Fiesta de la Beatificación de santa Teresa, en Alba. Octubre de 1614.

Andamos por el IV centenario de su beatificación. Y ¡qué casualidad!, estaba entretenido escudriñando papeles viejos, cuando me tropecé, entre ellos, con el programa, que trenzó la organización albense para glorificar la beatificación de santa Teresa, allá, por los primeros días del mes de octubre de 1614. Según el cartel, las fiestas duraron una semana, del 5 al 12. Unos años más tarde, 1622, fue canonizada, y siguió la costumbre de conmemorar su festividad en esos días primeros de octubre, hasta que se fijó el 15, como fecha definitiva.

santa-teresaEl Duque, el Obispado, los carmelitas y las carmelitas, autoridades y aldeas de la tierra de Alba tiraron la casa por la ventana; y no se reparó en gastos, hasta tal punto que el Concejo de Alba pidió al Duque licencia para tomar un censo de 2.000 ducados para los festejos, una cantidad exorbitante en aquellos tiempos de escasez y hambre, y para una localidad de setecientos vecinos, venida a menos, a pesar de disponer de diez parroquias y cinco monasterios.

El resto del presupuesto corrió a cargo de la magnanimidad del Duque, que, además, engalanó la iglesia del convento con mobiliario, vajillas y colgaduras, traídas de su casa de la Corte. A los actos religiosos, le siguieron, en importancia, los profanos, entre los que no faltaron las corridas de toros, representaciones teatrales y fuegos y salvas de artificio desde el patio del castillo. Gracias a esta información, hemos conocido el prestigio de Juan de Morales, director de la compañía de teatro, que actuó con sus farsantes todas las tardes durante la semana de festejos en honor de la Santa.

Así fue el programa:

5 de octubre, domingo, el día grande. Presidieron todos los actos el Duque y el señor Obispo. Además de la celebración de la solemne y concurrida misa y procesión; por la tarde, Juan de Morales representó la Obra titulada “La vida de la santa Madre”.

6 de octubre, lunes, fueron los padres y madres Carmelitas, quienes se encargaron de organizar las ceremonias de exaltación de la nueva Beata.

7 de octubre, martes corrió el compromiso a cargo del Cabildo y Clerecía de la villa; después de misa, Juan de Morales y su grupo representó la obra “La sierra de la Vera”; por la tarde, “se corrieron toros, con gran presencia de público, y buenas suertes de a pie y de a caballo, en la Corredera, sitio para este efecto de los mejores de España, para ser vistos de todos”.

8 de octubre, miércoles, hizo su fiesta la tierra (las aldeas), con misa solemne; predicó el padre Lorenzo Andrada, un religioso de los Jerónimos; por la tarde, Morales interpretó la pieza “Alerta, no os descuidéis”.

9 de octubre, jueves, hubo misa cantada; por la tarde, “se corrieron toros y con ser ferocísimos, y el concurso mucho, ninguna desgracia hubo en la gente de a pie ni en los caballeros, como tampoco se ha visto, por la bondad de Dios y de la Santa, en todo el discurso de las fiestas.

10 de octubre, viernes, se vivió la solemnidad de los celebraciones religiosas, con misa y sermón; y, por la tarde, los naturales de la villa representaron “El gran Duque de Moscobia”, de Lope de Vega, si no tan bien como los farsantes, a lo menos, con buenas galas y apariencias.

11 de octubre, sábado, tomaron su protagonismo los cofrades del Ángel Custodio de la villa de Alba. Les salieron los actos lucidísimos. Entretuvieron la tarde con la comedia “Esclavo del demonio”, de Antonio Mira de Amescua (1612), interpretada por los muchachos de Juan de Morales.

12 de octubre domingo, día de la octava, se recuperó la solemnidad del primer día, con la presencia de autoridades, señor Obispo y varios religiosos carmelitas, y gran asistencia de fieles; cuatro religiosos, revestidos, llevaron a hombros unas andas de plata con el “Corazón magnánimo de la Santa Madre”, por la placeta que hay ante de la iglesia, en bien ordenada procesión, que puso término y fin a toda la solemnidad. A la que asistió una gran representación de aldeanos. Lo cuenta así:

“Habiendo ya cumplido con sus lugares, y dicho misa en ellos, venían a paso largo, aunque, sin desconcertarse, todos los curas y clérigos revestidos con sobrepellices, pendones, cruces, sacristanes y alcaldes, empuñando las varas de toda la tierra de Alba, que son de más de setenta concejos, con mucha gente que los acompañaba, que solo refiero aquellos que, por orden y expreso mandamiento de los oídores del duque, estuvieron obligados a venir a la procesión. Prometióse premio a los sacristanes que mejor adorno pusiesen a sus cruces. Lucióse el trabajo de todos, porque vinieron muy bien aderezados: fueron pasando todos sin desordenarse por delante de la iglesia de las Descalzas, y, con esta vista, se alegró mucho la gente, y se dio remate gustoso a la ceremonia”.

Eutimio Cuesta