PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE MACOTERA

Una primicia más. El sábado 21 de marzo de 2015, en el Centro Cultural de Santa Ana, Javier Blázquez, historiador e investigador de las tradiciones e imágenes de la Pasión de Jesús en Salamanca y provincia, descorrió el telón de la Semana Santa con un minucioso y documentado pregón, en el que fue desgranando los distintos pasajes de la pasión y muerte del Nazareno, que la tradición ha hecho costumbre, y que Macotera sigue viviendo con gran fervor, reflexión y silencio desde tiempo inmemorial.
Abrió el momento con un saludo muy especial a todos sus paisanos, y, a continuación, expuso las razones sobre el porqué se deben celebrar estos eventos como preludio a la celebración de la semana de renovación de nuestra vida espiritual. Y exhortó a la autoridad a mantenerlo en el tiempo.
Se centró en la celebración de la Cruz, “liturgia de la Semana Santa que nos lleva a reflexionar sobre lo trascedente, con la vida y la muerte, del hombre y de Dios, como centro de la celebración. Todo este proceso espiritual queda simbolizado en la Cruz”.
Hizo una referencia a las cruces de Macotera y lamentó que no procesionase el paso del Crucificado en la procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, siendo su presencia tan habitual en otros lugares del pueblo. Hizo mención de los Cristos de los Misereres, que presidía el retablo de su nombre, y de las Batallas, que se guardan en la ermita del Cristo.
Avanzó hasta 1574, ese año, en que se fundó, en la iglesia, la cofradía de la Veracruz, (de la Santa Cruz); y esta misma cofradía, en la noche del Jueves Santo, celebraba la procesión de las disciplinas. Los cofrades vestían su túnica, abierta por detrás, con la cara cubierta y no podían llevar ninguna seña, que los delatara; caminaban en absoluto silencio; se les sancionaba si nombraban a alguien. La disciplina consistía en irse golpeando la espalda con correas, cordeles anudados o cilicios. Se curaban de las heridas con sebo de negrillo; los mayores quedaban exentos de las disciplinas; en cambio, estaban obligados a asistir, a la procesión, confesados, descalzos de pie y de pierna y rezar treinta padrenuestros y treinta avemarías. Esta procesión de Jueves Santo la presidía solo la Santa Cruz; y, en el Santo Entierro, procesionaban el Cristo de los Misereres, La Virgen de la Encina, en riguroso luto, y el Sepulcro. De tradición, se guardaba un silencio impresionante, interrumpido por el cántico del “miserere” y del cancionero propio de Cuaresma; y se alumbraban con la luz de faroles, que portaban los feligreses.
En la actualidad, salen las imágenes de Jesús Nazareno, obra tallada, en 1858, por el sacerdote macoterano, don Remigio Sánchez, al ver que la iglesia no disponía de ella. Jesús Nazareno viste túnica morada y carga con la Cruz a cuesta; la Virgen de la Encina, vestida con manto negro; la Oración del huerto, Jesús Flagelado, la Piedad y Cristo Yacente.
Por último, recordó el momento del encuentro de Jesús con su Madre, representado por las imágenes de Jesús Resucitado y de la Virgen de la Encina, Patrona del Pueblo, en el que interviene el grupo del paleo o las danzas, en que se manifiesta la alegría ante el triunfo de Jesús sobre la muerte.
“La Semana Santa termina con la Resurrección. Esto debe llevar al cristiano a vivir con esperanza y alegría el misterio de la Pascua”.

Eutimio Cuesta

La Iglesia de Gajates

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La Iglesia de El Salvador se encuentra en la Plaza de don Pedro Aponte, llamada así por encontrarse dentro de la Iglesia el sepulcro de este clérigo, “Beneficiado de Gajates”. Este sepulcro (de finales del siglo XVI) permanecía oculto, bajo un arco de medio punto y fue descubierto en una de las recientes restauraciones del templo. La Iglesia es de una sola nave con ábside semicircular y tramo recto; mide en su interior 25’10 metros de largo por 7 de ancho. Se trata de uno de los templos mayores de la zona.

