PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE MACOTERA

Una primicia más. El sábado 21 de marzo de 2015, en el Centro Cultural de Santa Ana, Javier Blázquez, historiador e investigador de las tradiciones e imágenes de la Pasión de Jesús en Salamanca y provincia, descorrió el telón de la Semana Santa con un minucioso y documentado pregón, en el que fue desgranando los distintos pasajes de la pasión y muerte del Nazareno, que la tradición ha hecho costumbre, y que Macotera sigue viviendo con gran fervor, reflexión y silencio desde tiempo inmemorial.
Abrió el momento con un saludo muy especial a todos sus paisanos, y, a continuación, expuso las razones sobre el porqué se deben celebrar estos eventos como preludio a la celebración de la semana de renovación de nuestra vida espiritual. Y exhortó a la autoridad a mantenerlo en el tiempo.
Se centró en la celebración de la Cruz, “liturgia de la Semana Santa que nos lleva a reflexionar sobre lo trascedente, con la vida y la muerte, del hombre y de Dios, como centro de la celebración. Todo este proceso espiritual queda simbolizado en la Cruz”.
Hizo una referencia a las cruces de Macotera y lamentó que no procesionase el paso del Crucificado en la procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, siendo su presencia tan habitual en otros lugares del pueblo. Hizo mención de los Cristos de los Misereres, que presidía el retablo de su nombre, y de las Batallas, que se guardan en la ermita del Cristo.
Avanzó hasta 1574, ese año, en que se fundó, en la iglesia, la cofradía de la Veracruz, (de la Santa Cruz); y esta misma cofradía, en la noche del Jueves Santo, celebraba la procesión de las disciplinas. Los cofrades vestían su túnica, abierta por detrás, con la cara cubierta y no podían llevar ninguna seña, que los delatara; caminaban en absoluto silencio; se les sancionaba si nombraban a alguien. La disciplina consistía en irse golpeando la espalda con correas, cordeles anudados o cilicios. Se curaban de las heridas con sebo de negrillo; los mayores quedaban exentos de las disciplinas; en cambio, estaban obligados a asistir, a la procesión, confesados, descalzos de pie y de pierna y rezar treinta padrenuestros y treinta avemarías. Esta procesión de Jueves Santo la presidía solo la Santa Cruz; y, en el Santo Entierro, procesionaban el Cristo de los Misereres, La Virgen de la Encina, en riguroso luto, y el Sepulcro. De tradición, se guardaba un silencio impresionante, interrumpido por el cántico del “miserere” y del cancionero propio de Cuaresma; y se alumbraban con la luz de faroles, que portaban los feligreses.
En la actualidad, salen las imágenes de Jesús Nazareno, obra tallada, en 1858, por el sacerdote macoterano, don Remigio Sánchez, al ver que la iglesia no disponía de ella. Jesús Nazareno viste túnica morada y carga con la Cruz a cuesta; la Virgen de la Encina, vestida con manto negro; la Oración del huerto, Jesús Flagelado, la Piedad y Cristo Yacente.
Por último, recordó el momento del encuentro de Jesús con su Madre, representado por las imágenes de Jesús Resucitado y de la Virgen de la Encina, Patrona del Pueblo, en el que interviene el grupo del paleo o las danzas, en que se manifiesta la alegría ante el triunfo de Jesús sobre la muerte.
“La Semana Santa termina con la Resurrección. Esto debe llevar al cristiano a vivir con esperanza y alegría el misterio de la Pascua”.

Eutimio Cuesta

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Peñarandilla

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Peñarandilla figura en la relación de aldeas repobladas por Alfonso IX, en 1224, con la nominación de Peñaranda. Se trata de un topónimo de origen celta, según versión de don Antonio Llorente, compuesto de dos voces “penno”, cabeza, cumbre, cerro, y de “randa”, límite, frontera. Dos acepciones que evidencian la ubicación del pueblo en un cerro, y su situación fronteriza en la separación de los reinos de Castilla y León, en 1157. Por la noticia del reparto de la hacienda, que se conserva en el Archivo Municipal de Alba de Tormes, se asentaron en la aldea de Peñaranda nueve familias, y se les dotó de tres y media yugadas y ciento nueve obradas de terreno para su subsistencia. Pasó a tomar el diminutivo de Peñarandilla, cuando se erige una nueva aldea en un cruce de caminos al nordeste del alfoz de Alba de Tormes, poblada por gentes de Peñaranda de Duero, en 1250, y que estas bautizaron con el nombre de su villa natal. Por su situación estratégica, obtuvo un rápido crecimiento. En documentación del Archivo de Alba, datado en el siglo XV, a Peñarandilla se la cita con la denominación de Peñaranda del Sordo, nominación que perdura hasta mediados del siglo XVIII, con que se la alude en el Catastro del Marqués de la Ensenada.

Su iglesia se halla ubicada en la zona más elevada del lugar, y es una de las iglesias que mejor conserva su estructura original en el exterior. Muestra una sola nave, con ábside semicircular y con tramo recto. Por el “Manuscrito de lugares y aldeas de Obispado de Salamanca” (1604/1629), conocemos que la iglesia se conserva bien, aunque un tanto maltratada. Disponía de un retablo de talla, que los vecinos deseaban dorar, pero el visitador les aconseja que pidan licencia para su ejecución al señor Obispo.

Consultando los libros de fábrica de la iglesia, hemos extraídos unos datos, que nos informan de las distintas reformas que ha experimentado la iglesia y que han evitado la desaparición total del edificio original. Gracias a estos apuntes sabemos que, en 1610, se blanqueó la capilla mayor y toda la iglesia; una ventanilla, que está junto al altar mayor, se hizo mayor, para que haya más luz y se descubra bien la capilla y el retablo; la viga, que atravesaba la capilla mayor, de la que pendía un Cristo Crucificado, se retira, y el Cristo se coloca en la sacristía; la imagen de Nuestra Señora, que está encima de la custodia, se quita, y con la limosna que mandó la mujer de Antonio García para hacer un vestido a la imagen, se hace otra efigie de talla dorada; y la otra imagen se pone en un altar de los colaterales; se entierre un santo, que llamaban san Macario, que estaba en un altar colateral de los dos que hay en esta iglesia. El tejado fue renovado en varias ocasiones; en 1621, su Señoría ordenó se traiga un oficial para que vea las hiendas y estado que tienen los arcos de la capilla mayor y vea si es razón suficiente con bajar la capilla al igual del cuerpo de la iglesia o poner tirante; en 1662, se abrió la puerta trasera; en 1733, se socalzaron sus paredes y, en 1735, se picaron las bóvedas y paredes por el interior, se enyesaron de yeso moreno y se les aplicó una capa de yeso blanco tendido, y se hizo una campanera para la campana de tocar a misa.

