La soledad en la Navidad

soledad-navidadEI anciano animaba la lumbre de burrajos con la punta de las tenazas. Se inclinaba sobre sus rodillas e intentaba, inútilmente, aumentar el calor con cuatro cachos de ascuas y cuatro puntas de palo de vid, que se escondían, distraídamente, entre la ceniza. Muchos años tenían Antonio y la Francisca. Francisca se encontraba más ligera, embozada en un pañuelo negro y descolorido anudado a la barbilla; en cambio, Antonio tenía el rostro más arrugado y las piernas más torpes: el peso del legón y de las parihuelas habían apelmazado demasiado sus huesos, hasta el punto de paralizarlos; de su nariz, pendía una “guinda” que él intentaba, sin disimulo, atrapar con un moquero negro, que se columpiaba de su muslo derecho; una lágrima se despanzurraba inerte sobre la pernera de su pantalón de pana. No me miraba. Su vista estaba lejos, en otro lugar, en otro ensueño más gratificante, que aquel de la cocina llena de frío por todas las partes. Musitó con voz casi imperceptible: “Trabajar de sol a sol para esto…” La señora Francisca me ofreció una galleta “María”. No me resistí, no me pude resistir, porque aquel plato con galletas entrañaba el valor más grande de generosidad, la generosidad del pobre: la auténtica porque da lo que tiene.
Y, para hacerlos retrotraer a aquellos años más jóvenes, no menos angustiosos, pero más ilusionantes, les hablé de aquella otra Navidad, de la suya. La de la luz del candil, la del silencio en las calles y la del calor más familiar, porque nadie tenía excusa para no comparecer.

Pero Antonio permanecía impertérrito, no le animaba nada, seguía triste con la mirada perdida en el hollín de la chimenea. La soledad. Antonio y la señora Francisca estaban mordidos por la angustia de la soledad. Ni siquiera habían tenido hijos. La soledad del “portal”; la soledad de una sonrisa ajena; la soledad de la compañía del maullido de un gato hambriento.

Me salí de aquella cocina contagiado de soledad, y avanzaba por la calle acompañado de bullicio, de trajines y prisas; de gente, de mucha gente; de escaparates agresivos; de luces de magia; de viajes galácticos; de material bélico incendiario y letal; de ambiciones desmedidas; de hipocresías inconfesables…; y, por qué no, también de familias enteras sumidas en el dolor y en el hambre.

Aquella familia de Nazaret salió de su pueblo huyendo camino de Egipto. Todo el mundo le cerró las puertas; se desplazaban en burro; hoy también se huye del hambre y del abuso de poder en pateras; y también el mundo les cierra las puertas; en los portales de Belén, se hacinan miles de madres, de niños y de hombres solos. La soledad de los incomprendidos y de los marginados. Mientras suceden estas cosas en la intemperie del mundo, nosotros celebramos la Navidad. ¿Qué Navidad: la de Belén o la de Herodes?

Eutimio Cuesta