Hasta hace unos años, una gruesa capa de mortero y encalado enmascaraba sus formas mudéjares más puras. Tras la reforma, se pudieron a descubrir uno de los distintivos más singulares del denominado “Románico del ladrillo”: sus arquerías ciegas superpuestas con doble y triple rosca, que configuran el ábside en su cara interior y exterior, y que remata, en su cornisa con la decoración reducida de unas filas de ladrillos esquinados, que sólo muestran uno de sus ángulos; otra peculiaridad típica del mudéjar- románico es la bóveda de ladrillo, en este caso, de media esfera, apoyada sobre los resaltes planos de sus muros, técnica que descarta la importancia de la columna, imprescindible en los templos de cantería. Se trata, por lo tanto, de una arquitectura de albañilería frente a la cantería de románico y el gótico, basada en la utilización de materiales baratos: el yeso, el ladrillo y el barro vidriado, que, al alarife, le resulta fácil conseguir en el medio, y que se ajusta a la precaria situación económica de los contratantes.

Sus muros son muy gruesos, y como ya hemos indicado, están estructurados por un esqueleto de arquerías ciegas de escasísima proyección, superpuestas en varias franjas, constituyendo una especie de muro compuesto, sistema que le proporciona solidez y, a la vez, aspecto decorativo por su riqueza aparente y por su color. Sin duda, es lo que se conserva de su estructura original, por lo demás, el templo ha recibido añadidos a lo largo del tiempo.

Además, muestra un pequeño pórtico con siete columnas de granito del siglo XVI. A los pies, se erige la torre, que es, en su base, de sillares de granito, más arriba de mampostería y, finalmente, de ladrillo y vierte a cuatro aguas
La iglesia de Gajates es un ejemplar del arte mudéjar, estilo que se le considera como hijo del hispanoárabe, y que Amador de los Ríos propone esa denominación, apoyándose en que así se llama a los árabes sometidos a los cristianos. El mudéjar es un estilo, esencialmente, decorativo y consiguió crear obras de deslumbrante por su riqueza aparente y por su color, pero, sobre la base, de materiales baratos, como el yeso, el ladrillo y el barro vidriado.
Podemos datarla, como las demás iglesias de su entorno, a mediados del siglo XIII, después de la repoblación del alfoz de Alba de Tormes por Alfonso IX, que tuvo lugar en 1224.

De vuelta de la visita a la iglesia, me señalaron los restos de unos muros ruinosos, que aparecen a las afueras de la localidad, próximos al camino. En Gajates, le nombran “el palacio”, y que, verdaderamente, lo fue, a pesar de que hoy sólo quedan en pie dos paredes ruinosas, una de ellas con dos ventanas saeteras. En el “Libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca” (1604-1629), un clérigo anónimo, visitador oficial del Obispado que recorrió durante unos años la diócesis salmantina, al referirse a Gajates, además de los apuntes relativos a sus rentas, estado de la Iglesia y sacristía, hace este comentario “Aquí tienen los Duques un Palacio bueno”. No sabemos mucho más, salvo, su pertenencia a la Casa de Alba. Actualmente se encuentran en la tierra de un particular.

Eutimio Cuesta

El cacho y el trozo

cacho-trozoNo es lo mismo cacho que trozo. Los del cacho andan a tres menos cuartillo; en cambio, los del trozo son aquellos, que predican que vamos por buen camino y se lo creen, o, al menos, lo aparentan.

Me levanté aquel día muy temprano. Los chupiteles gordos y puntiagudos colgaban de los tejados. Una bandada de pájaros picoteaba la paja, que el tío Ángel había desparramado sobre la nieve, para evitar que nos rompiéramos la crisma. Aquella noche había helado mucho. La voz del sereno sonaba limpia y tintineante en el hueco inmenso de un firmamento estrellado. Te daba la impresión de que el mundo fuese una damajuana de cristal transparente.

Aquel día no hubo escuela. Nuestras madres nos decían: “Quietecitos en la cama, que ha nevado y hace mucho frío”.

Nosotros, al oír la palabra fatídica de frío, nos arrebujábamos más en la manta y rebuscábamos el escaso rescoldo que se escondía entre las sábanas.

Aquella lumbre era demasiado escasa y demasiado pobre para tanto frío. Escarbar era casi inútil, se trataba de una lumbre de burrajos, que tenía en el medio un poco de cisco rojo y unos palos delgados de roble, que parecían los bigotes de un gato, y que se consumían casi al instante.
Nosotros no teníamos monte ni cepas ni manojos ni aquellos pucheros grandes que servían para todo; ni calderas de cobre suspendidas de las llares, en las que hervía el agua sin parar; ni sartenes grandes, que sobresalían por todos los costados de las “estrébedes”, en las que se freían los torreznos grandes, los trozos de chorizo y los huevos en un santiamén.