Y por un inventario de 1619, nos enteramos de los bienes y patrimonio, que posee la iglesia en esa fecha: Un retablo nuevo pintado todo con cuatro imágenes de bulto, y otros dos retablillos viejos a los laterales: el uno, con una imagen de bulto de santa Marina; y el otro, un san Antón de pincel. Dos Crucifijos de talla con sus cruces. Dos imágenes de Nuestra Señora: la una en el altar mayor de bulto, y la otra, en un colateral con un vestido de colonia blanco. Dos campanas grandes y una esquila para entrar en misa, una pequeña para el altar y una rueda de esquilas para alzar a ver al Santísimo. Una Cruz de alquimia (latón) vieja y un púlpito de madera. Más dos guardapolvos con sus dos varas de hierro y sus cordeles todo bueno, que cubre el retablo que está en el altar mayor; más otros dos guardapolvos viejos a los colaterales.

Retablos

En el protocolo notarial, con la signatura 3480, página 173, consultado en el Archivo Histórico Provincial de Salamanca, se lee lo siguiente:

“En la muy noble ciudad de Salamanca a 25 de noviembre de 1553 años, se presenta ante el escribano y notario el Visitador General de Obispado de Salamanca y Pedro González, mayordomo de la iglesia de Peñarandilla, y Alonso Falcote entallador y a García Pérez, pintor, vecinos de Salamanca, se comprometen éstos a hacer un retablo de talla y pintura para la dicha iglesia, y lo han de dar hecho y acabado”.

Gómez Moreno lo describe así en su “Catálogo Monumental de Salamanca: “Retablo principal del. XVI, de estilo Becerra, con dos pequeños órdenes de columnas jónicas y corintias, adornadas en su tercio bajo las primeras, banco lleno de relieves y frontispicio con dos Padres. Figuritas echadas adornan los frisos; otras de los santos Pedro y Pablo¸ llenan los intercolumnios; y, en medio está una imagen de la Virgen, no mal plegada, hoy en otro altar. Todo ello es amanerado y baladí en el fondo; los cinco tableros pintados, que, además, de adornan, llenos de restauraciones, parecen del mismo estilo y poco valiosos”.

En 1723, se exhorta a los vecinos a que ayuden con algunas limosnas para sus iglesias, labrando alguna senara para que, por este medio, se puedan dorar los retablos y hacer otro al Santo Cristo de Coca. En 1730, se acuerda que, por cuanto que la imagen de Nuestra Señora, que está en el altar mayor, dispone de caudales, se le haga un trono de ángeles y nubes de estofa para su decencia y culto; en 1734, se encarga a Juan Múgica, maestro, vecino de Salamanca, un retablo para el altar de san Antonio, hubo que romper la pared para su asentamiento. Dicho retablo, en 1736, fue dorado, con oro limpio, por Juan Queipo y Llanos, maestro dorador de la ciudad de Salamanca. Además, se pintaron el retablo del altar mayor, las pilastras, el arco y el cascarón de la capilla mayor. En 1746, se ajustó el retablo del Santo Cristo de la iglesia., se colocó en este retablo un cuadro del bautismo de san Juan. En 1747, se encargó a Vicente Ferrer, vecino de la ciudad de Salamanca, y profesor en el arte de Arquitectura, un retablo que hizo al altar de san Antonio Abad. Fue dorado por Juan de Silva, maestro dorador de la ciudad de Salamanca.

Hoy es un edificio con ábside semicircular, con presbiterio y una nave. Con torre adosada a los pies, sacristía junto al muro sur del presbiterio, y con un largo cuerpo añadido a lo largo de toda la fachada norte, donde se halla la actual portada, el osario, el cuarto trastero, la panera y el cementerio. El ábside está decorado por tres filas horizontales de 9 arcos cada una, que no coinciden en sus ejes. La más baja apenas se ve, debido a un socalzo de piedra y cemento, de arcos de medio punto doblados al igual que la central. La superior tiene uno de medio punto cobijado por otro apuntado, que está cortado por la cornisa sobre la que se apoya el tejado, es de ladrillo esquinado.

El lienzo sur se conserva también íntegro, tiene una puerta ahora tapiada, de arco de medio punto con triple rosca, siendo los dos exteriores de ladrillo aplantillado en moldura de nacela, rematada por imposta de ladrillo en esquinilla, enmarcada en alfiz, y con tres pequeños arquillos encima ligeramente apuntados. El resto del muro está recorrido por arcos largados, también apuntados.

En los pies, una torre de piedra de sillería tapa parte de la arquería que tenía en esta parte, que es arcos iguales a los que hay en el muro sur.

En el interior, es totalmente moderno, aunque bajo el enlucido esté el ladrillo de la antigua fábrica.

Eutimio Cuesta

Biografía:

  • Libros de Fábrica de la Iglesia.
  • Catálogo Monumental de Salamanca, de Gómez Moreno Manuel
  • Románico digital.com
  • La Arquitectura Románico – Mudéjar en la Provincia de Salamanca, de Prieto Paniagua; Mª        R. (CES)

La Iglesia de san Juan de Turra

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He mirado bien y no he encontrado a Turra en la lista de los pueblos que repobló Alfonso IX, en 1224. Quizás esta aldea no pertenecía aún al territorio de Alba, porque, parece ser que, por el significado de su topónimo, estaba en el límite o frontera entre dos reinos, posiblemente, entre los reinos cristiano y musulmán. Gayat (Gajates), “límite”, “frontera”, según opinión de Llorente Maldonado) podía estar de lado de acá, y Turra, del lado de allá. Por el motivo que fuere, no figuraba en el alfoz de Alba de aquel momento. Pudo ser un pueblo poblado por mozárabes, en connivencia con mudéjares, pues su presencia es un hecho por la cantidad de iglesias que se construyen en la zona, durante los siglos XII y XIII.
La iglesia de Turra es aneja de la parroquia de Pedrosillo, como sucede con la de Galleguillos, de Gajates, como lo fue, en su día, la de san Boal, del despoblado de Valeros. Conserva de su originalidad su cabecera, lo demás son añadidos que se han ido incorporando a lo largo de la historia, debido al deterioro que han sufrido sus muros y cubiertas, como resultado de la humedad que envuelve a todo su entorno.

