casas del pueblo, por pertenecer a una de  las familias más ricas: tenía coche de caballos y siempre tuvo una criada, llamada Quica, hija de Leonor. Pascual, familia de los anteriores. Tenía un bar y era zapatero, al  quedarse viudo, toda la familia  se fue a vivir a Sevilla. Vivieron en la calle Corona. Blas y Luisa, su mujer, muy buena  señora, casi todos los días la veías cargada con su reclinatorio camino de la Iglesia, para oír misa. Seguramente la familia más larga sería la de Ángel y Claudia: ¡13 hijos!  Abelardo, Isidro y Benigno eran los más conocidos, por ser de los más pequeños y vivir en el pueblo. Dos hijos fallecieron jóvenes y los restantes, poco a poco, se fueron a otros pueblos o a la Argentina. La mayor parte de ellos fueron ganaderos.

Otra familia de labradores que se fue a vivir a Alba, por jubilación, es la de  “los Charros”. Antes de vivir en la calle Fuente, 18, vivieron en los Ventorros. Algunos familiares estudiaron y sacaron su carrera. También formaba parte de esta familia el señor Pepe, fue alcalde del pueblo durante muchos años. Otra muy conocida era la familia  del señor Bernabé, padre de Modesta, casada con “Jandriche”. El tío Hipólito, vivió donde Antonio el pastor, calle Manzano, 2, en la parte que ocupa el parque. El bar que hay por delante de su casa, era tierra que se sembraba de centeno, fue cambiada por un cercado en los valles. Este señor tambien fue alcalde durante muchos años. Otro hermano de este, Manuel, casado con Julia, vivió en calle Iglesia, 2.  Su hijo, Torcuato, fue juez de paz varios años. Hoy  es una casa totalmente reformada. El señor Domingo, casado con Teresa, la Pavera, era empleado de RENFE. Vivió en la casilla 108 y cuando vino al pueblo residía en las Costanillas. Gaspar, casi toda su vida, estuvo trabajando ayudando en la labor en casa de los “Charros”. Estaba casado con Luisa y tenían su casa en calle la Fuente. Otro cantero fue Frutos. Vivía en calle Minerva, 25, y era padre de “Colas”, “Mocete” para los amigos. Biembe es el último de la familia. No podemos olvidar al tío Juan. Su huella era conocida por tener unas abarcas con ceros en la suela. Le gustaba madrugar y vivió en calle Ochavo, 6.  Victoriano, que fue ganadero y vivió en calle Minerva, 5, la que hoy es la casa de “Tito”. Mi tío Francisco, casado con Olvido, vivía en la calle Minerva, a la parte abajo de la “Menchora” y su despacho de vino estaba a la parte de arriba de la misma calle. No tenía mucho negocio, pero trataba bien a la clientela y se estaba muy bien en el semisótano que ocupaba su despacho. En su casa paso unos días el Padre Belda, del convento de los Reparadores de Alba, cuando realizó unas investigaciones en el dolmen que hay en los alrededores. Otra familia larga fue la del tío Melquiades, en calle Corona, 14. Como ocurre en otras muchas familias, sus miembros se dispersan y quedan muy pocos en el pueblo. Julio se ha construido  una bonita casa en su lugar. Otra casa que esta deteriorándose es la de el tío Román, metida en un callejón. “Francis”, su hijo, en algún tiempo pasado tuvo una fragua a la derecha de la entrada a la casa.

Yo recuerdo al tío Basilio que ya era muy mayor y  siempre estaba sentado a la puerta de su casa, en calle Corona, 1. Estaba casado con Mariquita y vivieron en el Raso.  Al llegar al pueblo, compraron tierras con la familia de Jeromo, Alipio y otras. Hoy esta casa está totalmente reformada, con el aire y gusto del pueblo, conservando parte de lo antiguo. La calle Clavel es una de las que pasábamos para ir a la fuente de abajo, a por  el agua para beber. En una sus casas vivía Fidel , con su mujer y su hijo “Toño” soltero y labrador.  En la calle Iglesia, 8, en lo más alto del pueblo, vivió Juan Francisco, casado con Nolberta y, después, Clara, su hija que se había casado con Manolo, de apodo “Machao”. Recuerdo un gran reloj de los de antes, incrustado en la pared, cuyas campanadas se podían oír por todo el pueblo. Esa propiedad  hoy está dividida en dos.

