¿De dónde vino mi apellido?

apellidos-macoteraTodos nos sentimos igualmente macoteranos. ¿Por qué dudarlo, si es así? Pero no todos nos ubicamos en Macotera al mismo tiempo; nos hemos ido incorporando, paulatinamente, y en distintas hornadas de la historia. Nos consta que los apellidos Gómez y Martín fueron los primeros, que ocuparon las casas vacías de la aldea de Macotera en los años de la repoblación de las primeras décadas del siglo XIII; después, vinimos los demás: los Blázquez, los Bueno, los Jiménez, los Bautista, los Cuesta, los García, los Celador, los Zaballos, los González, los Rubio, los Durán, los Hernández, los Horcajo, los Gutiérrez, los Nieto… Mucho después, se fueron acomodando otros, que, atraídos por el progreso general, llegaron con un oficio debajo del brazo. Fue el caso del apellido Casado, abuelo materno de Segis García Morenito, natural de Barrucopardo, que vino a Macotera a ejercer de cirujano; el apellido Calvo (Dimas), ganadero, procede de Ledesma, pero el primer Calvo macoterano vino de San Miguel de Serrezuela, se casó aquí y aquí montó el hato; Cosmes, desconocemos de dónde y por qué vino, anda por Macotera desde1680, y de la mano del nombre Lorenzo; Castelló, los esquiliches, procede de Perales del Alfambra (Teruel), se ubicó aquí en 1860; Domínguez procede de Alba de Tormes: molinero, uno; y sacristán, otro; Izquierdo, zapatero, natural de Utrera (Sevilla), se asienta en este pueblo en 1760; Losada, cirujano, barbero y sangrador, procede de Villalpando, se instaló en este lugar en 1750; Madrid vino de Ventosa de río Almar, labrador, se situó en nuestro pago en 1676; Matilla, procede de Pozo Antiguo (Zamora), data de 1877; Oreja, labrador, natural de Herrezuelo (Anaya de Alba); Quintero se desplazó de Cantalapiedra, notario o fiel de fechos, en 1751; Ruano, labrador, natural de Gajates, en 1860; Salinero, herrero, procede de Puebla de Yeltes, se asienta en Macotera, en 1770: Taramona, veterinario, oriundo de Sodupe de Guenes (Vizcaya), se trasladó con su familia en 1798; Walias, procede de Aldeaseca de la Armuña y se apuntó a la lista en 1704. Hay muchos más: los dejamos para otra ocasión.

Eutimio Cuesta

La Navidad al amparo del morillo

navidad-macoteraRemovemos las brasas con las tenazas y nos centramos en el tema navideño. La señora Mª Francisca la Lorenzana nos habló del plato típico de la Navidad macoterana de entonces. El cabrito no faltaba nunca en casa del rico o el arroz con pescado, mucho pescado. Recuerda al tío “Antón” y a Alonso el Alto, cómo, en las vísperas de Navidad, con los lechales al hombro, recorrían las calles del pueblo ofreciendo el producto. Cada corderillo costaba diez reales. Los más pobres acudían a casa de los carniceros a comprar rabos de cordero, que estaban muy buenos con patatas; los había aún más necesitados, que cambiaban las mondajas de las patatas, para las caballerías, por pedazos de pan. Nos cuenta de una familia que marchó a América, que solía traer a su casa las mondajas y les colocaban sobre la mesa unos rescaños de pan y, de alegría y agradecimiento, bailaban en torno a la mesa, como si de un dios del bien se tratase.

El postre solía ser el tradicional: higos, castañas, nueces y turrón. Turrón de La Alberca. “Los domingos anteriores a Navidad venían las turroneras de La Alberca, colocaban sus puestos en la plaza y recorrían todo el pueblo ofreciendo el empalagoso manjar. Se cocían muchos peroles de castañas y, cuando éramos pequeños, jugábamos a ver quién cogía más castañas con el puño. Después de cenar, los mayores jugaban a las cartas u organizaban un baile; en este caso, se tocaba la badila, el almirez y la botella, y a bailar todo el mundo hasta la hora de la “misa del gallo”.

Salió en la conversación el día de Reyes. “Ahí enfrente, había una piedra que sobresalía de la pared (en la cocina); sobre esa piedra, poníamos los zapatos. No existían juguetes. Nos metían en los zapatos alguna perra, higos, castañas y un cacho de turrón. Nos despertábamos tan contentas”. Ella sí creía en los Reyes Magos. Lo que sí recuerda con nostalgia era la gran amistad que existía entre los vecinos.

La Navidad no es más que eso: un nacer, cada año, al amor, al acercamiento entre las gentes y al entendimiento de los pueblos. Todos añoramos, esos días, un rescaño de paz.

Eutimio Cuesta

La Plaza Mayor de Macotera

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Todos los caminos vienen a la plaza y, hacia todas las calles, se derrama la plaza. El recinto hace honor a su función: ser plaza. La plaza es el lugar de encuentro, el lugar de cita y el centro de manifestaciones populares y de juegos infantiles. Si la miras desde la calle del Cardenal Cuesta, (antes del Beneficio) se alarga en su forma irregular y porticada, (en dos de sus cuatro lienzos), hasta la salida hacia Peñaranda. La plataforma que se extiende, como alfombra, ante la fachada principal de la iglesia estaba empedrada, y la entrada al templo parroquial le precedían grandes lanchas de granito; el resto del piso de la plaza era tierra apisonada, que se ablandaba y se deshacía en barro en los tiempos de lluvia.

Como vigía, ante la puerta “lantera” de la iglesia, se alzaba una cruz de piedra de granito hincada en un pedestal y con una grada alta del mismo material. Desde la grada de esta Cruz, el alguacil pregonaba los avisos semanales municipales después de misa mayor y que, luego, se exponían por escrito en la “mimbre” a la puerta del Ayuntamiento y, en estas gradas, se sentaban los más ancianos a la espera de la última esquilá a misa. (Esta Cruz fue derribada cuando se pavimentó la plaza, y se encuentra presidiendo el museo litográfico, que conserva en su corral Pedro Bueno Espantagallos). Compañera de la cruz, el Movimiento erigió una fuente de hierro con dos caños opuestos, que mostraba, en su frente, las siglas de Falange Española. El agua, que distribuía, generosamente, esta fuente, procedía del depósito, que estaba ubicado en el sitio, que hoy ocupa el velatorio. Esta agua procedía del Pocillo, aledaño al regato del mismo nombre, que se hallaba a escasos metros de dicho depósito. Discurría por una tubería, que, en la plaza, se bifurcaba: un ramal alimentaba la fuente de la Plaza y el otro se dirigía a la fuente de Santa Ana. En la fuente de la Plaza, los cántaros se llenaban enseguida; en cambio, el agua llegaba tan cansada a la Santa Ana, que tardaba las horas muertas en llenar un cántaro. Decían algunos que era, porque no estaba protegida por las JONS. El caso es que siempre que se pasaba por su cercanía, encontrabas decenas de cántaros y baldes esperando la vez bajo la sombra de las acacias. Antiguamente, (siglo XVI) el espacio presidido por la cruz y la fuente fue utilizado como lugar de enterramiento; poco tiempo después, se tomó la costumbre de abrir las tumbas dentro de la iglesia. Entre dos estribos de la iglesia, enfrente del Consistorio, se hallaba el osario, donde se recogían los restos cuando se alzaba la pizarra para inhumar un nuevo cadáver.

El piso de la plaza no era una superficie plenamente llana, hacía como dos insignificantes pendientes que se aristaban a la altura de la calle del Oro, que la dividía en dos partes: la plaza de acá y la plaza de allá. La plaza de allá era la del Ayuntamiento, donde se reunía la gente a escuchar al gobernador o a la personalidad de turno, que hablaba desde el balcón de Ayuntamiento; se celebraban las corridas de novillos, se corrían los gallos el día de san Antón, se sorteaba el espigadero de las ovejas y se celebraban los bailes del domingo y del día festivo. La plaza de acá era el lugar de cita y espera; era el lugar donde los obreros, con su cigarro colgado de una esquina de la boca o cobijado en el hueco de la mano, asido con las yemas del pulgar y el índice, para que le durase más y no se lo chupase el viento, acudían cada mañana en busca de jornal bajo el soportal de Agustín Gómez; el lugar donde los hortelanos foráneos colocaban sus puestos de hortalizas y legumbres los domingos durante los horarios de misas; el lugar de la noria, del churrero, de la terraza de los cafés de la Anita y de Francisco Pericaño; la terraza de Anita se situaba junto a correos y yo tengo, en mi retina, aquel velador rodeado por Manuel Malacara, Marcelino Abuelito, Paco Molinero, Germán el Herrero, Juan Sacristán y José Manuel Morenito; de los puestos de helados y chucherías en las fiestas de san Roque.