Nos dan luz, sobre estos cambios y configuración actual, los libros de fábrica de la iglesia. No se conserva mucho material del archivo parroquial, únicamente, nos ha llegado la fábrica del periodo 1604 a 1700. Y, por este documento, sabemos que, en 1609, se levantó una pared de la iglesia, (no especifica cual), se trastejó la capilla y se macizó el tejadillo de las campanas; En 1617, se demolió el tejadillo del campanario, que se estaba viniendo a tierra y se hizo un piso para poder tocar las campanas; en 1618, se cierra la ventana que está al lado de la epístola junto al altar mayor, y se abre, al mismo lado, más atrás del arco, otra mayor; en 1623, se hacen la tribuna de la iglesia.

No nos proporcionan más datos sobre otras posibles reformas; en cambio, sí nos informa de que disponía de una ermita con la advocación de san Benito y que la imagen estaba orlada por un arco de yeso y adobes, y, que también que, por efecto de la humedad, en 1620, se socalzaron sus paredes con piedra crecida, porque estaban muy gastadas

Y referente a su escultura, nos cuenta que, en 1610, se retira el Cristo Crucificado, que pendía de la viga de la capilla mayor, y se coloca dentro de la sacristía, y, a la vez, que, se elimina la viga, que afeaba el entorno.

En 1620, se adereza el Niño Jesús de la imagen de san Cristóbal, que estaba quebrado. En 1621, se citan los retablos de Nuestra Señora y el del altar mayor.

En un escrito fechado el 13 de enero de 1982, don Matías Espinosa manifiesta que “la iglesia tiene gran valor arquitectónico por su esbeltez y originalidad de los arcos del ábside. Este verano, con la ayuda de algunos vecinos, se ha trasladado el retablo barroco a un lateral de la nave y se ha picado todo el ábside dando luz a su belleza, y descubriendo sus tres ventanas. La estructura está en buenas condiciones, pero necesita una restauración. Por la parte exterior, el ábside tiene comido el cimiento, y urge su restauración”.

La humedad, con el añadido de la fragilidad de sus materiales, han sido las causas de que estos edificios hayan perdido su originalidad, y que se mantengan en pie gracias a las reformas a que se les ha sometido en el tiempo. Todos ellos nos muestran como reliquia su ábside y capilla, que han llegado hasta nosotros, debido a la consistencia y la solidez de la técnica del arco ciego y doblado y de la bóveda de cañón, que constituyen su estructura y armazón.
Por este inconveniente de la humedad, una de las tareas que se llevaron, como primordiales, en su proyecto de restauración, fue su saneamiento mediante la apertura de una zanja de ventilación perimetral en la cara posterior del muro de cerramiento, con unas rejillas en la cara superior.

La iglesia de san Juan de Turra sigue el modelo de planta, más utilizado durante el siglo XIII, el de nave única con cabecera sencilla. Se compone de una sola nave, ábside semicircular y tramo recto con la espadaña situada sobre el arco toral. Es una iglesia de pequeñas dimensiones, mide en su interior 18 m de longitud por 4 m de ancho en la cabecera y 7,20 ms, en los pies.

La decoración del ábside al exterior se urde mediante la superposición de tres filas horizontales de arquerías ciegas, de siete arcos las dos superiores y seis la inferior, en línea vertical las dos más altas y en diferente la más baja. Los arcos están doblados y son de medio punto, salvo, la hilada superior, que son ligeramente apuntados. Los arcos más laterales de las dos filas superiores son más estrechos que los restantes. En la hilada intermedia, alternativamente, en sus arcos se abren pequeñas saeteras, que iluminan el interior de la capilla mayor. Todo el ábside se remata con una cornisa de ladrillos en nacela, sobre la que descansa el tejado.

La puerta de entrada está flanqueada por dos grandes pilares. Es de arco apuntado con tres roscas muy toscas y desiguales y un pequeño tejado, que, posiblemente, simule la función del portal que protegía la entrada del templo.
En el interior, la cabecera original llama la atención por su esbeltez. Está compuesta por un arco y una bóveda de cañón con tres arcos fajones muy apuntados. Tanto el arco toral como los de la bóveda tienen una imposta de nacela en su intradós, y todos son doblados.

Los muros laterales del tramo recto están decorados entre fajón y fajón por arcos ciegos de medio punto, rematados por imposta de nacela, desde la que arranca la bóveda.

En el interior del ábside, el cuerpo inferior se separa del superior con una hilada de ladrillos colocados a sardinel; el cuerpo superior está animado por las tres ventanillas saeteras decoradas con doble arco de medio punto y, al igual que en el tramo recto, se remata con imposta de nacela desde donde arranca la bóveda.

La cubrición de la nave se realiza de forma sencilla a base de entramado de madera de par y nudillo atirantado con cable de acero.

La iglesia de Turra fue declarada Bien de Interés Cultural, el 3 de junio de 1993

Eutimio Cuesta

Bibliografía

  • Libros de fábrica de la iglesia.
  • “La Arquitectura Románico – Mudéjar en la provincia de Salamanca, de Prieto Paniagua Mª.R.
  • Romanicodigital.com

La Iglesia de San Pedro de Pedrosillo de Alba

iglesia-pedrosilloTenemos delante otro de los nuevos pueblos de la repoblación, surgidos a partir de 1224. Quizás su nombre proceda de algún personaje importante, que dirigió al grupo de familias que llegaron del Norte de la meseta a poblar esta zona, que había quedado desolada tras la contienda entre los reinos de León y Castilla, en 1196. Entre los nombres de los repobladores, que se asentaron, en Pedrosillo, figura Muno Pero (Pedro), que fue el más beneficiado a la hora del reparto de las haciendas. Llorente Maldonado opina que este topónimo diminutivo puede derivar de la presencia de repobladores procedentes de algún Pedroso, de los existentes en la parte oriental de la meseta norte. Tras estas conjeturas, el hecho es que Pedrosillo está ahí, llamándonos la atención por poseer una de las iglesias típicas del estilo mudéjar del ladrillo.