Nuestra agricultura al cabo de los tiempos ha dado un cambio de 180º. Cuando se mecaniza el campo desaparecen los labradores. Los propietarios pequeños o arrendatarios,  que dependían  solo de la cosecha, de tan escasoss rendimientos y, sin otros recursos, no podían resistir a los malos años. Los que tenían tierras y al mismo tiempo otra actividad más o menos tenían asegurada su alimentación. A los ocho o diez años, los hijos tenían que ayudar a los padres, olvidando la escuela y asistiendo a clases nocturnas. Toda la familia contribuía al sostén de la economía en el desempeño de unas tareas impropias para mujeres y niños. Con esta ayuda se podía sobrevivir en aquellos tiempos tan duros. Los labradores, que se decían a ellos mismos que eran los más ricos, no tenían ni un duro.  Ponían el dedo gordo de las manos en las sisas del chaleco y sacaban pecho, como de orgullo, pero ni comían, ni bebían, ni gastaban un duro. La falta de fertilizantes y la mala  calidad de la tierra eran causa de la pobreza de las cosechas, a pesar de que ellos entendían el proceso del cultivo, tenían buenos conocimientos de la naturaleza y en la época de recolección se pasaban la vida en el campo, atentos a la climatología. Era tanto el sacrificio que este oficio no tenia precio.

En los montes y caminos se hacían trabajos de limpieza y estaban bien conservados.  De ellos dependían algunas familias de jornaleros. El señor “Valeria” era el único que sabía hacer cisco y carbón de encina. Era un buen profesional profesional. Su familia vivió en la Menchora y se fueron del pueblo buscando mejor vida. También se fue su vecina Felicitas que, con parte de su familia,  emigró a  Venezuela.

La montanera de la bellota y el pasto son la mejor alimentación para los cerdos, cebones y camperos. Varear las encinas con un látigo requería fuerza. “El Tano”, “Pepurro” y “el Capa” dominaban este arte con soltura. Sus brazos lucían  pronunciados  músculos sin necesidad de gimnasios. Otra fuente de ingresos era la caza, que servía para quitar el hambre y, si algo sobraba, se vendía. “El Tano” y Marcelino salían con su perdiz, para el reclamo. A “Toño” le gustaba cazar con galgos. Al “Bacho”, con escopetas de uno o dos caños. Disfrutaban cazando a la espera, al ojeo, con reclamo. La perdiz era su especie preferida pero no hacían ascos a otras piezas. Eso sí, cazaban lo justo, sabían que si se pasaban y no se escabechaba se estropeaba. En los corrillos de las Costanillas, de la fragua, o del bar, cuando se hablaba de caza, todos escuchaban y reían; pero  nadie se creía las historias

Los proyectos que se llaman de desarrollo casi terminan con los problemas de caza junto a esas potentes escopetas. Entonces regulaban la caza en los pueblos los mismos cazadores pero hoy, debido a la proliferación de licencias y mejores armas casi se elimina.  Los cazadores siempre encontraban su recompensa a la espera de las perdices que salían de la Maza, en los rastrojos, tras las asustadizas codornices o, al salto, por la tarde, cobrando algunos conejos, una rabona o alguna paloma torcaz. Raro era el día que volvían de vacío.     Otros vecinos del pueblo tenían un huerto que  atendían en horas extras o domingos por la mañana. De esta manera se ayudaban para sacar la familia adelante. Muchos de estos huertos estaban a las orillas del regato y casi todos tenían un pozo del que sacar agua para regar parte de lo sembrado. Competían por ver quién tenía su huerto mejor arreglado. Siempre aprovechaban su regreso a casa para llevar un poco de hierba en un saco, para la cabra o las gallinas. Los jornaleros trabajaban generalmente en las labores del campo y su sueldo variaba según viniera la cosecha de ese año. Se madrugaba para aprovechar el día y no se regresaba hasta el anochecer porque, normalmente, se les llevaba al tajo el almuerzo de mediodía..