La plaza no sólo era eso; era como la raya que dividía al pueblo en dos mitades: los del barrio de arriba y los del barrio de abajo. Y, en esa época, allá por el siglo XVI, XVII y XVIII, el pueblo elegía dos alcaldes, de nombramiento por un año: medio año mandaba uno y medio año el otro; pero la rivalidad entre un barrio y el sucedáneo era tan patente que llegó a plasmarse en una canción – himno, muy popular y definidora del tinte santanero, que ha perdurado hasta hoy día; me refiero a “La calle de santa Ana”

En la calle de Santa Ana,
¡Lolita del alma!
dicen que no vive nadie,
vive la luna y el sol
¡Lolita del alma!
y el lucero cuando sale
Que ahora, ahora, las traigo yo,
las avellanas para los dos,
ahora, ahora las voy a traer
las avellanas para los tres.
En la calle de Santa Ana
¡Lolita del alma!
hay bellotas como peras
para cebar a las damas,
¡Lolita del alma!
de la calle Las Aceras
Que ahora, ahora, las traigo yo …
En la calle de Santa Ana
¡Lolita del alma!
hay un ratón con viruelas
y a la cabecera un gato
¡Lolita del alma!,
poniéndole sanguijuelas

Eutimio Cuesta Hernández

El apellido Madrid macoterano

madrid-1850

Rama de Alonso Madrid Sánchez Dicen que cuando el diablo no tiene que hacer… El tiempo lo gasta en lo que quiere, pues es suyo, y lo sano es emplearlo en algo que pueda merecer la pena. Me he pasado unos días rebuscando el origen del apellido Madrid macoterano.  ¿Y qué adelanto?, me dice un amigo. Pues nada, interesarme de quiénes son los ancestros de mi mujer. Después de desenredar el ovillo, he concluido de que todas las familias Madrid son primos hermanos. Lo podéis comprobar en la lista.

El apellido Madrid macoterano procede del pueblo de Ventosa. Un hijo de Francisco Madrid y de Catalina Jiménez, Juan Madrid Jiménez, decidió trasladarse a Macotera, y, aquí contrajo matrimonio con Isabel Sánchez, una viuda peñarandina, el día 17 de mayo de 1676. La pareja tuvo diez hijos: una buena raíz y un excelente tronco.

Antes de comenzar a trazar el árbol de los Madrid, quiero contar un hecho significativo de los Madrid de Ventosa. Manuel Madrid, tío de Juan Madrid Jiménez, primer individuo de este apellido que se asentó en Macotera, fue uno de los perjudicados por la guerra de Sucesión española (1702 – 1713). Los portugueses, aliados con los ingleses, mandados por el vizconde de Fonte Arcada, invadieron la provincia de Salamanca, camino de la conquista de Madrid. En su avance, cruzaron pueblos y arrasaron con todo lo que les era necesario. En Ventosa, atraparon buen número de caballerías y, al pobre de Manuel, a pesar de sus ruegos y demandas de clemencia, le hirieron de muerte, con una lanza, la yegua y una pollina. Desfallecidas, cayeron muertas a la vera del arroyo Almar. El pobre Manuel perdió los ochocientos reales que valían los animales.

La variedad la han dado los distintos apodos que identifican a las distintas ramas Madrid de Macotera: horneros, castores, madriles, patitas, cortos…Varios más; pero el origen es el mismo.

En 1573, una tal Inés Madrid “Madric”, natural de Araúzo se casó en Macotera, pero no dejó huella por aquí. Estoy seguro de que los Madrid vais a disfrutar buscando a vuestros abuelos. No creo haberme olvidado de alguno, si así fuere, no hay problema en dar un vistazo por las fuentes.

  • Juan Madrid Jiménez es el paterfamilias de los Madrid macoteranos. Juan es natural de Ventosa de Río Almar. Contrajo matrimonio con Isabel Sánchez, una viuda peñarandina el 17 de mayo de 1676. Son los padres de María Madrid Sánchez (+) (22/08/1678), Catalina Madrid Sánchez (11/05(1680), Alonso Madrid Sánchez (4/02/1682), Juan Madrid Sánchez (1683), Isabel Madrid Sánchez (22/09/1685), Adrián Madrid Sánchez (13/08/1687), María Madrid Sánchez, 30/04/1689), Ana Madrid Sánchez (8/01/1691), Antonia Madrid Sánchez (13/08/1692), Francisco Madrid Sánchez (5/01/1695) (+) y Francisco Madrid Sánchez (25/05/1699)
  • Alonso Madrid Sánchez (mayordomo de la iglesia en 1713) se casa con María Bueno Cuesta, padres de Isabel Madrid Bueno (12/04/1707), Beatriz Madrid Bueno (+) (8/07/1709), Ana Madrid Bueno (15/11/1711), Alonso Madrid Bueno (24/09/1714), Francisco Madrid Bueno (+) (26/03/1717), María Madrid Bueno (+)) (21/05/1719), María Madrid Bueno (13/10/1720), Francisco Madrid Bueno (20/10/1721), Rita Madrid Bueno (21/02/1726) y Beatriz Madrid Bueno (4/10/1728)
  • Alonso Madrid Bueno se desposa con María Sánchez Bueno (5/02/1738), padres de María Madrid Sánchez (1735) (hija natural), Ana Madrid Sánchez (20/04/1739), Rita Madrid Sánchez (5/11/1740), Antonia Madrid Sánchez (3/12/1744), Alonso Madrid Sánchez (25/09/1750), Francisca Madrid Sánchez (8/10/1748), Micaela Madrid Sánchez (21/11/1752), Antonio Madrid Sánchez (7/01/1755)
  • Juan Madrid Sánchez se casa con Catalina Bueno Cuesta, padres de Juan Madrid Bueno, Alonso Madrid Bueno (8/10/1722), Isabel Madrid Bueno (8/10/1722).
  • Juan Madrid Bueno contrae matrimonio con Isabel García García (08//02/1741), padres de Pedro Madrid García (13/11/1741) , Antonio Madrid García (23/02/1750), Isabel Madrid García (+) (19/09/1751), Isabel Madrid García (27/04/1754), Juan Madrid García (23/04/1756)

Rama de Juan Madrid Sánchez

  • Juan Madrid García, de oficio tejedor, a los 48 años de edad, se desposa con Francisca Teresa Losada Hernández, de 28, (12/02/1806),  padres de Juan Madrid Losada (29/8/1807),  Lucas Madrid Losada (04/08/1813), Agustina Madrid Losada (17/08/1817)
  • Juan Madrid Losada se casa, en primer lugar, con Ana Rodero Jiménez (14/2/1825). Enviuda, y se une en matrimonio con Beatriz Hernández Bonilla (27/11/1830), madre de Juan Alonso Madrid Hernández, (01/02/1852), (se casa con Beatriz Sánchez Sánchez), Pablo Madrid Hernández (22/04/1837), Rafael Madrid Hernández (17/01/1833) y Antonio Madrid Hernández (28/11/1834), Agustina Madrid Hernández (18/09/1839), Isabel Madrid Hernández (10701/1845), Rafaela Madrid Hernández (05/06/1848)
  • Juan Alonso Madrid Hernández, tejedor (Montemolín) se casa con Beatriz Sánchez Sánchez (30/06/1877). De la pareja nacen: Mª Concepción Madrid Sánchez (27/04/1878), Juan Antonio Madrid Sánchez (21/10/1879), Beatriz Rosa Madrid Sánchez (10/08/1886) Juan Manuel Madrid Sánchez (21/12/1881); José Madrid Sánchez (07/01/1889)  éste se casa con Brígida Martín García el 25 de febrerode 1933, y dos gemelos: Rafael y Ramón Madrid Sánchez (05//08/1891), Beatriz Madrid Sánchez (03/11/1894) (esta se casa con Rufo Castelló Zaballos, 25/08/1917), Elías Madrid Sánchez (03/07/1897)
  •  Juan Manuel Madrid Sánchez, hijo de Juan Alonso Madrid Hernández y de Beatriz Sánchez Sánchez, se casa con B´rigida Martín García, hija de Remigio Martín Madrigal y Mª Teresa García Bautista, (29/01/1910)

Pablo Madrid Hernández, de oficio tejedor, se casa con Ana Salinero Martín (07/02/1863). Tienen cinco hijos: Beatriz Madrid Salinero (24/02/1865, Jerónimo Madrid Salinero (20/09/1868),  Rafael Madrid Salinero (21/02/1872), Rosa Madrid Salinero (06/06/1874), Mª Antonia Madrid Salinero (26/02/1877)  y Victoriano Madrid Salinero (28/03/1880).