El “libro de los lugares y aldeas del Obispado Salamanca”, de principios del siglo XVII, nos la describe como “pobrísima y maltratada”, y agregada a la parroquia de Santa Cruz de Alba de Tormes. De la mano de los libros de fábrica de la iglesia de Pedrosillo de Alba, podemos afirmar que, en 1649, el edificio se sometió a una reforma como consecuencia de que la nave se estaba hundiendo. Por la cantidad de materiales que se emplearon, la reforma debió de ser importante,  y, entre los aderezos que se realizaron, figura el reparo del frontispicio de la tribuna. El coste de la obra fue de setecientos sesenta y tres reales, o veinticinco mil ochocientos cuarenta y dos maravedís. Esta obra no debió de ser muy consistente, pues, veintisiete años después, en la visita de 1676, Su Señoría mandó aderezar la nave de la iglesia, que se encontraba muy malparada, y ordenó  componerla, a la mayor brevedad posible, con la ayuda de los interesados a los diezmos de este lugar, y lo que costare el reparo, se reparta entre dichos interesados.

No podemos seguir exponiendo las modificaciones, que se han efectuado en la iglesia durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, por la desaparición de la documentación correspondiente a ese periodo); en cambio, sí disponemos de información detallada de 1854, que nos revela que la iglesia sufrió un hundimiento y fue urgente su reedificación.

Las paredes laterales norte y mediodía de la iglesia, sin incluir la capilla mayor (que estaba consistente), se rebajaron  a la altura de una vara y se volvieron a cabecear a la misma altura, con adobes en el interior, y a ladrillo y cal de media asta, en el exterior. Dichas paredes se socalzaron  a la altura de una vara por el mismo orden y forma que el cabeceo.

En el centro de la iglesia, contando desde el arco de la capilla hasta el campanario, se formaron dos arcos a cal y ladrillo del grueso de dos astas con sus estribos, para seguridad del armazón, demoliendo el arco de la capilla para ponerlo a nivel de los otros dos.

Se demolieron la tribuna, la escalera y el tejadillo de la torre, por hallarse imperfectos y con poca seguridad.

Repararon la sacristía y trastera y se demolió el osario, para dar más luz a la capilla mayor. Se hicieron en la pared del mediodía dos claraboyas a figura de óvalo de media vara de alto y tres cuartos de alto; y, en el muro norte, se abrieron dos ventanas, con vidrieras, rejas y alambrado. El armazón de la capilla mayor se trazó  a cuatro líneas a nabo, y el armazón de la cubierta de toda la iglesia estribó sobre los arcos, con viga cumbrera, dos sopandas y soleras, los cuartones se colocaron en línea de par y el artesonado  a cinta y cobija. Las bocas canales, caballetes y líneas del tejado de toda la iglesia, sacristía y trastera se sentaron con cal, y cada diez canales, uno macizo., y dos tejas de cadena en cada nave.

Por el exterior de toda la iglesia, se le aplicó un plano de cal, reparando, antes, los descorches.  En el interior, se le dio igual plano con su blanqueo correspondiente. El coste de toda la obra, ascendió a 8.400 reales, y fue realizada por el maestro albañil, Andrés Cividanes

El único elemento que aún le queda de su fisonomía original es su ábside. Por su exterior, muestra unos pilares de ladrillo, que caen de arriba abajo y lo dividen en siete lienzos, con dos pares de arcos ciegos cada uno: los dos inferiores dobles y de medio punto, y los superiore, algo apuntados, enseñan, de forma alternativa, unas pequeñas saeteras, que iluminan el interior de la capilla mayor.  En la zona norte del presbiterio, los arcos son dobles y apuntados, y los separan una estrecha franja de ladrillo; los del tramo sur, quedaron ocultos por la sacristía.

Ya, dentro del templo, cuatro arcos diafragma de medio punto sostienen una techumbre de madera; un arco escarzano de ladrillo da acceso a la cabecera con su falsa bóveda de yeso; bajo la cúpula; dos filas de arcos ciegos de medio punto, siete en cada una, que se corresponde con los exteriores, y las separa una imposta de nacela. Las enjutas están estructuradas en abanico.

Como sucede con sus iglesias vecinas se cronología se enmarca en el siglo XIII.

Eutimio Cuesta.

Bibliografía:

  • Libros de fábrica de la iglesia.
  • Prieto Paniagua Mª R, “La arquitectura románico – mudéjar, en la provincia de Salamanca”.
  • Romanicodigital.com

Aderezos practicados en la iglesia mudéjar de Gajates

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Hemos hablado de las características particulares de nuestra iglesia y de cómo se muestra después de su restauración, pero conozco otros asuntos, fruto de la investigación, dignos de darles luz, y que tienen que ver con las distintos reparos y modificaciones, que ha experimentado el edificio a lo largo de su historia. El tiempo y la intemperie, junto con la fragilidad del material empleado en su construcción, nos han privado de conocer, en su integridad, su contenido estructural y decorativo.

Los libros de fábrica de la parroquia nos permiten describir las distintas reformas, que se han ido aplicando a nuestro templo a partir de 1630, pues, anterior a esa fecha, no disponemos de documentación en el archivo. En 1635, hubo que componer un pedazo del artesonado que se hundió; en 1642, se hundió el tejado de la tribuna, se lució la iglesia y la capilla mayor de yeso, y se puso una reja a la ventana de la capilla mayor; en 1706, se compone el tejado de la iglesia; en 1716 manda que se blanquee de yeso la capilla mayor; en 1723, es necesario el pronto reparo de su tejado y de la torre; en 1740, se trasteja de nuevo el tejado, se blanquea la iglesia por su interior, se embaldosa, se hacen las gradas, se compone el presbiterio y se pone una puerta nueva a la sacristía, dirige la obra el maestro Francisco Estrada, con el presupuesto de dos mil quinientos reales; en 1748, se llevó a cabo una importante remodelación de la iglesia. Se sustituyó el portal viejo por uno nuevo; se enladrilló la tribuna y se levantaron sus laterales, se blanqueó la iglesia, se enrolló la iglesia alrededor y el portal, se colocó una escalera para subir del coro a la torre, con un presupuesto de dos mil quinientos treinta ocho reales; en 1778, se reparó la capilla mayor que amenazaba ruina, como declaró el maestro Juan Álvarez de Salamanca, y se practicó por Joaquín Domínguez, maestro albañil, vecino de Alba de Tormes, con idea, dirección y traza de don Simón Gavilán, maestro de obra vecino de Salamanca, que la reconoció, personalmente, por orden del señor Provisor, la obra importó once mil setecientos noventa y dos reales; se puso el púlpito y su escalera de hierro, obra de Juan Servate, vecino de Villoria, importó mil novecientos ochenta reales. Pero fue, en 1793, cuando la iglesia recibió un reparo importante, pues se encontraba muy maltratada. Hubo que fortalecer sus mechones, restaurar bóvedas, colocar puertas nuevas, adecentar coro y el baptisterio, componer todo el tejado. La obra fue proyectada por don Lesmes Gavilán, maestro, vecino de Salamanca, y, por encargo de éste, dirigida por Ramón Múñez, arquitecto, vecino de Alba de Tormes. Su presupuesto ascendió a veintiocho mil novecientos dos reales.

