La plaza de la Leña de Macotera

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La plaza que recoge la lámina de José Luis es una plaza remozada, más moderna, con menos gancho. Tiene en el medio una glorieta con cuatro plantas salteadas y una farola; en la parte trasera del frontón, se levanta el Hogar del Jubilado, y se deja enmarcar por unas cuantas viviendas de corte nuevo, que llenan de comodidad a sus habitantes.

Nuestra plaza de la Leña era otra cosa, más acogedora, más juguetona, más bulliciosa: el centro de todos los juegos y diversiones tanto de grandes como de chicos. Su imagen de antaño muestra el pozo de las piedras, que estaba enfrente de la casa de los Pintos. Su brocal estaba formado por grandes bloques de piedra de pajarilla y lo cubría una tapadera formada de grandes láminas de hierro sujetas a la piedra por fuertes rondajas. Ese pozo apenas tenía agua, su fondo lo teníamos cegado de piedras. Su pila era peculiar; en un tiempo atrás, se utilizaba para abrevar el ganado, pero, en los tiempos de mi infancia, la usaba la tía Regañuza de Santiago para montar en el burro cuando iba de regreso a su pueblo, después de haber vendido las hortalizas a las macoteranas. Cuando tenía diez o doce años, me salieron un montón de clavos en la mano derecha. Un día el tío Ángel, mi vecino, me dijo: “Cuenta los clavos que tienes en la mano y echa en el pozo de las piedras otro tanto de garbanzos, pero cuida de no sentirlos tropezar en el agua”. Así lo hice. Los tiré y salí corriendo la cuesta arriba. Al cabo de unos días, me desaparecieron las pequeñas protuberancias y tenía las manos limpias como el jaspe. Otros puntos borrados ya por el tiempo son los rincones de Micaela, verdadera solana del pobre parado; el rincón de Gabriel Carrolo, en el que los muchachos nos guarecíamos del frío y de la lluvia en invierno y, que teníamos reservado para jugar al palmo en la lancha que había pegada a la pared de la izquierda, y el puente de hierro por el que cruzábamos el regato para ir a la ermita, a la era y a todos los lugares. El regato era hondo y las aguas de lluvia iban bien emparedadas hasta llegar a la altura del fortín. El taller de los Blázquez era también centro de tertulia para los mayores, y los muchachos nos cobijábamos en él cuando la lluvia nos impedía seguir con el partido de pelota.

Pero la zona de la plaza de la Leña más espectacular era el frontón. Yo no sé dónde se podía meter tanto juego. La chiquillada era inmensa y había sitio para jugar a la pelota, al tangue, al peón, a los cuadrines, a las canicas y al mahón. No cabía un alma. Se alivió un poco cuando llegaron las pelotas grandes de goma; entonces, un buen número de muchachos y mozalbetes subían o subíamos a la era a echar un partido de fútbol en las eras de Elías el Fraile. El jolgorio no se paraba hasta bien entrada la noche, pues, luego, en la oscuridad hacíamos un corro grande a la vera del frontón y, allí, los más jóvenes nos despertábamos de la inocencia escuchando las “cosas feas” que hacían los grandes, y fue, la primera vez, que yo descubrí la existencia de Quevedo. Cuando me hice grande y estudié a Quevedo, me asombré de las cosas falsas que decían de él los jóvenes de mi pueblo. Lo que me encantaba eran los buenos partidos de pelota que jugaban, de tarde, los mozos y, sobre todo, los domingos después de misa mayor. Quedaron grabados en el frontón nombres como Hilario, Lucas Lobito, Augusto, Albardero, Carlos Caballo, el Rubio, Cajarines, Pedrín el Bartolo, Diego, Miguelín, Gerardo, Patricio…Una lista interminable. Y no es justo si no recuerdo los buenos tragos de agua, que nos echábamos del pozo de la abuela Chaga

Me he emocionado tanto con mis recuerdos infantiles y mis nostalgias, que me he olvidado de explicar por qué se llama plaza de la Leña y del Mercado. Es la única plaza del pueblo que tiene dos nombres legítimos. Lo de Leña le viene porque, en ella, vendían sus cargas de leña, retamas y sacos de cisco los de Cabezas (Ávila); y lo de Mercado por lo que cuento a continuación. Se denomina así porque, antaño, en su recinto se celebraba un mercado de ganados. Fue el 11 de enero de 1861 cuando el Ayuntamiento acuerda establecer, con la aprobación del Gobernador Civil de la provincia, un mercado semanal dominical. Su inicios fueron inciertos y, a pesar de los esfuerzos de los concejales y del propio vecindario, no terminó de consolidarse y de alcanzar el atractivo preciso, como ocurría con otros mercados de la provincia y de la próxima Ávila, a los que acudían nuestros tratantes.
El 12 de enero de 1894, se reúnen, de nuevo, en el Consistorio las autoridades y aquellos vecinos, que conocían por su oficio el funcionamiento de otros mercados, y aprueban una serie de medidas encaminadas a dotar el mercado de las condiciones morales y materiales propicias, que contribuyan al desarrollo de la industria agrícola, pecuaria y comercial, que se hallaba en crisis a finales de siglo. Para conseguir el objetivo, determinan que el mercado semanal, que tenía lugar en domingo, en lo sucesivo, se celebre los miércoles de cada semana, por entender que, de esta manera, se ha de dar mayor impulso a la actividad, dada las condiciones de ser de este vecindario, y evitando así hacerlo coincidir con otros reconocidos de los pueblos aledaños; asimismo, se acuerda que los ganados, que se expongan, queden exentos de toda clase de impuestos; por último, se designaron los sitios o puntos donde se han de colocar los animales de contratación, que es como sigue:

“Los ganados vacunos ocuparán el tramo que llaman la Cruz del Ángel y el pozo de Juan Rey (enfrente de Lucio Izquierdo) (Aún no se había edificado el matadero ni las casas y corrales de la Cotorrita); el ganado de cerda se situará en las proximidades del pozo de las piedras (enfrente de la casa de los hermanos López Flores, la casa del tío Pinto) y el ganado asnal, caballar y mular se instalará a la trasera de los corrales de Mateo Gómez Nieto y a la entrada de la calle de la Alameda”.

Aún se escuchan las voces del mercado de ganados de los miércoles, los gruñidos de los garrapos; el ruido quebrado de las cargas de retamas y los gritos y jaranas de los muchachos después de la escuela. Todo esto suena a vida añorada.

Eutimio Cuesta