Jerónimo Madrid Salinero, se casa con Mª Josefa Salinero  Cosmes (27/05/1893). Son sus hijos: Pablo Madrid Salinerro (05/08/1894)

Victoriano Madrid Salinero se casa con Gertrudis Durán Bueno (20/09/1906). Son los madres de Gertrudis Rosa Madrid Durán (22/04/1909), Justino Madrid Durán (11/09/1907), Ruperto Madrid Durán (23/01/1911) y Benjamín Madrid Durán.

Rafael Madrid Salinero a se casa con Ramona Sánchez Hernández (21/05/1898). Son los padres de Rosa Madrid Sánchez (14/03/1899), Francisca Madrid Sánchez (17/09/1900), Justino Madrid Sánchez (21/02/1907), Teresa Madrid Sánchez (06/10/1908).

Rosa Madrid Sánchez se casa con Gregotio Martín Sanchez el día 6 de febrero 1926.

Teresa Madrid Sánchez se casa con Diego Blázquez Jiménes el día 15 de noviembre de 1930.

Francisca Madrid Sánchez se casa con Antonio Sánchez Sánchez el día 29 de diciembre de 1923

Jerónimo Madrid Salinero se casa con Mª Josefa Salinero. Son los padres de Pablo Madrid Salinero, Beatriz Madrid Salinero (1865) y Rafael Madrid Salinero (1872)

Rafael Madrid Hernández, oficio tejedor, se casa con Mª Concepción Salinero Martín. Son los padres de Mª Antonia Madrid Salinero (30/12/1864), Isabel Madrid Salinero (06/01/1865), Jerónimo Madrid Salinero (11/06/1866 +), Bernardino Madrid Salinero (20/06/1867), Ana Madrid Salinero (13/03/1870), y Antonino Madrid Salinero (12/10/1872), Manuel Anastasio Madrid Salinero (15/04/1874), Ana Catalina Madrid Salinero (29/04/1876), Fulgencia Madrid Salinero (10/08/1878), Jeronimo Madrid Salinero (11/12/1880),  Jerónimo Rafael Madrid Salinero, Juan Antonio Madrid Salinero ( 16/05/1862), (éste se casa con Josefa Barroso González (natural de Casas del Puerto de Villatoro) estos son los padres de Mª Concepción Madrid Barroso (01/09/1894), Teresa Madrid Barroso (17/06/1896), y Ramona Irene Madrid Barroso (14/05/1899); ,

Bernardino Madrid Salinero, hijo de Rafael Madrid Hernández y Mª Concepción Salinero Martín, se casa con Isabel Mª Tomasa Domínguez Gómez , huja de Manuel Domínguez Hernández (natural de Alba) y de Margarita Gómez Iglesias (natural de las Aceña de los Mínimos), 28 de enero de 1903)

Juan Antonio Madrid Barroso, hijo de Rafel Madrid Hernández y Mª Concepción Salinero Martín, se casa con Josefa  Barroso González, el 25 de noviembre de 1893

Manuel Anastasio Madrid Salinero se casa con PaulaJiménez García, el 23/09/1899

 

Rama de Francisco Madrid Sánchez

  • Francisco Madrid Sánchez se casa con Isabel Amores, natural de Tordillos. Tienen cuatro hijos varones: Francisco Antonio Madrid Amores (5/081727), Alonso Madrid Amores (13/10/1732), Basilio Madrid Amores (1/10/17436) y José Madrid Amores (15/04/1739).
  • Basilio Madrid Amores, hijo de Francisco Madrid Sánchez e Isabel Amores, se casa con Ana Blázquez Bueno (17/02/1762), padres de Francisco Madrid Blázquez (23/02/1763), María Madrid Blázquez (15/08/1765), Alfonso Celedonio Madrid Blázquez (16/01/1768) , Laureano Manuel Madrid Blázquez (07/07/1768), y Basilio Madrid Blázquez (6/10/1791)
  • Francisco Madrid Jiménez contrae matrimonio con María Panadero Rubio (27/04/1782), padres de Basilio Madrid Panadero (21/02/1784 + ), Basilio Madrid Panadero (06/10/1791)).

 

Madriles

  • José Madrid Amores, labrador, hijo de Francisco Madrid Sánchez e Isabel Amores (de Coca), se casa con Antonia García Bárez (21/04/1763), padres de Francisco Madrid García (29/01/1764) y Miguel Madrid García, (26/9/1793).
  • Miguel Madrid García se casa, en primeras nupcias, con Francisca Cuesta Hernández (26/09/1793), padres de Remigio Madrid Cuesta (27/10/1787); viudo, a los 35 años, se casa, de nuevo, con Ana Caballo Sánchez, moza soltera de 20 años, el día 29 de noviembre de 1803. Enviuda, por segunda vez, y contrae nuevas nupcias con Ana Blázquez García, de 23 años, (él ha cumplido 38), el 24 de noviembre de 1806. Con la tercera mujer, son sus hijos: Antonia Madrid Blázquez (22/9/1807), Teresa Madrid Blázquez (05/08/1809), Antonio Madrid Blázquez (07/10/1812, Alfonsa Eugenia Madrid Blázquez (10/03/1817) María Madrid Blázquez (16/04/1820)  y Gabriel Madrid Blázquez (1823)
  • Antonio Madrid Blázquez, de oficio labrador, hijo de Miguel Madrid García y de su tercera mujer, Ana Blázquez García, se casa con Tomasa Martín Jiménez (07/11/1831). Padres de Ana Mª Águeda Madrid Martín (03/01/1846), Antonio Madrid Martín (15/0471844),  Muere su esposa y se casa, de nuevo, con Josefa Beatriz García Jiménez (22/111847); con su segunda mujer tiene tres hijos: Miguel Madrid García (07/08/1848), Gabriel Madrid García (22/02/1853), y Adrián Madrid García (28/03/1858)),
  • Miguel Madrid García, hijo de Antonio Madrid Blázquez y Beatriz García, se casa, en primeras nupcias, con Beatriz Gómez Nieto (25/11/1861) y en segundas, con Alfonsa Gómez Nieto (26/03/1887)
  • Gabriel Madrid García se casa con Ana Jiménez Bautista (16/06/1877). De la pareja nacen: Antonio Madrid Jiménez (04/11/1878), éste se casa con Mª Antonia Gómez Sánchez(11/04/1902), son los padres de Gabriel Madrid Gómez (22/10/1902), (este se casa con Ana Mª Nieto Gómez el día 9 de octubre de 1926) y de Juan Madrid Gómez (01/01/1904), este se casa con Gertrudis Madrid Durán el día 21 de febrero de 1944); Victoriano Reyes Madrid Jiménez (16/01/1881), Teodosia Beatriz Madrid Jiménez (26/05/1883), Argelio Madrid Jiménez (27/11/1886) (este se casa con Manuela Sánchez Hernández, el día 29 de enero de 1913), y Mª de las Mercedes Madrid Jiménez (02/01/1890), (esta se casa con Juan Manuel Blázquez Madrid el día 29 de agosto de 1914),  Mª Cristina Madrid Jiménez (24/07/1892), Roque Madrid Jiménez (26/10/1898)
  • Miguel Madrid García se casa con Beatriz Gómez Nieto. Son sus hijos: Mª Antonia Madrid Gómez (09/09/1872), Antonio Madrid Gómez (02/10/1876), Mateo Madrid Gómez (21/11/1878), Gabriel Madrid Gómez (09/08/1880) y Florentina Madrid Gómez (15/06/1885), (esta se casa con Ramón Blázquez Garcia, el 8 de septiembre de 1913)
  • Gabriel Madrid Blázquez, hijo de Miguel Madrid García y Ana Blázquez García, a los 21 años, se casa con Mª Pascuala Sánchez Campos, de 22, (07/02/1844). Son sus hijos: Ana Madrid Sánchez (17/11/1844), José Antonio Madrid Sánchez.(26/03/1848), Cristóbal Madrid Sánchez (24/02/1851), Pascuala Madrid Sánchez (08(05/1855), Mª Antonia Madrid Sánchez (21//04/1862)
  • Cristóbal Madrid Sánchez, hijo de Gabriel Madrid Blázquez y Mª Pascuala Sánchez Campos, se casa con Ramona Durán Hernández (22/11/1875). Le nacen: Gabriela Madrid Durán (28/08/1876), Pablo Madrid Durán (11/01/1878), (éste se casa con Gertrudis Martín Ramos), son los padres de Juan Francisco Madrid Martín (17/12/1910) y de Ramona Madrid Martín (18/08/1906); y Manuel Madrid Durán (22/10/1880). Muere su esposa y se casa, de nuevo, con Mª Antonia Martín Jiménez, (05/07/1881), madre de Alfonsa Madrid Martín (29/10/1882), Pascuala Madrid Martín (29/06/1886).
  • Pablo Madrid Durán, hijo de Cristóbal Madrid Sánchez y de Ramona Durán Hernández, se casa con Gertrudis Marín Ramos, hija de Juan Antonio Martín Zaballos y Josefa Ramos Albarrán (de Alaraz), el 3 de junio de 1905.
  • José Antonio Madrid Sánchez, hijo de Gabriel Madrid Blázquez y Mª Pascuala Sánchez Campos, se casa con Teresa Nieto Losada (24/02/1873). De la pareja nacen sus hijos Gabriel Madrid Nieto (22/04/1874) , Jerónimo Madrid Nieto (28/01/1876), Pedro Madrid Nieto (03/09/1881)
  • Jerónimo Madrid  Nieto, hijo de José Antonio Madrid Sánchez y de Teresa Nieto Losada, se casa con Mª Teresa Zaballos Losada,09/04/1910), hija de Castor Zaballos García y Mª Francisca Losada Hernández (09/04/1910). Son los padres de Teresa Madrid Zaballos (24/02/1911)
  • Gabriel Madrid Nieto (Pepino) se casa con Mª Teresa Durán Bueno (06/02/1902). Son los padres de Teresa Madrid Durán (29/10/1902) ésta se casa con Manuel Blázquez el 2 de octubre 1944, son los padres de Teresa Madrid Durán (29/10/1902) esta se casa con Manuel Blázquez el 2 de octubre de 1944), Isabel Madrid Durán (16/06/1904), Benjamín Madrid Durán (27/12/1905), este se casa con Mª Teresa Sánchez Bautista, el 12 de de enero 1935), Gertrudis Madrid Durán (31/10/1907), esta se casa con Juan Madrid Gómez el 21 de febrero de 1944), Ruperto Manuel Madrid Durán (22/05/1909), este se casa con Mª Antonia Bueno el 26 de febrero de 1949, y Ana Mª Madrid Durán (25/02/1911), esta se casa con Manuel Hernández Macarro el 30 de diciembre de 1933