La sacristía, que iba adosada al presbiterio y que se eliminó en la restauración, se construyó en 1633. El encargado de levantarla fue un maestro albañil de nombre José Flores; en 1779, se puso el tejado nuevo a la sacristía y se encaló por dentro y por fuera. Se puso una cajonería que ocupó todo el frente para los ornamentos y, a los lados, para los vasos sagrados y alhajas de plata, y un dosel al Santísimo Cristo que está en ella; que el cuarto que hoy sirve de panera, a la izquierda del soportal, se coloquen las andas, ataúdes, hacheros, y la panera se haga en otro lugar, donde no incomode con los ratones como sucede ahora.

Los retablos.

Desconozco si, anteriormente, la iglesia de Gajates disfrutó de retablos. No tenemos documentación anterior al siglo XVII. En la visita episcopal de 1719, su Señoría manda que se haga el retablo de la capilla mayor. El beneficiado y el mayordomo, con la licencia del señor Obispo, se ponen al habla con Antonio Martín, maestro de hacer retablos, vecino de Alba. Se persona por el lugar, toma medidas, y escuchadas las sugerencias del párroco y del mayordomo, se compromete a realizar la traza. Se discuten las condiciones, plazos, presupuesto y gastos de portes y desplazamientos para asentarlo, y, a los pocos días, el notario extiende el contrato, que ambas partes firman y responsabilizan con sus bienes. Se descargan por el coste de la obra mil seiscientos reales. Instalado el retablo, se encarga una mesa de altar de cantería, porque la que antes existía era de adobe.

En la visita 1723, su Señoría manda que los feligreses labren, cada año, una senara de cuatro o cinco huebras, y, con los frutos que se recojan, se vaya aseando la iglesia y, especialmente, se hagan las imágenes de santos de bulto, que han de llenar los huecos del retablo de la capilla mayor. La primera imagen, que se colocó, fue la de San Salvador, cuya hechura importó trescientos treinta reales; y, a continuación, se asentaron las tallas de San Andrés, San Nicolás de Bari y San Ramón Nonato, valoradas las tres en cuatrocientos cincuenta reales de vellón.

En la Visita 1727, un devoto de Nuestra Señora dona a la imagen seiscientos veintitrés reales y veintiocho ovejas. El beneficiado manifiesta a su Señoría que la Virgen necesita un retablo; de inmediato, le da licencia para que se ponga en contacto con un maestro de retablos; pero, en la visita de 1730, su Señoría rectifica y ordena que, con el dinero y las ovejas de la imagen de Nuestra Señora, se hagan dos retablillos: uno para Nuestra Señora, y otro, para el Cristo de la Veracruz.

En 1761, se manda dorar el retablo mayor de esta iglesia, para lo que se da comisión a su beneficiado. “Quien procure informarse de persona inteligente antes de sacar a remate para proceder en él con todo conocimiento, y, en caso de no tener bastante caudal para dicho efecto, se pueda valer de los caudales de la iglesia de Galleguillos, llevando cuenta y razón en las cuentas de una y otra iglesia del empréstito que hicieren, para que conste, por si llegase el caso, de necesitarlo la iglesia de Galleguillos”.

En 1762, se doraron el retablo mayor, que, junto con una peanita que se hizo y un adorno para exponer el Santísimo, importó 3.264 reales; el de Nuestra Señora del Rosario, 690 reales, y el del Santísimo Cristo, 590. La iglesia pagó 360 reales, y el resto, la cofradía de la Cruz.

Se cumplían los diez años (1818), desde que se construyó el pie de la veleta de la capilla mayor, cuando un rayo lo pulverizó, tostó muchas partes del retablo e hirió las paredes de la epístola y del evangelio. Fue el 5 de junio de 1828. El daño fue grande y hubo que recomponer el tejado, el machón de la veleta y adecentar el retablo y las paredes de la capilla.

Eutimio Cuesta

La Iglesia de Galleguillos

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Galleguillos es una de las aldeas que se fundaron a raíz de la repoblación de Alfonso IX, en 1224, con población gallega. La acarician las aguas escuálidas de un cacho de río, de nombre Gamo, que unos kilómetros atrás, deja a Gajates. Como pueblo nuevo, construye su iglesia al ritmo de su vivienda. Unas cuadrillas de alarifes mudéjares, por encargo del Señor, se distribuyen por el alfoz de Alba y comienzan a levantar iglesias, utilizando los materiales que tenían más a mano y, también, en función de los recursos de que se disponía. Ellos eran muy conocedores de la arcilla y de sus aplicaciones, y se sirvieron, de ella, para elaborar el ladrillo. Y, posiblemente, La tradición ceramista de los albenses tiene su cuna en este periodo, y, no es descabellado pensar que, en ese lugar, estuviesen ubicados los hornos de ladrillos, que abastecían estas obras cristianas. Los hornos de cal abundaban en las Kalamas, a no muchos kilómetros de distancia.

La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, filial de la de Gajates, es de pequeñas dimensiones, con dos naves y un ábside semicircular de tramo recto. Mide en su interior 20 metros de longitud por 8 en la parte más ancha. En su exterior, conserva, del recinto mudéjar primitivo, todo el muro sur, en el que está la puerta de entrada; el arranque con los seis arcos del antiguo ábside; y, en el muro norte, a la altura del presbiterio, enseña un arco ciego de medio punto doblado.