La cocina de mi madre tardaba muchas horas en cocer los garbanzos, en freír el cacho de tocino, el cacho de chorizo y el cacho huevo. En la lumbre del señor de la casa grande, todo era grande, trozos grandes de tocino, trozos grandes de chorizo, huevos grandes, que se deslizaban por el culo de la sartén.

En la casa de mi padre, todo eran cachos: el cacho tocino, el cacho chorizo y el cacho huevo.

No sabía explicarme tanta diferencia ni sabía explicar por qué existía tanta desventaja entre las lumbres; ni tampoco entendía por qué la lumbre del señor de la casa grande era de garrobaza y de palos grandes de encina y de cepas, que no se consumían nunca, que hacían retirarse para atrás y llenaban de “chivas” las piernas de las mozas.

Mi madre, para podernos calentar los pies, nos encendía un cacho de brasero de cisco.

Y no quedaba ahí la diferencia de clases. En la escuela, había niños que entraban con los mocos helados pegados en el labio de arriba. No tenían ni moquero para limpiarse los mocos. Estos muchachos entraban en la escuela calentándose las manos con el aliento. Aprovechaban todo atisbo de calor que manaba de su cuerpo. Y Tenían los pies como carámbanos, porque no podían alcanzarlos con el aliento. ¡Cuánto frío! Frío en casa, mucho frío en la calle, mucho frío en la escuela y mayor frío en la iglesia. Todo el pueblo, desde noviembre hasta marzo, era de frío.

Había otros niños, que llevaban una estufa a la escuela. Aquí también había desventajas. Había estufas que eran latas de sardinas, las madres, antes de salir de casa para ir a la escuela, las llenaban con un rescoldo de paja de burrajos. ¿Eran como un engaño o un consuelo? Cuando llegabas a la escuela, no quedaba una brizna de calor. Era inútil que llevases la cuchara para escarbar, ¿qué ibas a encontrar dentro? En cambio, existían las estufas de caja de metal, con tapadera agujereada y con unos listones de madera encima para que no se quemasen los zapatos ni los pies. Esta estufa era el patrimonio del hijo y de la hija del señor de la casa grande. Ésta sí que daba calor. Estaba llenita de ascuas de palos de encinas, de manojos encendidos y, para que durasen más, las madres las cubrían con ceniza de garrobaza bien prendida. A veces, dejaban poner sobre la tapadera un cacho de pie a los compañeros que tenían al lado, pero sólo un cacho, que ni siquiera servía de alivio. Me vino esta historia verdadera de antaño, porque un amigo me habló en la tertulia de una estufa que le había regalado una amiga.

Eutimio Cuesta

Imágenes silenciosas

A medida que leía “Contra paraíso” de Manuel Vicent, se me iban despegando de la memoria pedazos de vida, que son retazos y añoranzas de un pasado que me resulta lejano. Yo no sabía que las cosas que suceden en los pueblos, por muy distantes que éstos estén (uno en la costa de Levante y el otro, en la meseta leonesa), las vivencias cotidianas sean tan parecidas, tan iguales, tan cercanas y tan patria. Yo creí siempre que los niños pequeños de mi pueblo eran losúnicos del mundo que vestían pantalón corto, sujeto con un tirante cruzado amarrado a un solo botón, y que tenía, además, una raja en el trasero, para aliviarse de entero donde y cuando le venía en ganas; pero no es así, también en el pueblo de la costa levantina, sucedía lo mismo; yo creí siempre que algunos niños de mi pueblo eran los únicos, no todos, quienes mamaban hasta los siete años, y que la madre era capaz de aguantar los mordiscos con la sola queja de ” un tu padre”.

ninios-macoteraY seguí leyendo y comprobé que, en aquel pueblo como en el mío, las abuelas y las no abuelas rezaban con la misma devoción el “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal; líbranos, Señor, de tanto mal”; y que, por la mañana, se despertaban con el toque de la campana de la ermita de la Virgen y que el mismo bullicio rompía el silencio de la madrugada con el repetido saludo: “Buen día nos dé Dios”; y seguía con el mismo trasiego de caballerías y de yuntas con el carro y el arado uncidos a sus espaldas, camino de la besana, y con el griterío de los niños, camino de la escuela; y, luego, esa agitación mañanera se cortaba de repente, se enmudecía, se paralizaba y, sólo, le interrumpía la campanada del reloj, que anunciaba la hora.