 

  • Alonso Madrid Amores, hijo de Francisco Madrid Sánchez e Isabel Amores, contrae matrimonio, en primeras nupcias, con Ana García Bautista (21/06/1756), padres de Bernarda Madrid García (16/04/1757), Ramón Madrid García (+) (31/08/1758), Francisco Madrid García (31/08/1758), Ramón Madrid García (15/03/1761), Antonio Madrid García (15/03/176), Ana Madrid García (28/02/1763), Alonso Madrid García (22/09/1773), Brígida Madrid García (8/10/1776) y Mª Eulalia Madrid García (9/12/1778); y, en segundas, con María Seco Cuesta (24/11/1779), madre de Paula Madrid Seco (24/08/1780) y Manuela Madrid Seco (3/03/1784)
  • Francisco Madrid García, hijo de Alonso Madrid Amores y Ana García Bautista, contrae matrimonio con María Blázquez  Blázquez (13/11/1775),. Son los padres de Brígida Madrid Blázquez (08/10/1776)
  • Alonso Madrid García, hijo de Alonso Madrid Amores y Ana García Bautista, se casa con María Losada Hernández (27/02/1797). Tienen los siguientes hijos: Antonio Madrid Losada, Alonso Madrid Losada,(11/12/1819),  Ana Mª Madrid Losada (9/2/1798), José Madrid Losada (1/6/1800) y Pascuala Madrid Losada (28/11/1802), Antonia Madrid Losada (16/08/1815)

 

  • Antonio Madrid Losada, tatarabuelo de los Horneros, hijo de Alonso Madrid García y María Losada Hernández, se casa con Teresa Jiménez Blázquez (14/05/1824). De la pareja nacen cinco hijos: Lucas Madrid Jiménez ( 17/08/1825), Alonso Madrid Jiménez, Juan Madrid Jiménez (12/01/1832), Isabel Madrid Losada (28//09/1827), Juan Manuel Madrid Jiménez (04/06//1836); Teresa Madrid Jiménez (23/12/1838), José Madrid Jiménez (08/09/1834), y Mª Francisca Madrid Jiménez (31/08/1829) (ésta se casa con Manuel Hernández Sánchez, padre de Pedro Hernández Madrid, Barriles)
  • Juan Manuel Madrid Jiménez (Patitas), hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, se casa, en primeras nupcias con Isabel Rubio Caballo (07/01/1860). Le nacen dos mellizos: Antonio Madrid Rubio y Mª Alfonsa Madrid Rubio (09/05/1863), (Antonio Madrid Rubio muere) y Juan Alonso Madrid Rubio (27/10/1865), (éste se casa con Mª Teresa Madrid Pérez ((17/10/1891), padres de Isabel Madrid Madrid (02/08/1892 + ) y José Madrid Madrid (22/10/1894), (éste se casa con Pascuala Pérez el 17 de octubre de 1917), Julián Madrid Madrid (21/02/1897), Isabel Madrid Madrid (25/07/1898), Ildefonso Madrid Madrid (10/11/1900), Juan Antonio Madrid Madrid (16/02/1904), este se casa con Mª Soledad Bueno Rubio el 21 de abril de 1932), Remigio Madrid Madrid (20/02/1907), y Juan Alonso, padre, se casa en segundas nupcias, con Isabel Ana Hernández Sánchez (05/05/1879) , y, en terceras nupcias, con Isabel Ana Martín Calvo (31/10/1911)
  • Lucas Madrid Jiménez (Horneros), hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, a los 26 años, se casa con Mª Alfonsa Rubio Caballo, de 20, (18/10/1851), padres de Antonio Leandtro Madrid Rubio (13/03/1853), Mª Teresa Madrid Rubio (28/09/1855), Alfonsa y Josefa Madrid Rubio (gemelas) (26/11/1857 (+), Isabel Ana Madrid Rubio (20/12/1858) (+), Sebastiana Madrid Rubio (6/9/1860), Manuel Madrid Rubio (10/9/1862) (éste se casa con Mª Teresa Hernández Horcajo), Alfonsa Madrid Rubio (12/9/1866), Isabel Ana Madrid Rubio (13/12/1868) y Juan Alonso Madrid Rubio (22/2/1874) (éste se casa con Alfonsa Hernández Horcajo) (Manuel y Juan Alonso se casan con dos hermanas: con Mª Teresa y Alfonsa Hernández Horcajo)
  • Manuel Madrid Rubio (Horneros) se desposa con Ana María Hernández Horcajo (07/09/1886), y tienen varios hijos; Beatriz Madrid Hernández (17/6/1887), (ésta se casa con Victoriano Sánchez (5/2/1910), Eugenio Madrid Hernández (16/11/1888) (éste se casa con Manuela Bautista Sánchez (23/5/1914), Lucas Madrid Hernández (1/1/1891), Pedro Madrid Hernández (19/12/1892) (éste se casa con Mª Carmen Sánchez Zaballos (4/6/1919), Juan Manuel Madrid Hernández, (22/1/1895), Miguel Madrid Hernández (24/6/1896), Juan Francisco Madrid Hernández (08/09/1898), éste se casa con Juana Bueno Salinero el 30/05/1925), Mª Alfonsa Madrid Hernández (22/01/1901), Juan Madrid Hernández (16/10/1905), Manuela Madrid Hernández (03/07/1910) y Gertrudis Madrid Hernández.
  • Eugenio Madrid Hernández, hijo de Manuel Madrid Rubio y de Ana Mª Hernández Horcajo, se casa con Manuela Bautista Blázquez, hija de Juan Antonio Bautista Sánchez y Melchora Blázquez Celador, (23/05/1914)
  • Juan Alonso Madrid Rubio (Horneros) se casa con Alfonsa Hernández Horcajo (09/09/1899). Son los padres de Manuel Madrid Hernández (13/03/1904), Manuela Madrid Hernández, Juan Miguel Madrid Hernández (20/11/1905), se casa Mª Francisca Hernández Quintero, el 15 de noviembre de 1930), Rosalía Madrid Hernández (18/10/1907), se casa con José Manuel  Blázquez Gómez, el 24 de mayo 1930), Eugenia Madrid Hernández (13/02/1909), Piedad Madrid Hernández, Eugenio Madrid Hernández, Beatriz Madrid Hernández, Soledad Madrid Hernández y José Manuel Madrid Hernández.
  • Alonso Madrid Jiménez, (Hornero) hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, se casa con Alfonsa Jiménez Sánchez (17/05/1869). Le nacen ocho hijos: Mª Antonia Madrid Jiménez (08/10/1871), Gregorio Madrid Jiménez (13/06/1873), Mª Teresa Madrid Jiménez (23/02/1875), Ana Madrid Jiménez (07/04/1878), Alfonsa Madrid Jiménez (21//08/1880), Gregorio Madrid Jiménez (25/10/1884), Mª Antonia Madrid Jiménez (23/08/1886) y Elena Madrid Jiménez (24/08/1889) (madre de Román Gumersindo)
  • José Madrid Jiménez, hijo de Antonio Madrid Losada y Teresa Jiménez Blázquez, se casa con Alfonsa Pérez Walias. Tienen una hija: Mª Teresa.Madrid Pérez (29/05/1870), s e casa Juan Manuel Madrid Jiménez (17/10/1891).