La pared meridional está articulada con cuatro arcos de doble arquivolta a medio punto doblados, visibles por dentro y por fuera, rematados por imposta de ladrillos en esquinilla, y separados entre sí por una pilastra a modo de alfiz; encima de los dos arcos de la derecha, figura una imposta con ladrillos a sardinel, rematada por pequeños arquillos de medio punto; Todo esto falta en los dos arcos, que están situados hacia los pies. La puerta la interrumpe, en su mitad; aparece situada entre dos pilares con arco de medio punto, cobijado éste bajo otro ligeramente apuntado y doblado. Como resultado de la restauración de 1985, en lo que afecta a su lado sur, fue derribada una sacristía moderna (construida en 1750), adosada al antiguo presbiterio.

El interior conserva los más interesante del edificio primitivo: sus dos naves, separadas por cuatro pilares cruciformes y escalonados, que soportan tres arcos de medio punto con triple rosca e imposta de nacela en su intradós. La capilla mayor, de cabecera curva y amplia, se encuentra muy reformada. Conserva el cuerpo inferior decorado con arquerías de medio punto, rematadas por un friso de ladrillo en esquinilla. El resto del ábside y la bóveda de cuarto de esfera corresponden a una reconstrucción posterior, lo mismo que la cúpula sobre pechinas que cubre el presbiterio.

Sobre este punto, traigo a colación el comentario que hace el visitador episcopal sobre el mal estado de la iglesia de Galleguillos en el “libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca” (Manuscrito de 1604 – 1629): “cuia capilla mayor está maltratada, quiérenla reparar porque tienen materiales, cal y madera…”
Y siguiendo las reseñas explicativas del libro de fábrica de esta época, comento:

En 1629, “mandó su merced se repare y adecente la nave delantera de la iglesia de dicho lugar, a tanto tienen licencia para ello del señor provisor de Salamanca, el beneficiado y el mayordomo procuren se haga brevemente, concertándola con persona perita en el arte”.

En 1632. “Su merced vio ocularmente que la primera nave de la iglesia está muy mal reparada y amenaza gran ruina, si no se acude con tiempo a su reparo: que es muy forzoso; por tanto, mandaba y mando que el beneficiado y mayordomo hagan condiciones para hacerla de nuevo, y la pregone el dicho beneficiado nueve días de fiestas y admita posturas”.

La obra se llevó a cabo en 1636. Se gastaron, en ella, 28.346 maravedís. Se detallan los gastos: tres carros de cal, diecisiete docenas de tablas, cuarenta y tres cuartones a tres cuartos, mil ciento cuarenta tejas, clavos y jornales de oficiales. Y mandó que la capilla mayor se macice de madera y cal, conforme está lo demás, y se haga con toda brevedad.

Tenemos otro apunte de 1791, que nos da más luz sobre las distintas reformas que ha sufrido el edificio a los largo de su historia:

“De los materiales y obreros de la capilla que se hizo en esta iglesia para estar su artesonado, y paredes arruinándose en parte, y de orden dada para su reparo en santa visita, se descargan 11.675 reales, en que entra el retejo de toda la iglesia, pero no el revoque de lo exterior de sus paredes por no haber, por ahora, la cal necesaria”.

La espadaña se levantó en 1754, aprovechando el arreglo del tejado, tras hundir el pedazo que corresponde a la tribuna.

En cuanto a la decoración escultórica, recordamos que, en 1706, se asentó un retablo en la capilla mayor; desconocemos si, anteriormente, hubo otros.

Nos consta que, en 1662, se mandó estofar la imagen de Santa Bárbara y hacer una tabla, para asiento de la Santa.
En 1728, Antonio Martín, vecino de Alba y maestro de retablos, añadió una hornacina al retablo de la iglesia para Nuestra Señora.

En 1769, se colocó un nuevo retablo en la capilla mayor, obra de entallador Fernando Gavilán; su importe fue de mil ochocientos diez reales: mil setecientos costó el nuevo retablo con las esculturas de los santos, San Gregorio y San Antonio; y los ciento diez restantes, del porte, de los gastos de los maestros el tiempo del asiento y la reforma del retablo viejo; en 1794, se descargan 2.800 reales que costó dorar el retablo mayor y estofar sus imágenes, pagados a Joaquín Pérez, vecino de Salamanca, y dorador de oficio.

Galleguillos guarda, en su iglesia, cuatro antiguas tallas que reflejan el más puro estilo de los siglos XII, XIII y XIV. Se trata de cuatro figuras estáticas, de madera policromada, con los rasgos hieráticos propios de este estilo artístico. Se trata de un San Bartolomé, una Virgen Sedente, otra virgen más y un San Juan que pertenecían a un Calvario, de cuyo Cristo no se sabe nada y se asegura por el pueblo que fue vendido. Estas cuatro esculturas se hallaron, en los años ochenta, tapiadas en la iglesia entre un retablo y una pared y, desde hace tres años, se pueden admirar, totalmente restauradas, en la iglesia de la localidad.

Fue declarada Bien de Interés Cultural, en 1993.

Bibliografía

  • “La Arquitectura Románico – Mudéjar en la provincia de Salamanca”, Prieto Paniagua, Mª R. CES. 1980.
  • Románico Digital.com
  • Libros de fábrica de Galleguillos.

Eutimo Cuesta

La Iglesia de Gajates

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La Iglesia de El Salvador se encuentra en la Plaza de don Pedro Aponte, llamada así por encontrarse dentro de la Iglesia el sepulcro de este clérigo, “Beneficiado de Gajates”. Este sepulcro (de finales del siglo XVI) permanecía oculto, bajo un arco de medio punto y fue descubierto en una de las recientes restauraciones del templo. La Iglesia es de una sola nave con ábside semicircular y tramo recto; mide en su interior 25’10 metros de largo por 7 de ancho. Se trata de uno de los templos mayores de la zona.