Algunas familias emigraron del pueblo en los años 60, en los que se ofrecía trabajo en el extranjero. Muchos se fueron a  Alemania, Francia y Suiza y mandaban divisas, lo que supuso un gran alivio para muchas familias, generalmente humildes. Los emigrantes tuvieron la valentía de dejar la tranquila vida de su pueblo, para salir rumbo a lo desconocido. Otros, en cambio, vinieron de otros pueblos y encontraron aquí su modo de vida. El señor Daniel y su mujer Fabiana, compraron unas fincas, dejando Otero, donde vivían. De Calvarrasa vinieron Ventura y Margarita, iniciando su vida con una tienda en el pueblo y un bar en Alba. Tomás y su mujer, Rosario, con sus seis hijos, tuvieron que trabajar duro para, poco a poco, pagar las tierras y la casa que compraron. Otra familia llegó de Galinduste: Avelino y su mujer Guillerma con sus seis retoños, pequeños  de estatura, pero grandes de corazón. Avelino, muy dicharachero, tenia detalles simpáticos. Por las noches hacía sonar un cuerno para que acudieran sus hijos a cenar. A algunos de ellos les gustaban las tertulias de las Costanillas pero, en cuanto oían el cuerno, salían corriendo porque sabían que si no se daban prisa en ir a la cena, corrían peligro de quedarse en ayunas.

Los panaderos que podíamos llamar industriales,  hacían una hornada diaria, raramente dos, con harina de trigo candeal, que se molía en la fabrica de los “Moros”. Todo era manual: amasar, pasar la masa por el torno, yeldar y cocer. El horno estaba revestido de ladrillos y barro, el suelo de baldosa y había que realizar un precalentado con leña de encina o piornos. Cuando los ladrillos habían acumulado el calor necesario, se barría con unas bardas que eran unos trapos húmedos atados a un palo largo para limpiar las cenizas, después de esta limpieza se metía el pan, cociéndose con el calor acumulado. También había algunos hornos particulares. Sisinio en la parte abajo del pueblo; Ángel, “el Soria”, a la parte de arriba de la “Menchora” y, mi abuelo, en las Costanillas. Por las fiestas, se aprovechaba el calor que quedaba para hacer pastas o mantecadas y para asar algún tostón. Los panaderos les daban a los clientes las tarjas: un listón cuadrado de madera donde se hacia una muesca por cada pan entregado. Al final, se contaban las muescas y se abonaba el importe.

Mi tío “Bartolo” fue uno de los que regresaron de Cuba y puso una barbería cuando llegó al pueblo. No recuerdo de qué familia procedía, pero si sé que estaba casado con Rufina, hermana de el secretario. No tenían  hijos y vivieron en la casa donde hoy vive Leandro. Tenía su negocio en la habitación de la entrada, a la izquierda. Su plato preferido para el desayuno eran las sopas de ajo con huevos escalfados. Su respirar era tan fuerte que, resoplando por encima de tu cabeza, daba la sensación de que roncaba.

La operación del afeitado era hecha con bálago de agua y jabón y unas navajas de acero que entremezclaba en sus dedos y siempre las tenía muy afiladas. El corte de pelo casi siempre era a cepillo, había pocas melenas, se dejaban algunas patillas largas y se arreglaba el cuello. Las peluquerías de mujeres eran muy escasas. Los utensilios que tenían para su trabajo era pocos, todos manuales: las tijeras, el peine, la pequeña palangana para el agua, la brocha, la navaja, el cuero para afilar, jabón, cepillo para limpiar los pelos y el sillón, en alguno casos.

Esta es la historia de mi pueblo y sus vecinos. Pido perdón por los olvidos y por aquellos que, sin ser esa mi intención, se hayan podido sentir molestos. Somos un pueblo pequeño, sabemos apreciar nuestros escasos bienes, ganados con nuestro sudor y, salvo algún contratiempo, nos apoyamos y nos queremos.

 

Speak Your Mind

*