 

  • Alonso Madrid Losada, hijo de Alonso Madrid García y María Losada Hernández, se casa con Paula Martín Caballo (07/01/1842). Sus hijos Manuel Madrid Martín (08/!!/1852), Antonio Madrid Martín (22/10/1854), Jerónimo Madrid Martín
  • Jerónimo Madrid Martín, contrae matrimonio con Isabel Rubio Blázquez 15/02/1871) y tienen varios hijos: Juan Alonso Madrid Rubio (27/05/1872), Alfonsa Madrid Rubio (07/09/1873), Miguel Madrid Rubio (27/04/1876), Mª Francisca Madrid Rubio (25/’9/1879), Ildefonso Madrid Rubio (06/07/1883), Gertrudis Madrid Rubio (10/10/1886) y Juan Francisco Madrid Rubio (03/11/1890)
  • José Madrid Losada, hijo de Alonso Madrid García y María Losada Hernández, se casa con Alfonsa Jiménez Rodero. Tiene dos hijos varones: Antonio Madrid Jiménez (13/03/1820), Juan Alonso Madrid Jiménez ( 21/06/1826), Juan Madrid Jiménez,, Francisca Madrid Jiménez (07/08/1823 + ), y Francisca Dionisia Madrid Jiménez (23/12/1833), Josefa Madrid Jiménez (28/08/1836)
  • Antonio Madrid Hernández e Isabel Ana Hernández Blázquez son los padres de Florentino Madrid Hernández (27 de mayo de 1903) (se casa con Teresa Zaballos Hernández, el 10 de agosto de 1927); Isabel Madrid Hernández (30/08/1905), Juan Antonio Madrid Hernández (04/05/1908); Francisco Madrid Hernández (18 de julio de 1910) se casa con Domitila Blázquez Jiménez, el 23 de febrero de 1935), Lidia Madrid Hernández (17/05/1913), se casa con Agustín García Cuesta.

 

Rama de Adrián Madrid Sánchez

Adrián Madrid Sánchez se desposa con Teresa Bueno, padres de María Madrid Bueno (10/02/1718), Adrián Madrid Bueno (8/10/1719) y Jerónimo Madrid Bueno (8/10/1719)

Autor: Eutimio Cuesta

¿Apodo o mote?

Motes de Macotera

Unos lo dicen mote, otros apodo, antiguamente, vulgo. No hay sinónimos absolutos, siempre hay un matiz, por muy pequeño que sea, que los diferencia. Analizando minuciosamente ambos términos, observo que la diferenciación entre ambos términos tiene mucho que ver con la intención de quien los pronuncia. Si una persona utiliza el sobrenombre con miras vejatorias y ofensivas contra alguien, podemos hablar de mote; en cambio, si se profiere con una aptitud afectiva y amistosa, podemos definirlo como apodo. Como veis los dos vocablos arrancan de la misma definición: “nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o alguna otra circunstancia”, según dicta el diccionario.

El apodo o mote es muy antiguo, tanto como el hombre y sus defectos y circunstancias. Si nos damos una vuelta por la literatura o por la historia, veremos a personajes que a su nombre les acompaña el alias; pero no es mi propósito ir por allí lejos, prefiero quedarme cerca, en mi pueblo, donde el apodo es el elemento y rasgo más identificativo de la persona. Más incluso que el carné de identidad. Nombras a un paisano por su nombre y apellidos, y muy pocos, lo conocen; sin embargo, lo mencionas con su nombre y apodo, y todo el mundo lo reconoce, e incluso sólo con el apodo, pues puede ser equivalente a su nombre. En nuestro argot popular, los apellidos han quedado para asuntos oficiales y jurídicos. No los precisamos para nuestras relaciones y tratos familiares y sociales.

El otro día, me encontré con una pandilla de amigos, que venía de deslindar una finca de un paraje, conocido como las Cárcavas. Era finales del siglo XVIII, ¿cómo iba yo a saber quiénes eran, de qué familia procedían, si no hubiese sido por el apodo? Así pude saludar, sin extrañezas, a Santos “el Malote”, Juan el Chiburre, Blas el Blasiño, José el Faldiño, Alonso el Rojito, Antonio el Barrigueto, Juan el Faloguillo, el mozo, Manuel el Calderón y Francisco el Falogo, el viejo.

Hablar de los apodos es entrar en un terreno un poco espinoso, porque hay individuos que se sienten orgullosos y honrados cuando se les nombra por su apodo; sin embargo, hay otros que se molestan en demasía. Esta cuestión limita un tanto nuestro propósito de estudiar y analizar el porqué y el significado de los casi seiscientos apodos o motes de mi pueblo. Como en todo, en este campo, se impone la prudencia. Prudencia que nos ha llevado, en ciertas ocasiones, a consultar a la propia familia, cuando se ha tenido que utilizar el apodo por alguna circunstancia. Lo que no hay duda es que todos nacemos con cuatro apodos, heredados de los abuelos, y que constituyen un elenco más de nuestra cultura popular, y un testimonio de nuestra manera de ser, nuestros defectos físicos o morales, nuestras cualidades e ingenio o, simplemente, un certificado del oficio o profesión que desempeñaron nuestros antepasados.

Hallar el origen del apodo, ha sido tarea complicada, nuestras fuentes han sido la propia familia, la gente del pueblo y los distintos diccionarios de la RAE.

Ya hemos anunciado que contamos con una relación de más seiscientos apodos, lo que nos aconseja que pongamos algunos ejemplos.
Partimos, en primer lugar, de la procedencia del oficio del abuelo o padre:
Aceiterín, Aceitero, Ajero, Albañil, Albardero, Boticario. Calero. Esquiliche, Pucherero, Tachuelero.

Una serie de compuestos, que tiene que ver con acciones espontáneas y reiterativas:
Abuelamorir, Bragasjustas, Cagalubias, Capalaperra, Malgüele, (Ma/huele), Matacristos, Imitalobos, Mataburras, Ochentaitrés. Picapollos. Pincharranas, Pisaguas, Traganiños, Tumbaollas.

Otros apodos indican la procedencia o país de donde vino el personaje:
Alonada. Alemán, Bonilla, Cartagena. Catalán, Charrito, Francés, Forastera, Gallego, Habanero, Huete, Montemolín.

Hay algunos apellidos que se han transformado en apodo, como es el caso de:
Berbique, Campines, Campos, Cañada, Heredia, Macarro, Madriles. Matilla, Mediero, Oreja, Palomero, Ruano, Rubios, Taramona y Tavera.

Otros derivan de nombres propios con alguna connotación de estatura o afecto:
Aceto Aniceto). Adelas, Adoro, Adrián, Aguedita. Alonsillo. Antón, Antoñaca, Antoñilla, Arturo, Bartolo, Bastiano (Sebastián), Boni,, Chan, Cristobitas, Dieguines , Dulio (Obdulio).

Existen apodos que se forman con el nombre propio seguido del mote:
Facomalo, Josepelos, Juanancho, Mariaculos, Mariajergón. Maricuela, Maricueto, Pacorrita, Pacosucio, Pericodiego. Pericodiós. Tutodelasbobas.