Hasta hace unos años, una gruesa capa de mortero y encalado enmascaraba sus formas mudéjares más puras. Tras la reforma, se pudieron a descubrir uno de los distintivos más singulares del denominado “Románico del ladrillo”: sus arquerías ciegas superpuestas con doble y triple rosca, que configuran el ábside en su cara interior y exterior, y que remata, en su cornisa con la decoración reducida de unas filas de ladrillos esquinados, que sólo muestran uno de sus ángulos; otra peculiaridad típica del mudéjar- románico es la bóveda de ladrillo, en este caso, de media esfera, apoyada sobre los resaltes planos de sus muros, técnica que descarta la importancia de la columna, imprescindible en los templos de cantería. Se trata, por lo tanto, de una arquitectura de albañilería frente a la cantería de románico y el gótico, basada en la utilización de materiales baratos: el yeso, el ladrillo y el barro vidriado, que, al alarife, le resulta fácil conseguir en el medio, y que se ajusta a la precaria situación económica de los contratantes.

Sus muros son muy gruesos, y como ya hemos indicado, están estructurados por un esqueleto de arquerías ciegas de escasísima proyección, superpuestas en varias franjas, constituyendo una especie de muro compuesto, sistema que le proporciona solidez y, a la vez, aspecto decorativo por su riqueza aparente y por su color. Sin duda, es lo que se conserva de su estructura original, por lo demás, el templo ha recibido añadidos a lo largo del tiempo.

Además, muestra un pequeño pórtico con siete columnas de granito del siglo XVI. A los pies, se erige la torre, que es, en su base, de sillares de granito, más arriba de mampostería y, finalmente, de ladrillo y vierte a cuatro aguas
La iglesia de Gajates es un ejemplar del arte mudéjar, estilo que se le considera como hijo del hispanoárabe, y que Amador de los Ríos propone esa denominación, apoyándose en que así se llama a los árabes sometidos a los cristianos. El mudéjar es un estilo, esencialmente, decorativo y consiguió crear obras de deslumbrante por su riqueza aparente y por su color, pero, sobre la base, de materiales baratos, como el yeso, el ladrillo y el barro vidriado.
Podemos datarla, como las demás iglesias de su entorno, a mediados del siglo XIII, después de la repoblación del alfoz de Alba de Tormes por Alfonso IX, que tuvo lugar en 1224.

De vuelta de la visita a la iglesia, me señalaron los restos de unos muros ruinosos, que aparecen a las afueras de la localidad, próximos al camino. En Gajates, le nombran “el palacio”, y que, verdaderamente, lo fue, a pesar de que hoy sólo quedan en pie dos paredes ruinosas, una de ellas con dos ventanas saeteras. En el “Libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca” (1604-1629), un clérigo anónimo, visitador oficial del Obispado que recorrió durante unos años la diócesis salmantina, al referirse a Gajates, además de los apuntes relativos a sus rentas, estado de la Iglesia y sacristía, hace este comentario “Aquí tienen los Duques un Palacio bueno”. No sabemos mucho más, salvo, su pertenencia a la Casa de Alba. Actualmente se encuentran en la tierra de un particular.

Eutimio Cuesta

Ruta del mudéjar en la provincia de Salamanca

Me gustaría haceros una propuesta. Muchas veces, al planificar unas vacaciones, un puente o un fin de semana, buscamos lugares lejanos y obviamos que, muy cerca de nuestros lares, disponemos de un verdadero joyero de pequeñas iglesias de estilo románico – mudéjar, que merece la pena visitar. Se trata de los pequeños templos parroquiales de Gajates, Galleguillos, Turra y Pedrosillo de Alba.

mudejar-salamancaPero, antes de sentarnos en sus bancos a contemplar su arte y belleza, nos vamos a detener en explicar las características más señeras de este estilo popular.

El término mudéjar procede del árabe “mudajalat” y, posteriormente “mudayyan” (“gente que permanece”, “gente rezagada”), y se le aplicaba a los musulmanes que, una vez conquistada la tierra en que habitaban, prefirieron quedarse en ella, sometiéndose, voluntariamente, como vasallos a los reyes cristianos, y conservando así sus haciendas, leyes y prácticas religiosas Estas personas pertenecían, sobre todo, al pueblo llano, pues la verdadera aristocracia árabe había emigrado.

En el caso del arte, el término mudéjar sería “el arte hecho por musulmanes sometidos en tierra de cristianos”, pero la colaboración entre cristianos y musulmanes fue tal, que sería imposible distinguir lo realizado por unos u otros. Las obras son en su mayor parte anónimas, podrían ser de mudéjares, o, simplemente, de cristianos muy islamizados, o que adoptaran una técnica nueva. Las relaciones entre unos y otros eran muy estrechas, y el influjo cultural de musulmanes sobre cristianos muy grande. El estilo ha recibido varios nombres, desde” morisco” y “románico del ladrillo”, hasta tomar, definitivamente, el de mudéjar, que, finalmente, se podría definir como “aquellas obras hechas en territorio cristiano en las que aparecen procedimientos de construcción árabes y estructuras cristianas”. Se trata de un arte eminentemente rural, pues la mayoría de las iglesias surgen en núcleos de población pequeños y de un marcado carácter popular, pues es un arte realizado por el pueblo.

Las iglesias surgían según las necesidades de cada población y según los gustos de los artesanos que las trabajaban. Lo que sí da carácter y unidad al estilo es el material con el que está realizado: el ladrillo. Su utilización se debe a varios factores: el primero económico, ya que la mayoría de las iglesias se encuentran en una zona con abundancia de arcilla, y este material sería el que tendrían más a mano y, por tanto, también el más barato.

Estas iglesias empiezan a surgir en la segunda mitad del siglo XII y durante el XIII, y siguen repitiendo las mismas formas durante el XIV. La forma de construir era la empleada por los musulmanes, consistiendo en poner ladrillo a la vista, y, entre ladrillo y ladrillo, una gruesa capa de argamasa, llamada “llaga”, del mismo grosor que el ladrillo. Todas ellas tienen en común el empleo de estructuras románicas. La planta es la misma que la de las iglesias en piedra, puesto que es un arte cristiano y tiene que adaptarse a su función, es de una o tres naves con sus correspondientes ábsides, abundando más la iglesia de pequeñas dimensiones y de una sola nave.
Se puede apreciar el gusto árabe en la decoración, siendo el elemento fundamental el arco ciego, que, en su conjunto, forma la arquería. Este motivo se repite incesantemente, respondiendo a una mentalidad muy oriental. También se aprecia la preocupación por el color, conseguido con la combinación del ladrillo y la “llaga”. De aquí se deriva también su carácter musulmán: el interés por la decoración efectuada a base de elementos geométricos, al contrario del arte occidental, en el que predominan los motivos de tipo naturalista. En conjunto, el románico-mudéjar puede resultar austero si se compara con el lujo de las construcciones propiamente musulmanas, pero hay que tener en cuenta de que el románico es un estilo sobrio.