Y, en aquel pueblo como en el mío, la lechuza se bebía el aceite de la lámpara de la ermita; y los niños elaboraban canicas con barro de arcilla, que ponían a cocer al sol sobre una tabla jubilada por el uso y carcomida por la edad; y, también, que había niños, que se sentían más fuertes que otros, porque eran dueños de una canica de acero, que pulverizaba en la refriega las canicas endebles del contrincante. Y en aquel pueblo y en el mío, era imagen común ver a la criada y al ama con la tabla al hombro, portando tortas alineadas bajo una sábana blanca o de dril camino del horno, seguidas por un niño que llevaba de la brida un caballo de cartón, que le habían echado los Reyes. Y en aquel pueblo y en el mío, los fideos de hoy son de color blanco, más estirados, más finos, más lavados, menos gustosos, de otro apaño; en cambio, los fideos caseros, los que se hacían con aquellos grandes coladores de harina de trigo candeal, eran de color amarillo, más gruesos, más duros, más sabrosos y nutritivos; los recuerdo estirados, como hilachas, recolgados de un varal sostenido por el respaldo de dos sillas, y puestos al amor del sol y del aire, que entraba por la ventana; y recuerdo también como aquellas hebras de masa peinada, eran migadas por la presión de las palmas de las manos del ama de casa antes de verterlas en el caldo caliente del cocido, aperitivo de garbanzos, relleno y cacho chorizo bofeño.

Son imágenes dormidas en la hemeroteca del tiempo y que, a veces, nos vienen a colación, como aquella otra de los bautizos. La voz entre los chicos corría como la pólvora: “Van a tirar”, y esperábamos a la puerta de la iglesia a que saliera el recién cristianado, y nos uníamos al cortejo para hacer vez; y después de tomar el dulce y el trago los cercanos, salían el padre, la tía y la prima de la criatura con un canasto o fardel repleto de golosinas: caramelos, confites, avellanas, castañas pilongas (lo que se terciara), que los muchachos y los no muchachos pescábamos al vuelo; pero los muchachos estábamos más alerta al turno de las monedas, de aquellas perras gordas y chicas de níquel, que se embadurnaban de barro en tiempo de lluvias, y de polvo en tiempo seco, pero era igual, se lavaban en cualquier charco de la calle o en el pilón de la plaza de la Leña; y no les dábamos tregua en el bolsillo, pues, aún oliendo a humedad retenida, las gastábamos en palo dulce y regaliz en casa de los Paneras o de la Pericacha. Entonces, los bautizos eran un acontecimiento tanto para mayores como para pequeños, pues a nadie amargaba un “dulce” ni le venía mal la perra, aunque fuera chica.