No faltan algunos apodos que guardan relación con Dios, el convento y renegaos de curas:
Cucarro, Curata. Fraile. Frailón. Frainoquiso. Franciscano, Matacristos, Misionas, Monjina, Santomalo.
Existe un buen número de apodos, contaminados del mundo material, animal y vegetal, y de sus voces.
Alondra, Belloto, Caracoles, Conejo, Cotorra, Cuco, Choto, Filomeno, ruiseñor, Gallique, Garbanzo, Garrapín, Gatobuche, Gavilán, Morranga. Mosquerillas.

En cuanto a los motes con referencia al aspecto físico:
Andajo, Cojomerlín. Cristolimpias, Cristolaero. Chaquetilla, Escurrajas, Hocicotostón, Maninas, Pichitadeplata, Puñomelé, Ronquillo, Senaguas.

Otros tienen su aquél en la estatura, en la delgadez y obesidad:
Ajerillo, Ajero, Barquillos, Colmllo, Confite, Culoalto, Dientes, Pipa, Pitillo, Punzón, Tieso. Barranca, Barriles, Barrigueto, Bizcocho, Cazo, Cazuelo, Catrepo, Corralizas, Cucharón, Chicharrón, Poteque, Torrezno,

Unos cuantos más con la manera de ser:
Azúcar (persona muy amable y acogedora), Bicho (vivaracho, emprendedor), Bolero (mentiroso), Botellas (amante de la pinta), Cachucha (Cachondo), Caete (caguete, medroso), Calama (cauteloso, astuto, escurridizo), Caldilla (manso y pacífico). Calvarra (molesta, pesada), Candonga (burlona), Carrolo (pesado), Casto (bonachón), Cobalera (aduladora), Comenencias (conveniencia, comodidad), Coñita (guason, coñón), Corrocho (impaciente), Cotorra (habladora), Cuco (pícaro), Cucho (jorobado, encorvado). Chacharina (persona frívola), Chachín (hábíl, vivaracho), Chuloaburrido, Chamusquina (peligrosa), Chusca (con gracia), Diligencias (presto), Faciosa (facinerosa, Fachenda (“tirao pa lente”), Gandula (Holgazana), Garrumbo, Morroncho (tranquilo). Neguilla (astuto), Pijota (vanidoso), Pachorra (calmosa), Patujas (diligente), Pocarropa, Pocotrig0, Pondera (altanero), Pulida (escrupulosa), Saberes (sabihondo), Sahueso (hábil), Sandín (engreído), Terfo (porfiado), Trajinela (hacendosa),

La plaza de la Leña de Macotera

plaza-lenia

La plaza que recoge la lámina de José Luis es una plaza remozada, más moderna, con menos gancho. Tiene en el medio una glorieta con cuatro plantas salteadas y una farola; en la parte trasera del frontón, se levanta el Hogar del Jubilado, y se deja enmarcar por unas cuantas viviendas de corte nuevo, que llenan de comodidad a sus habitantes.

Nuestra plaza de la Leña era otra cosa, más acogedora, más juguetona, más bulliciosa: el centro de todos los juegos y diversiones tanto de grandes como de chicos. Su imagen de antaño muestra el pozo de las piedras, que estaba enfrente de la casa de los Pintos. Su brocal estaba formado por grandes bloques de piedra de pajarilla y lo cubría una tapadera formada de grandes láminas de hierro sujetas a la piedra por fuertes rondajas. Ese pozo apenas tenía agua, su fondo lo teníamos cegado de piedras. Su pila era peculiar; en un tiempo atrás, se utilizaba para abrevar el ganado, pero, en los tiempos de mi infancia, la usaba la tía Regañuza de Santiago para montar en el burro cuando iba de regreso a su pueblo, después de haber vendido las hortalizas a las macoteranas. Cuando tenía diez o doce años, me salieron un montón de clavos en la mano derecha. Un día el tío Ángel, mi vecino, me dijo: “Cuenta los clavos que tienes en la mano y echa en el pozo de las piedras otro tanto de garbanzos, pero cuida de no sentirlos tropezar en el agua”. Así lo hice. Los tiré y salí corriendo la cuesta arriba. Al cabo de unos días, me desaparecieron las pequeñas protuberancias y tenía las manos limpias como el jaspe. Otros puntos borrados ya por el tiempo son los rincones de Micaela, verdadera solana del pobre parado; el rincón de Gabriel Carrolo, en el que los muchachos nos guarecíamos del frío y de la lluvia en invierno y, que teníamos reservado para jugar al palmo en la lancha que había pegada a la pared de la izquierda, y el puente de hierro por el que cruzábamos el regato para ir a la ermita, a la era y a todos los lugares. El regato era hondo y las aguas de lluvia iban bien emparedadas hasta llegar a la altura del fortín. El taller de los Blázquez era también centro de tertulia para los mayores, y los muchachos nos cobijábamos en él cuando la lluvia nos impedía seguir con el partido de pelota.

Pero la zona de la plaza de la Leña más espectacular era el frontón. Yo no sé dónde se podía meter tanto juego. La chiquillada era inmensa y había sitio para jugar a la pelota, al tangue, al peón, a los cuadrines, a las canicas y al mahón. No cabía un alma. Se alivió un poco cuando llegaron las pelotas grandes de goma; entonces, un buen número de muchachos y mozalbetes subían o subíamos a la era a echar un partido de fútbol en las eras de Elías el Fraile. El jolgorio no se paraba hasta bien entrada la noche, pues, luego, en la oscuridad hacíamos un corro grande a la vera del frontón y, allí, los más jóvenes nos despertábamos de la inocencia escuchando las “cosas feas” que hacían los grandes, y fue, la primera vez, que yo descubrí la existencia de Quevedo. Cuando me hice grande y estudié a Quevedo, me asombré de las cosas falsas que decían de él los jóvenes de mi pueblo. Lo que me encantaba eran los buenos partidos de pelota que jugaban, de tarde, los mozos y, sobre todo, los domingos después de misa mayor. Quedaron grabados en el frontón nombres como Hilario, Lucas Lobito, Augusto, Albardero, Carlos Caballo, el Rubio, Cajarines, Pedrín el Bartolo, Diego, Miguelín, Gerardo, Patricio…Una lista interminable. Y no es justo si no recuerdo los buenos tragos de agua, que nos echábamos del pozo de la abuela Chaga

Me he emocionado tanto con mis recuerdos infantiles y mis nostalgias, que me he olvidado de explicar por qué se llama plaza de la Leña y del Mercado. Es la única plaza del pueblo que tiene dos nombres legítimos. Lo de Leña le viene porque, en ella, vendían sus cargas de leña, retamas y sacos de cisco los de Cabezas (Ávila); y lo de Mercado por lo que cuento a continuación. Se denomina así porque, antaño, en su recinto se celebraba un mercado de ganados. Fue el 11 de enero de 1861 cuando el Ayuntamiento acuerda establecer, con la aprobación del Gobernador Civil de la provincia, un mercado semanal dominical. Su inicios fueron inciertos y, a pesar de los esfuerzos de los concejales y del propio vecindario, no terminó de consolidarse y de alcanzar el atractivo preciso, como ocurría con otros mercados de la provincia y de la próxima Ávila, a los que acudían nuestros tratantes.
El 12 de enero de 1894, se reúnen, de nuevo, en el Consistorio las autoridades y aquellos vecinos, que conocían por su oficio el funcionamiento de otros mercados, y aprueban una serie de medidas encaminadas a dotar el mercado de las condiciones morales y materiales propicias, que contribuyan al desarrollo de la industria agrícola, pecuaria y comercial, que se hallaba en crisis a finales de siglo. Para conseguir el objetivo, determinan que el mercado semanal, que tenía lugar en domingo, en lo sucesivo, se celebre los miércoles de cada semana, por entender que, de esta manera, se ha de dar mayor impulso a la actividad, dada las condiciones de ser de este vecindario, y evitando así hacerlo coincidir con otros reconocidos de los pueblos aledaños; asimismo, se acuerda que los ganados, que se expongan, queden exentos de toda clase de impuestos; por último, se designaron los sitios o puntos donde se han de colocar los animales de contratación, que es como sigue:

“Los ganados vacunos ocuparán el tramo que llaman la Cruz del Ángel y el pozo de Juan Rey (enfrente de Lucio Izquierdo) (Aún no se había edificado el matadero ni las casas y corrales de la Cotorrita); el ganado de cerda se situará en las proximidades del pozo de las piedras (enfrente de la casa de los hermanos López Flores, la casa del tío Pinto) y el ganado asnal, caballar y mular se instalará a la trasera de los corrales de Mateo Gómez Nieto y a la entrada de la calle de la Alameda”.