La mayor parte de estas iglesias ha sufrido bastante deterioro, debido al material empleado en su construcción, menos resistente que la piedra, y a las dificultades económicas de los ayuntamientos de estos pueblos; pero, desde hace unos años, se ha emprendido un lento proceso de rehabilitación de algunas de ellas, que están permitiendo su mantenimiento y evitando su ruina.

Ahora os propongo las visitas a las Iglesias de Gajates, Galleguillos, Turra y Pedrosillo. El próximo día, tomamos la bicicleta y nos acercamos a Gajates y, en días sucesivos, tenemos cita en Turra, Galleguillos y Pedrosillo.
Sin agobiarnos, que el tiempo es nuestro.

Eutimio Cuesta

¿De dónde vino mi apellido?

apellidos-macoteraTodos nos sentimos igualmente macoteranos. ¿Por qué dudarlo, si es así? Pero no todos nos ubicamos en Macotera al mismo tiempo; nos hemos ido incorporando, paulatinamente, y en distintas hornadas de la historia. Nos consta que los apellidos Gómez y Martín fueron los primeros, que ocuparon las casas vacías de la aldea de Macotera en los años de la repoblación de las primeras décadas del siglo XIII; después, vinimos los demás: los Blázquez, los Bueno, los Jiménez, los Bautista, los Cuesta, los García, los Celador, los Zaballos, los González, los Rubio, los Durán, los Hernández, los Horcajo, los Gutiérrez, los Nieto… Mucho después, se fueron acomodando otros, que, atraídos por el progreso general, llegaron con un oficio debajo del brazo. Fue el caso del apellido Casado, abuelo materno de Segis García Morenito, natural de Barrucopardo, que vino a Macotera a ejercer de cirujano; el apellido Calvo (Dimas), ganadero, procede de Ledesma, pero el primer Calvo macoterano vino de San Miguel de Serrezuela, se casó aquí y aquí montó el hato; Cosmes, desconocemos de dónde y por qué vino, anda por Macotera desde1680, y de la mano del nombre Lorenzo; Castelló, los esquiliches, procede de Perales del Alfambra (Teruel), se ubicó aquí en 1860; Domínguez procede de Alba de Tormes: molinero, uno; y sacristán, otro; Izquierdo, zapatero, natural de Utrera (Sevilla), se asienta en este pueblo en 1760; Losada, cirujano, barbero y sangrador, procede de Villalpando, se instaló en este lugar en 1750; Madrid vino de Ventosa de río Almar, labrador, se situó en nuestro pago en 1676; Matilla, procede de Pozo Antiguo (Zamora), data de 1877; Oreja, labrador, natural de Herrezuelo (Anaya de Alba); Quintero se desplazó de Cantalapiedra, notario o fiel de fechos, en 1751; Ruano, labrador, natural de Gajates, en 1860; Salinero, herrero, procede de Puebla de Yeltes, se asienta en Macotera, en 1770: Taramona, veterinario, oriundo de Sodupe de Guenes (Vizcaya), se trasladó con su familia en 1798; Walias, procede de Aldeaseca de la Armuña y se apuntó a la lista en 1704. Hay muchos más: los dejamos para otra ocasión.

Eutimio Cuesta

La soledad en la Navidad

soledad-navidadEI anciano animaba la lumbre de burrajos con la punta de las tenazas. Se inclinaba sobre sus rodillas e intentaba, inútilmente, aumentar el calor con cuatro cachos de ascuas y cuatro puntas de palo de vid, que se escondían, distraídamente, entre la ceniza. Muchos años tenían Antonio y la Francisca. Francisca se encontraba más ligera, embozada en un pañuelo negro y descolorido anudado a la barbilla; en cambio, Antonio tenía el rostro más arrugado y las piernas más torpes: el peso del legón y de las parihuelas habían apelmazado demasiado sus huesos, hasta el punto de paralizarlos; de su nariz, pendía una “guinda” que él intentaba, sin disimulo, atrapar con un moquero negro, que se columpiaba de su muslo derecho; una lágrima se despanzurraba inerte sobre la pernera de su pantalón de pana. No me miraba. Su vista estaba lejos, en otro lugar, en otro ensueño más gratificante, que aquel de la cocina llena de frío por todas las partes. Musitó con voz casi imperceptible: “Trabajar de sol a sol para esto…” La señora Francisca me ofreció una galleta “María”. No me resistí, no me pude resistir, porque aquel plato con galletas entrañaba el valor más grande de generosidad, la generosidad del pobre: la auténtica porque da lo que tiene.
Y, para hacerlos retrotraer a aquellos años más jóvenes, no menos angustiosos, pero más ilusionantes, les hablé de aquella otra Navidad, de la suya. La de la luz del candil, la del silencio en las calles y la del calor más familiar, porque nadie tenía excusa para no comparecer.

Pero Antonio permanecía impertérrito, no le animaba nada, seguía triste con la mirada perdida en el hollín de la chimenea. La soledad. Antonio y la señora Francisca estaban mordidos por la angustia de la soledad. Ni siquiera habían tenido hijos. La soledad del “portal”; la soledad de una sonrisa ajena; la soledad de la compañía del maullido de un gato hambriento.

Me salí de aquella cocina contagiado de soledad, y avanzaba por la calle acompañado de bullicio, de trajines y prisas; de gente, de mucha gente; de escaparates agresivos; de luces de magia; de viajes galácticos; de material bélico incendiario y letal; de ambiciones desmedidas; de hipocresías inconfesables…; y, por qué no, también de familias enteras sumidas en el dolor y en el hambre.

Aquella familia de Nazaret salió de su pueblo huyendo camino de Egipto. Todo el mundo le cerró las puertas; se desplazaban en burro; hoy también se huye del hambre y del abuso de poder en pateras; y también el mundo les cierra las puertas; en los portales de Belén, se hacinan miles de madres, de niños y de hombres solos. La soledad de los incomprendidos y de los marginados. Mientras suceden estas cosas en la intemperie del mundo, nosotros celebramos la Navidad. ¿Qué Navidad: la de Belén o la de Herodes?

Eutimio Cuesta