Y recuerdo aquellas noches de frías nevascas y hielos, de luna llena vidriada, reflejándose en el carámbano del charco, silenciosas, interrumpidas sólo por el ladrido de un perro que anunciaba la presencia de algo extraño, o por el llanto de un niño aquejado de erisipela o por la voz espesa del sereno, anunciando la hora, y que quitaba miedos (a mí me aliviaba el miedo la voz del sereno); y recuerdo sentirlo golpear la ventana de la sala, donde dormían mis padres: “Pedro, levántate, que la fulana ha roto aguas”. Yo, entonces, ignoraba lo que era romper aguas, y me daba un poco de vergüenza preguntarle a mi madre qué era eso de romper aguas; y mi padre se levantaba, se ponía la pelliza, los guantes y cogía la cartera, y taconeando con el bastón, se ponía al habla con el sereno, que le acompañaba hasta el casa de la parturienta, y, a la vez, sentía como sus pisadas se perdían lentamente destripando la nieve blanda, a medida que el miedo, incluso un miedo más grande, volvía a aposentarse en mis entrañas, que yo intentaba disimular apatuscándome más y más entre las mantas, hasta llegar a transformarme en un ovillo.
Y, entre las distracciones más apasionantes de los muchachos de mi pueblo y del pueblo levantino, se hallaba lo del apareamiento de los perros. Se trata de una escena curiosa, llena de malicia y de picardía infantil. En mi pueblo, decíamos que la pareja está cachipegá; en este caso, el jolgorio, el desenfreno y el vocerío atronador sonaban hasta atemorizar a la pareja, que no sabía cómo deshacer el “nudo”: ella intentaba huir en su sentido y el macho en el suyo; y, en aquel tira y afloja, se arrastraban entre el acoso de los desaprensivos mocazos, hasta que, al fin, el celo se desinflaba y cada uno se perdía, como el rayo, con la vergüenza al hombro por la senda de la libertad, si es que los perros tuvieron, alguna vez, vergüenza de copular en público. Pero el colmo de la travesura infantil no acababa aquí, la broma se cebaba con más descaro e inquina contra el dócil, manso y fiel amigo del hombre. El juego consistía en sujetar al pobre animal y, ante su indefensión resignada, se le ataba una lata al rabo y se le soltaba de inmediato; el perro, en su huida desenfrenada, era azuzado por el ruido infernal del artilugio que le aguijoneaba las patas y pedía asilo y protección en casa del dueño, en cuyo portal entraba jadeante y despavorido, alarmando al ama de casa, que estaba friendo un cocho de costilla para comer; y el amo, entre mil improperios, liberaba, cariñosamente, al pobre canino de la fechoría que le acechaba, al tiempo que le consolaba con arrumacos y carantoñas de tamaña vejación.

Y estas artimañas también se producían en el pueblo de Levante, quizá con menos ensañamiento, pero con la misma insolencia y aspaviento. Y aún quedan mil cosas e imágenes dormidas en la sala oscura, esperando su oportunidad de salir a la luz del recuerdo.

Eutimio Cuesta

Mi sombra y yo terminamos de llegar

EutiCalienta. Cuando me calé el sombrero para salir al campo, me tuve que poner una chambra, pues refrescaba. Hoy, he pateado un cuarto de término encadenado a mi sombra. Todo un trayecto. Mi sombra iba delante, imitando mis movimientos; en otra posición, se ponía a mi lado y conversaba conmigo; en otra postura, se colocada detrás, y sentía cómo se mofaba de mi facha, desgarbada y cansina, de los muchos andares y de las mil fatigas; pero, a pesar de todo, mi sombra me sigue teniendo cariño, y me ha jurado morir conmigo, y que ella no se queda, en este mundo, sin mí. Mi amiga fiel. Hoy, he tomado una ruta nueva, desconocida, y me he perdido, porque no sabía por dónde tirar, aunque los puntos de referencia me orientaban en la distancia. Seguí el camino de la fábrica hacia Guedejas, y me llevó la curiosidad por un sendero a la derecha, (antes de llegar a los “Infiernos”), y lo seguí en busca de una salida; mientras avanzaba, ni un alma, ni un pájaro; en la rastrojera, sesteaban diseminados rebaños de pacas, que esperaban al mayoral que las embarcase para la hacina; alguna tierra salpicada y sembrada de cardos de luminaria de la Virgen de la Encina; y, muy raro, tan raro, como que yo me metiera por allí, un coche colorao, aparcado a la vera del camino; tenía matrícula de Madrid, me la aprendí por si era necesario comentar nuestra locura. Lugares de “valdes” (valle) como Valderrón, Valdelamora, Valdesalegas, Valdeviterna, (valle de la vida eterna, con su fuente de agua milagrera, que curaba los males del cuerpo y del alma; tierras de pleitos. E, intermitentemente, le preguntaba al campo ¿dónde se han metido los pájaros y las alondras y las perdices y las liebres y las alimañas y …?
Y se me encogía de hombros.

Y andaba un tramo más, y le volvía a interrogar por el hombre encorvado, sobre la tierra, que hacía la siembra, y la siega, y la escarda, y esparramaba basura, y se alzaba para encaramar los haces a la barcina…

Y arrugaba el ceño.

Y deambulaba un poco más, y le intentaba sonsacar sobre qué ha sido de aquel olor a tortilla, y a torreznos, y a cebolla, a vino de barril…

– ¿Qué quieres que te diga yo?, me espetaba.