Aún se escuchan las voces del mercado de ganados de los miércoles, los gruñidos de los garrapos; el ruido quebrado de las cargas de retamas y los gritos y jaranas de los muchachos después de la escuela. Todo esto suena a vida añorada.

Eutimio Cuesta

Imágenes silenciosas

A medida que leía “Contra paraíso” de Manuel Vicent, se me iban despegando de la memoria pedazos de vida, que son retazos y añoranzas de un pasado que me resulta lejano. Yo no sabía que las cosas que suceden en los pueblos, por muy distantes que éstos estén (uno en la costa de Levante y el otro, en la meseta leonesa), las vivencias cotidianas sean tan parecidas, tan iguales, tan cercanas y tan patria. Yo creí siempre que los niños pequeños de mi pueblo eran losúnicos del mundo que vestían pantalón corto, sujeto con un tirante cruzado amarrado a un solo botón, y que tenía, además, una raja en el trasero, para aliviarse de entero donde y cuando le venía en ganas; pero no es así, también en el pueblo de la costa levantina, sucedía lo mismo; yo creí siempre que algunos niños de mi pueblo eran los únicos, no todos, quienes mamaban hasta los siete años, y que la madre era capaz de aguantar los mordiscos con la sola queja de ” un tu padre”.

ninios-macoteraY seguí leyendo y comprobé que, en aquel pueblo como en el mío, las abuelas y las no abuelas rezaban con la misma devoción el “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal; líbranos, Señor, de tanto mal”; y que, por la mañana, se despertaban con el toque de la campana de la ermita de la Virgen y que el mismo bullicio rompía el silencio de la madrugada con el repetido saludo: “Buen día nos dé Dios”; y seguía con el mismo trasiego de caballerías y de yuntas con el carro y el arado uncidos a sus espaldas, camino de la besana, y con el griterío de los niños, camino de la escuela; y, luego, esa agitación mañanera se cortaba de repente, se enmudecía, se paralizaba y, sólo, le interrumpía la campanada del reloj, que anunciaba la hora.

Y, en aquel pueblo como en el mío, la lechuza se bebía el aceite de la lámpara de la ermita; y los niños elaboraban canicas con barro de arcilla, que ponían a cocer al sol sobre una tabla jubilada por el uso y carcomida por la edad; y, también, que había niños, que se sentían más fuertes que otros, porque eran dueños de una canica de acero, que pulverizaba en la refriega las canicas endebles del contrincante. Y en aquel pueblo y en el mío, era imagen común ver a la criada y al ama con la tabla al hombro, portando tortas alineadas bajo una sábana blanca o de dril camino del horno, seguidas por un niño que llevaba de la brida un caballo de cartón, que le habían echado los Reyes. Y en aquel pueblo y en el mío, los fideos de hoy son de color blanco, más estirados, más finos, más lavados, menos gustosos, de otro apaño; en cambio, los fideos caseros, los que se hacían con aquellos grandes coladores de harina de trigo candeal, eran de color amarillo, más gruesos, más duros, más sabrosos y nutritivos; los recuerdo estirados, como hilachas, recolgados de un varal sostenido por el respaldo de dos sillas, y puestos al amor del sol y del aire, que entraba por la ventana; y recuerdo también como aquellas hebras de masa peinada, eran migadas por la presión de las palmas de las manos del ama de casa antes de verterlas en el caldo caliente del cocido, aperitivo de garbanzos, relleno y cacho chorizo bofeño.

Son imágenes dormidas en la hemeroteca del tiempo y que, a veces, nos vienen a colación, como aquella otra de los bautizos. La voz entre los chicos corría como la pólvora: “Van a tirar”, y esperábamos a la puerta de la iglesia a que saliera el recién cristianado, y nos uníamos al cortejo para hacer vez; y después de tomar el dulce y el trago los cercanos, salían el padre, la tía y la prima de la criatura con un canasto o fardel repleto de golosinas: caramelos, confites, avellanas, castañas pilongas (lo que se terciara), que los muchachos y los no muchachos pescábamos al vuelo; pero los muchachos estábamos más alerta al turno de las monedas, de aquellas perras gordas y chicas de níquel, que se embadurnaban de barro en tiempo de lluvias, y de polvo en tiempo seco, pero era igual, se lavaban en cualquier charco de la calle o en el pilón de la plaza de la Leña; y no les dábamos tregua en el bolsillo, pues, aún oliendo a humedad retenida, las gastábamos en palo dulce y regaliz en casa de los Paneras o de la Pericacha. Entonces, los bautizos eran un acontecimiento tanto para mayores como para pequeños, pues a nadie amargaba un “dulce” ni le venía mal la perra, aunque fuera chica.

Y recuerdo aquellas noches de frías nevascas y hielos, de luna llena vidriada, reflejándose en el carámbano del charco, silenciosas, interrumpidas sólo por el ladrido de un perro que anunciaba la presencia de algo extraño, o por el llanto de un niño aquejado de erisipela o por la voz espesa del sereno, anunciando la hora, y que quitaba miedos (a mí me aliviaba el miedo la voz del sereno); y recuerdo sentirlo golpear la ventana de la sala, donde dormían mis padres: “Pedro, levántate, que la fulana ha roto aguas”. Yo, entonces, ignoraba lo que era romper aguas, y me daba un poco de vergüenza preguntarle a mi madre qué era eso de romper aguas; y mi padre se levantaba, se ponía la pelliza, los guantes y cogía la cartera, y taconeando con el bastón, se ponía al habla con el sereno, que le acompañaba hasta el casa de la parturienta, y, a la vez, sentía como sus pisadas se perdían lentamente destripando la nieve blanda, a medida que el miedo, incluso un miedo más grande, volvía a aposentarse en mis entrañas, que yo intentaba disimular apatuscándome más y más entre las mantas, hasta llegar a transformarme en un ovillo.
Y, entre las distracciones más apasionantes de los muchachos de mi pueblo y del pueblo levantino, se hallaba lo del apareamiento de los perros. Se trata de una escena curiosa, llena de malicia y de picardía infantil. En mi pueblo, decíamos que la pareja está cachipegá; en este caso, el jolgorio, el desenfreno y el vocerío atronador sonaban hasta atemorizar a la pareja, que no sabía cómo deshacer el “nudo”: ella intentaba huir en su sentido y el macho en el suyo; y, en aquel tira y afloja, se arrastraban entre el acoso de los desaprensivos mocazos, hasta que, al fin, el celo se desinflaba y cada uno se perdía, como el rayo, con la vergüenza al hombro por la senda de la libertad, si es que los perros tuvieron, alguna vez, vergüenza de copular en público. Pero el colmo de la travesura infantil no acababa aquí, la broma se cebaba con más descaro e inquina contra el dócil, manso y fiel amigo del hombre. El juego consistía en sujetar al pobre animal y, ante su indefensión resignada, se le ataba una lata al rabo y se le soltaba de inmediato; el perro, en su huida desenfrenada, era azuzado por el ruido infernal del artilugio que le aguijoneaba las patas y pedía asilo y protección en casa del dueño, en cuyo portal entraba jadeante y despavorido, alarmando al ama de casa, que estaba friendo un cocho de costilla para comer; y el amo, entre mil improperios, liberaba, cariñosamente, al pobre canino de la fechoría que le acechaba, al tiempo que le consolaba con arrumacos y carantoñas de tamaña vejación.

Y estas artimañas también se producían en el pueblo de Levante, quizá con menos ensañamiento, pero con la misma insolencia y aspaviento. Y aún quedan mil cosas e imágenes dormidas en la sala oscura, esperando su oportunidad de salir a la luz del recuerdo.

Eutimio Cuesta

Las Naves de la iglesia de Macotera

Esta reproducción nos marca la división de la iglesia en tres naves sin necesidad del uso de columnas; los arcos escarzados definen este planteamiento del diseño del templo, que es de los considerados de planta de salón, pues se puede observar el altar desde cualquier rincón de la iglesia.

iglesia-macoteraEsta fotografía nos muestra unos de los detalles propios del estilo hispano- flamenco de nuestra iglesia: las bolas, que adornan los arcos escarzanos, y su artesonado mudéjar.

El gran arco toral, también escarzano y ornado con bolas, se apoya en dos grandes columnas adosadas, da ingreso a la capilla mayor, ochavada (con ocho lados) y bastante profunda; la ilumina una ventana, con mucho derrame; en 1774, se la amplió para dar más luz a la capilla; la cubren dos bóvedas de crucería; la clave (centro) le cubre un colgante con el escudo de armas del duque y un jarrón con azucenas, icono de la Virgen.

El arco, que da acceso a la capilla del Cristo de los Misereres, es algo apuntado, y apoya en dos repisas decoradas: la de la derecha, con cadenas y una flor en su frente inferior; y la de la izquierda, con trenza. En 1724, se abrió una pequeña ventana, que daba luz a la capilla, y se le puso una vidriera, que hubo que proteger con una alambrada de las travesuras de los muchachos; cubre esta capilla una bóveda de crucería, sus nervios forman media estrella y apoyan en cuatro repisas con decoración.

El arco, que da entrada a la capilla de la Virgen del Rosario, es escarzano y apoyado en repisas lisas. La ilumina una ventana de medio punto con derrame; le cobija una bóveda de crucería, sus nervios también forman media estrella, apoyados en cinco repisas.

Eutimio Cuesta

La vendimia

A finales de septiembre, llegaban las vendimias. Los cuberos bajaban a la bodega y ajustaban alguna duela de alguna cuba que andaba floja o había que reemplazarla por otra nueva. Cuando empezaban a madurar las uvas, se permitía a los dueños de las viñas ir los viernes a buscar una cesta de uvas para consumir en casa. Se les llamaba viernes de uvas. El camino de las cárcavas era un río de gentío. Unos mozos y unas mozas aprovechaban la ocasión para echar un parlao y otros para afianzar una miaja más sus amoríos en ciernes. Los muchachos se entretenían en pedir a unos y a otros un cacho de racimo. Era una fiesta vespertina, un cuadro bucólico, un rato que se esperaba semana a semana como un momento merecido de alegría y divertimento.

vendimia-macoteraLas vendimias revolvían el pueblo. Se daba el pregón el jueves en el mercado de Peñaranda y afluían vendimiadores de todos los pueblos del entorno. Se habilitaban los pajares como dormitorio, adonde se arracimaban niños, padres, mozos, mozas y, más de una vez, hubo que poner moderación.

Al apuntar el día. Salían los carros cargados de cestos con los vendimiadores y vendimiadoras encima; ellas cobijadas en la sayaguesa y, en la faltriquera, guardaban el hocín para cortar los racimos. Se llenaba el camino de griterío, de cantos y sonidos de almireces. Cada pareja cogía su cuévano y a vendimiar. Una vez llenos, se vaciaban los cuévanos en los cestos. Cuando la carga estaba repleta, se cargaba en el carro y se conducía al lagar. Se vaciaban los cestos por la bisnera y se volvía a la viña trotando para estar a punto para reiniciar el acarreo. Había hasta un desafío entre una cuadrilla y otra por ver cuál era la más lista, la más diligente. Pero no era sólo trabajar y afanarse; de pronto, era una liebre la que saltaba de la cama y animaba las cuadrillas o un mozo aprovechaba el menor descuido para estrujar un racimo en el trozo de rostro de moza que asomaba entre el pañuelo que cubría la cabeza para no turrarse. Y la venganza no tardaba en llagar: cuatro mozas le tiraban al suelo, le desabrochaban la bragueta y le restregaban bien las “vergüenzas”.

Se paraba a la una. Se aprovechaba el último viaje de la mañana para traer la comida de casa. Con ella, solía venir el ama. Se sentaba todo el mundo en el suelo y en medio se colocaba el barreño grande con el cocido. Siempre el cocido fue la comida del vendimiador: Sopa, garbanzos, berza, chorizo, carne y relleno. Se comía a pilón. Para cenar, ya en casa, se ponían sardinas y callos de las reses, que se mataban para la ocasión. Algunos labradores se ponían de acuerdo y mataban a medias o a cuartas una res para la vendimia. Era el momento de preparar buenas tiras de cecina. Y siguiendo con el menú de la vendimia, se desayunaban patatas cocidas con pimentón, que picaban un rato, y torreznos.

Después de cenar, a pasar del cansancio, se organizaba un cacho de baile a los sones de la badila y del almirez. Yo recuerdo que, mientras el personal cenaba en la amplia cocina, algún gracioso colocaba en el portal el humazo, que se preparaba, vertiendo, sobre una lata, gallinaza con carbón, se prendía y despedía un tufo que apestaba. Todo el mundo se sentía asfixiar y, entre los estertores, salía alguna palabreja ofensiva en contra del reo o reos de la broma.

El “pin, pin”

La uva se vertía en el largar a través de la bisnera. La uva, por su propia presión, se abría e iba depositando en el pozo un goteo lento de mosto, que emitía un pequeño sonido llamado “pin, pin”. Este mosto (esencia de la uva) se recogía, se embotellaba y se le añadía unas gotas de aguardiente para impedir que fermentara. Se abría la botella en Navidad y era un excelente compañero de turrones y mazapanes.

Eutimio Cuesta

¿Por qué mi pueblo es cada año más chico y más viejo?

Repasaba yo el libro de fiestas del año pasado en busca de anunciantes para otros menesteres, y, en la penúltima hoja, leí: “Empadrónate en tu pueblo”. Y esta frase me empinó hasta principios del siglo XV, concretamente, hasta 1409, ante una carta de doña Beatriz, la señora de Alba y su tierra, en la que dice: “a todas las personas que, de fuera parte, se vienen a morar a la dicha villa o a su tierra, de oy día en delante, fasta diez años conplidos, los cinco años primeros que non paguen cosa alguna, e los otros çinco años que paguen la meytat de los pechos “, ( impuestos).

Biblioteca Municial de MacoteraY esta práctica, tan ancestral, sigue de moda o de recomendación en la actualidad, pero con dádivas, mercedes y tactos muy diferentes. Nos informan que, en mi pueblo, hay familias que se descuelgan del censo, o sea, que se dan de baja padronal, porque, en lugar de seguirse una filosofía flexible y razonada como la de doña Beatriz, se toman medidas excluyentes sin fundamento y sin una convicción lógica, poniendo, en entredicho, los derechos del niño; e incluso el asunto nos invita a la reflexión sobre el derecho de los ciudadanos nacidos y afincados en el lugar. Este principio de vecindad no se puede poner en cuestión, porque un paisano o paisana se despose con una persona procedente de otro lugar, y, menos, que se la obligue a empadronar contra su voluntad, y si no lo hace, se castigue al hijo privándole de la ayuda escolar que reciben sus compañeros de clase. El niño no se lo explica, ni lo entiende, porque él ve que reúne las mismas condiciones que los demás niños: “haber nacido en el pueblo, residir en él y ser un miembro más del padrón municipal; y, con otra premisa, la ayuda no se le da al cabeza de familia, sino a los propios niños. Y, además, se produce otra circunstancia, que, aunque los padres se encuentren empadronados en otro lugar, son residentes habituales en el mismo y por varios años. Cosas así ocurren y debemos darle luz, porque no tienen nada que ver con la intención de doña Beatriz, pionera de la idea de aumentar la población de su tierra con gente foránea.

Y a esta causa de descenso de población, hay que sumar los problemas e inconvenientes que sufren algunos matrimonios mayores, en relación con posibles beneficios y ayudas que pueden recibir del respetable, porque tienen hijos solteros; hijos que trabajan y residen fuera del lugar, pero prefieren seguir empadronados en el pueblo, porque su decisión algo aportará en beneficio de todos nosotros; en cambio, estas personas, para no perjudicar a sus padres ante posibles prebendas, se sienten también obligados a inscribirse en el Ayuntamiento de la localidad en que trabajan. Otro motivo, que incide, directamente, en la despoblación persistente de mi pueblo un año sí y otro también, a pesar de la recomendación insistente, que, todos los años, se hace a través del libro de fiestas.

Otro motivo de despoblamiento, no menos importante, es el ideológico. Cuelga del ambiente un lema epigráfico que dice: “Quien no está conmigo, está contra mí”. Y a ese “contra mí” se le ningunea en todos los aspectos tanto político, como social, laboral, cívico y cultural. Y existen personas que, ante tal desaguisado empanado y antidemocrático, no aguantan más y se borran.

Y, para cerrar el ciclo de la despoblación local, en 2013, en mi pueblo, nacieron dos niños, y fallecieron, veinte personas.
Y como resultado total de lo dicho, a 1 de enero de 2013, mi pueblo cuenta con 1246 habitantes, sin tener en cuenta las altas y bajas a 31 de diciembre de 2013.
Eutimio Cuesta