Y mientras subía una pequeña loma en silencio, el campo aprovechó el momento, para devolverme las preguntas.
– Oye, Timi, ¿por qué no se ven alondras en estos mis parajes, ni hombres con abarcas, ni yuntas, ni fiambreras brillando al sol, ni…?

Yo sí tenía respuestas y se las di; las mismas explicaciones que le hubieses dado tú.

Entonces, el campo se sumió en sus tristezas, mirándome sin ver, sin comprender; como un alucinado sin luz, y se tocaba los vestidos confuso, como ido, y aterrado al mismo tiempo. Intenté animarlo, desprenderle su angustia y pena. Reconfortarlo:
– ¡Campo, tú todavía estás aquí!

Y antes de cruzar la carretera, en un cacho de prado, pastaban unas vacas; cortésmente, levantaron la cabeza para saludarme, y continuaron a lo suyo; unos ciclistas sudaban un trozo de cuesta; crucé la carretera y mi curiosidad continuaba llevándome de su mano. Caminaba al son que marcaban mis pisadas, que reventaban las mil arenillas; mi sombra era mi única compañera; y bajé una cuesta, y llegué a una pequeña encrucijada de caminos: enfrente el monte y unas casas; me percaté de que me hallaba en el monte de los Gómez, porque, en esa explanada de casas y prado, nosotros, de más jóvenes, celebramos los actos del primero de mayo, con juegos y merendolas. Me decidí por el camino de la derecha, que mira a las lomas del prado en lontananza; en una tierra de pajas, cercada de alambre, una piara de vacas almorzaba plácidamente; y, con mucho respeto y extrañeza de mi presencia y figura, alzaron la cabeza para preguntarme si necesitaba algo o qué buscaba por allí. Correspondí a su gentileza, y continué camino abajo; me tropecé con una panda de zarzas, apoyadas en el vallado de un pequeña cañera: todas las moras heladas, ateridas por los fríos de la noche; un coche bajaba por un camino, procedente de la carretera; me observó y, al verme por allí perdido por andurriales, para mí, casi desconocidos, paró; el amigo Goyo iba a ver sus vacas, y me señaló la Cabezota y, de repente, se despertó, en mi memoria, la imagen de la charca, de la fuente de agua cristalina y del grillo cantaor, que traje bajo el sombrero, y que armonizó tantos mis sueños y compitió con tantos mis ronquidos, y también me mostró la senda que debía conducirme a mi casa; pero, ya que estaba en el monte, quise comprobar si había buena cosecha de montanera y, a fe, que las copudas encinas están plagadas de bellotas: buen año para el recebo del ibérico; y, asimismo, contemplé un ala de color gris y negra de paloma, apoyada en la sombra de una encina, y, a la vera de una cañera, una culebra o bastardo dejó abandonada su raída camisa prendida a unos matojos, y, remudada, reptaba de caza por eso campos exhaustos en busca de un ratón o un pájaro adormilado por el calor de un sol despiadado: únicos vestigios de vida. Trochando tierras de buen pan llevar, abriendo camino al andar y guiado por la rodera de un tractor, di con el camino de Tordillos a Santiago; la charca del prado reseca como el campo, ni una gota de agua, con una corona de hierba más verdeja en la frescura de su clave; los huertos familiares, sin oficio ni beneficio, esperan nuevos inquilinos que los revivan en vergel.

Ya notaba el cansancio y apenas me encontraba con alguien, que me sirviera de pretexto para detenerme a aliviar el jadeo: di, por fin, con la presencia de Ramiro, el vecino, y más adelante con la de José el Piro, con la de Ventura Pucherero y con la de Manolo Gui; y con un coche, que me vertió encima todo el polvo del camino, sin querer. Y estas paradas me permitieron un respiro, que agradeció todo mi cuerpo.

Y llegué a casa con catorce kilómetros a la espalda, medio desfallecido, hambriento de agua y de energía de quemar, con mucho sudor en las axilas y en la cintura; pero, contento, porque había atendido el consejo del médico y me había dado tiempo a ser feliz y a hilvanar estas líneas, que saben a naturaleza, a sol, a sudor y a fatiga; a recuerdos, no añorados por su dureza de sed y lágrimas; y a fragua forjadora de hombres recios, nobles, aguerridos y austeros, que bien merecido tienen el disfrute de unas fiestas de verano, que saben a gratitud.

Eutimio Cuesta